Amor en vacaciones, o Un chico rico busca trabajo

Capítulo 8. Grinch

Capítulo 8. Grinch

Llamaron a la puerta y en el umbral apareció Gregorio Grinchenko. Miró a su alrededor con timidez.
—Pasa —dijo Max, señalando una silla que estaba al lado de su escritorio.
—Gracias —respondió Grinch, acomodándose sus divertidas gafas.
—Tengo entendido que estás de prácticas. ¿En qué departamento exactamente? —preguntó Valentín.
—Sí, pero hasta ahora nadie se ha interesado por mis ideas —respondió Gregorio con tristeza.
—Este es tu momento de gloria. Cuéntanos tus ideas, pero ya sabes que una oportunidad así no se presenta dos veces. Empieza por lo más importante —le propuso Max.
—De acuerdo. Pero necesito un portátil y una pizarra —respondió Grinch. Le sudaban las manos, pero intentaba mantener la calma. Sabía que era ahora o nunca.
Max hizo un gesto hacia la pizarra blanca con rotuladores que había en un rincón del despacho, mientras Valentín traía el portátil de su mesa.
—De formación soy informático —empezó Gregorio con vacilación—. Este... no se me da bien hablar en público y me da pánico hacerlo. Puede parecer ilógico que alguien que le teme al público quiera dedicarse a la publicidad, pero así es. Nos topamos con la publicidad a diario. Aquí tengo... Bueno, algunas de mis propuestas, investigaciones, observaciones y estadísticas —dijo Gregorio, girando el portátil hacia Max.
—Echémosle un vistazo —dijo Max, mirando fijamente la pantalla.
—La publicidad en dispositivos móviles es muchísimo más eficaz que la exterior. Lo crucial es que sea publicidad dirigida. A un niño no le interesan las cosas para jubilados, y a los jubilados no les va a interesar la lencería erótica ni los coches de última generación —explicaba Grinch—. Aquí están los estudios de científicos y sociólogos británicos y alemanes sobre la publicidad.
—¡Gregorio, pero esto es genial! —exclamó Max—. Val, ¿cómo publicitamos los servicios de nuestra empresa? —se dirigió a su amigo.
—Lonas y folletos que fabrica el padre de Mónica. Se comió a la competencia y cobra un ojo de la cara, pero Román Vasílievich no quiere estropear la relación con él y sigue haciendo publicidad a la antigua usanza —respondió Valentín.
—¿Y la publicidad por internet? —preguntó Max, a quien se le iluminaron los ojos de ideas.
—Solo en nuestra página web oficial —respondió Valentín, girando la cabeza hacia la puerta al oír que llamaban. Entró Marina en el despacho. Se había subido la falda más de lo habitual y se había desabrochado un botón más de la blusa.
—Aquí están los informes impresos y la información detallada en el pendrive. Su café —dijo Marina, dejando los cafés sobre la mesa.
—Marina, ¿usted quiere seguir trabajando en nuestra empresa? —preguntó Max con voz helada.
—Sí —respondió asustada Marina, con un destello de temor en la mirada.
—Le ruego que no intente seducirme. Es usted una chica atractiva, pero esos jueguitos no funcionan conmigo. Ya tengo a alguien por quien no tengo ojos para ninguna otra mujer —dijo Máxim—. Gracias por el café y, por favor, lleve mi chaqueta a la tintorería exprés. Tiene que estar lista para la reunión. Gracias.
—De acuerdo. Entendido. Haré todo lo posible —respondió la secretaria completamente roja, recogiendo la chaqueta arruinada por el café.
—Sírvete —dijo Max, haciéndole una seña a Gregorio hacia el café—. No sabía cómo lo tomabas, así que pedí americanos para todos.
—Gracias —respondió un asombrado Gregorio. Nadie le prestaba la menor atención allí, y hoy, por culpa de aquel percance con el café, estaba sentado en el despacho de uno de los directivos de la empresa tomando café con él.
—Gregorio, ¿qué se dice de mí en la oficina? Con total sinceridad, por favor —pidió Max.
—Bueno, yo no escucho cotilleos. Prefiero confiar en mis propios ojos y juzgar a las personas por sus actos —respondió Gregorio.
—¿Puedo quedarme con los materiales que tienes en el pendrive? Pero solo podré devolvértelo el jueves, mañana no estaré en la oficina —dijo Max.

—Por supuesto. Me alegra muchísimo que le hayan gustado mis ideas —dijo Grinch con modestia, terminando su café.
Max miró fijamente a Gregorio. Una camiseta gastada, vaqueros raídos, calzado bastante usado.
—Gregorio, háblame un poco de ti, por favor —pidió Máxim.
—Bueno, vivo con mis hermanos menores. Están en edad escolar. Después de que le quitaran la patria potestad a mis padres, asumí su custodia. Necesito mucho este trabajo para poder mantenerlos. Tenemos un piso de dos habitaciones a las afueras de la ciudad —contó Gregorio.
—¿Y qué edades tienen? ¿Qué les gusta hacer? —preguntó Máxim, porque se le estaba ocurriendo un plan.
—Mi hermano va a cumplir ocho años y mi hermana tiene trece. A mi hermana le encanta dibujar y el pequeño se pasa el día entero dándole patadas a un balón —explicaba Gregorio. Por fin se relajó y sonrió al recordar a sus familiares.
—¿Y cómo vienes al trabajo? —preguntó Máxim. Sabía de sobra que tener vehículo propio estaba fuera de discusión para Gregorio.
—En dos autobuses, pero si salgo más temprano no van tan llenos —confesó Gregorio.
—¿Nos acompañas a comer en el descanso? —preguntó Max, dejando a Grinch completamente descolocado. Café, conversación y ahora también la comida... De haberlo sabido, le habría derramado el café a alguien desde su primer día en la oficina.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.