Capítulo 8.2. Valió la pena la espera
—La publicidad tiene que emocionar —continuó Max—. Tiene que ser clara e interesante precisamente para nuestros clientes. La publicidad debe ser dirigida. Señora Inna —Max se giró bruscamente hacia la mujer—, ¿a usted personalmente le llamaría la atención un anuncio donde solo aparecieran unas bonitas piernas femeninas?
—Si fuera un anuncio de medias o pantis, sí —respondió Inna Guermánovna.
—Pero no estamos anunciando medias —sonrió Max, haciendo pedazos el proyecto del anterior ponente—. Para cualquier persona, los valores familiares son lo importante. Imaginen una pareja enamorada, una familia, unos abuelos con sus nietos. De una buena publicidad debe emanar calidez, la sensación de estar en casa. Debemos vender confort, emociones, aquello que inspira, lo que le resulta cercano a cualquiera. Yo renunciaría a las pancartas, que ya han quedado obsoletas, y me apoyaría en las redes sociales. ¡Los dispositivos móviles! En ellos está el mundo entero. Niños, jóvenes, adultos: todos usan teléfonos y redes sociales. Nuestra publicidad debe llegar a personas de todas las edades y resultar interesante. Dígame, ¿usted pasa tiempo en las redes sociales? —preguntó Max a uno de los hombres, que no soltaba el teléfono y se distraía con las notificaciones que no paraban de parpadear.
—Sí —respondió sinceramente el hombre.
—¡El futuro está en la publicidad en redes sociales! Todos los días vemos anuncios, incluso si no nos interesan. ¿Suele ver publicidad? —le preguntó Max al mismo hombre, que ya había dejado el teléfono a un lado.
—Por supuesto. A veces saca de quicio —comentó el hombre.
—Lo importante es que se da cuenta de ella y le provoca una reacción. ¿Y alguna vez se ha topado con publicidad útil? ¿Ha hecho clic en algún enlace? —quiso precisar Max.
—Sí, en repetidas ocasiones —respondió el mismo hombre.
—Ahí lo tienen. Las redes sociales, la publicidad en internet: en eso es en lo que debemos trabajar. Aunque yo no renunciaría del todo a la publicidad impresa. Puede que no en forma de folletos publicitarios que van a parar directamente a la papelera justo después de que te dé lástima la persona que los reparte y le aceptes el papel de colores. Debe ser algo útil, no de un solo uso. Calendarios, agendas, libretas... Pero el mayor impacto lo pondría en la publicidad en internet —afirmó Max con firmeza—. Teniendo en cuenta la estadística de las investigaciones de científicos británicos y alemanes, la publicidad en internet es precisamente la que da los mejores índices de ventas. Además, en nuestra empresa tenemos especialistas capaces de crear una campaña de alto nivel por la mitad del presupuesto del proyecto de las vallas. Ustedes eligen: si seguir siendo dinosaurios o convertirse en la nueva estrella de las ventas.
Cuando Máxim guardó silencio, un silencio absoluto reinó en la sala. Lo había expuesto todo de manera lógica, coherente, emotiva e interesante. La primera en romper el silencio fue la propia Inna Guermánovna.
—Dios se ha apiadado de nuestra empresa y, si no a un Arcángel, al menos ha enviado a alguien santo para que por fin nos libre de esas piernas —dijo la mujer con alivio—. Todos los años la misma historia. Da la impresión de que alguien cuelga las piernas de sus amantes en las vallas. A ver, ¿qué relación tienen esas piernas con una empresa de venta de pisos?
—Podemos colgar sus piernas en la valla —intervino el ponente, que se creía ganador hasta que intervino Max.
—No, gracias. No hace falta que las cuelguen en ningún lado, que a mí me van a seguir haciendo falta —bromeó Inna Guermánovna—. Aquí todo está más que claro. Yo voto por el futuro y las perspectivas, así que voto por el proyecto de Máxim Románovich.
—Pero si no han visto el presupuesto de su proyecto, no saben cuánto va a costar todo esto —dijo uno de los miembros de la junta.
—Uy, seguro que no más caro que esas piernas —comentó el hombre que antes no soltaba el teléfono y había respondido a las preguntas de Máxim—. Cobran un ojo de la cara y el resultado es nulo. Yo también voto por el proyecto sin dinosaurios.
Casi todos votaron a favor del proyecto de publicidad de Max. Dos se abstuvieron, y Román Vasílievich fue el último en votar por el proyecto de su hijo. En los ojos del padre brillaban lágrimas. Lágrimas de orgullo por su hijo. ¿De verdad? ¿Acaso había llegado por fin el momento en que Máxim se convertiría en su socio con todas las de la ley?