Capítulo 8.3. Gorójov
—¡Excelente! Los esperamos dentro de una semana con su proyecto definitivo y el cálculo del presupuesto —dijo Inna Guermánovna sonriendo.
—Pero es que la publicidad... —empezó a decir el anterior ponente.
—Los miembros de la junta directiva ya han expresado su opinión —dijo tajante la mujer.
—Pero ¿qué le voy a decir a Ígor Andréyevich? —preguntó el hombre completamente desorientado.
—Dígale que ya nos tiene hartos a todos con sus dichosas piernas —soltó con rabia Inna Guermánovna—. Máxim Románovich —dijo la mujer recuperando un tono apacible, como si no hubiera sido ella la que acababa de ladrarle al representante de Gorójov—, quedamos a la espera de sus ideas.
—No defraudaré —afirmó Máxim con firmeza.
Los hombres empezaron a salir de la sala y cada uno le estrechaba la mano a Máxim y a Valentín, expresando su fascinación por la idea. Entre las últimas en salir estaba Inna Guermánovna. Máxim no le estrechó la mano, sino que se la besó.
—Máxim Románovich, me ha dejado gratamente sorprendida. Me alegro mucho de que no se parezca en nada a su amigo Danila Gorójov —dijo la mujer sonriendo.
—Danila no es mi amigo. Simplemente estudiamos juntos y rara vez nos veíamos fuera de la universidad. Ahora ni nos hablamos.
—Hm... Si es así, es una grata sorpresa para mí. Ya sabe cómo dicen: dime con quién andas... —comentó Inna Guermánovna.
—Yo no ando con él —respondió Máxim con rotundidad.
—Y hace muy bien. Le deseo mucho éxito —dijo la mujer y se giró hacia Román Vasílievich—. Tiene un hijo maravilloso.
Cuando todos abandonaron la sala de conferencias, Román Vasílievich se acercó a Máxim y lo abrazó.
—¡Hijo, estoy tan orgulloso de ti! ¡Qué idea tan buena! ¿Por qué te lo tenías tan callado? Pensaba que esto no te interesaba —decía el padre.
—Gracias. Pero no es solo idea mía, también es de Valentín y de Gregorio Grinchenko, un becario de nuestra oficina. Es un chico muy listo, ¿puedo contratarlo para mi departamento? —preguntó Max.
—Por supuesto. Lo que tú quieras —aceptaba un eufórico Román Vasílievich.
Román Vasílievich no alcanzó a salir de la sala de conferencias cuando su teléfono empezó a vibrar con insistencia. El hombre frunció el ceño, pero aceptó la llamada entrante.
—¡Hola! —dijo Román Vasílievich con timidez.
—¿Pero qué coño estás haciendo? ¿En qué estaba pensando tu mocoso? ¡Mi proyecto tenía que ganar! ¡¿A qué viene esta jugada?! —rugía Ígor Gorójov desde el altavoz.
—Los miembros de la junta directiva tomaron la decisión. Y quiero aclararte que mi voto fue el último, y todos votaron por el proyecto de Máxim porque es interesante y prometedor. Así que ese proyecto de las piernas te lo puedes meter por el ar... —respondió Román Veliky.
—¡Pero cómo te atreves! ¡Te juro que a ti y a tu mocoso los voy a...! ¡Es que yo...! ¡Yo...! —Gorójov no lograba ordenar sus pensamientos—. ¡Y pensar que planeaba casar a Mónica con tu papanatas! ¡Si es su novia, pues ahora que se muerda los codos!
Max lo oía todo y le pidió a su padre con un gesto que le pasara el teléfono.
—Buenas tardes, Ígor Andréyevich. ¡Quiero aclararle que Mónica nunca ha sido ni será mi novia! —afirmó Max con total seguridad.
—¡Pero si tú y Dania eran amigos! ¿Y ahora me sales con estas? ¡¿Primero juegas con mi hijita y luego te lavas las manos?! ¡Esto no se va a quedar así! —rugía Gorójov.
—¡Dania nunca ha sido mi amigo! —a Máxim le costaba contenerse para no decirle que su hijo era un inútil y un miserable—. Con su hija no he tenido ni tengo relación alguna. A ella la marean otros, yo no tengo nada que ver con esa historia.
—¡Te voy a reducir a polvo a ti y a tu padre! ¡Los voy a destruir! —bramaba la voz de Gorójov a través del teléfono.
—Que tenga un buen día usted también —dijo Max sonriendo y colgó primero—. Papá, te lo pido, bloquea a ese Gorójov.
—Eso haré, aunque sabes de sobra que no servirá de nada —dijo Román Vasílievich sonriendo con la comisura de la boca. En ese momento se sentía aún más orgulloso de su hijo. El propio Román Veliky no habría sido capaz de responder a esa llamada de forma tan tranquila y ecuánime. Tiempo atrás, al principio de su carrera, Román Vasílievich le había pedido ayuda a Gorójov; la deuda la había pagado hacía mucho, pero Gorójov seguía pensando que Veliky se lo debía todo y que tenía que cumplir todos sus caprichos.
—Es hora de comer —dijo Max mirando el reloj.
—Debes de estar muerto de hambre. ¿Vamos a casa? —preguntó Román Vasílievich. Estaba acostumbrado a comer y cenar en casa.
—Disculpa, pero cenaremos juntos. Ahora he prometido comer con otra persona —dijo Max.
—¿Con una chica? —se interesó el padre.
—Comería con ella con muchísimo gusto, pero hoy no. Hoy me toca con el becario al que quiero incorporar a mi departamento —respondió Máxim—. Papá, me verás en la oficina con Valentín todos los martes y jueves. Nos dará tiempo de sobra para sacar el proyecto adelante. Y en cuanto a Gorójov, no te preocupes: perro que ladra no muerde.
—De acuerdo, hijo —Veliky volvió a darle una palmadita en la espalda a Máxim y salió de la sala de conferencias.
—Te has mantenido increíble —comentó Valentín—. Aunque dudo que Gorójov se rinda tan fácilmente.
—Gracias, amigo, sentí tu apoyo —dijo Max—. Sé que no dará su brazo a torcer, así que tenemos que hacer un proyecto tan brutal que se le caiga la mandíbula. Pero sugiero ir a picar algo, a menos que quieras que te muerda del hambre que tengo.
—Vamos, solo hay que encontrar a Gregorio —dijo Valentín, saliendo de la sala de reuniones.