Amor en vacaciones, o Un chico rico busca trabajo

Capítulo 8.4. Día de café

Capítulo 8.4. Día de café

Gregorio se encontraba cerca del despacho de Max y Valentín.
—La que han liado en la oficina. Todo el mundo está patas arriba —compartió sus observaciones Grinch.
—Sí, ha sido épico. Ahora hay que reponer fuerzas. Vamos a comer —dijo Máxim, dejándole una nota con una petición a la secretaria. Ella la repasó rápidamente con la mirada, dirigió los ojos hacia Grinch y asintió.
Los hombres fueron a un restaurante cercano a la oficina. Grinch estaba muy avergonzado y preocupado de que no lo dejaran entrar a un establecimiento tan élite. El guardia de la entrada detuvo a los hombres.
—Disculpen, pero la vestimenta de uno de ustedes no cumple con el código de vestimenta de nuestro establecimiento —dijo el guardia.
Grinch se puso rojo, miró sus vaqueros gastados y sus zapatos viejos.
—Es que yo... —quiso empezar Gregorio para renunciar e irse.
—Llame al encargado, por favor, y tráiganos el Libro de Reclamaciones —pidió tranquilamente Máxim. Sabía que el guardia solo hacía su trabajo, pero no podía permitirse semejante injusticia.
—¡Bienvenidos! Gracias por venir —dijo el encargado casi haciendo una reverencia.
—Disculpe, pero su local no es de nuestro agrado. Denos el Libro de Reclamaciones y cancele la reserva de la mesa VIP en su red de restaurantes a nombre de Máxim Veliky.
—Disculpe, pero ha habido algún error, yo... —empezó a justificarse el encargado.
Max le quitó la libreta de las manos al guardia y escribió algo. Valentín miró por encima del hombro de su amigo para leer, sonrió, pero no hizo ningún comentario.
—No entiendo qué ha pasado —se lamentaba el encargado.
—Ha pasado la política de su establecimiento, que va en contra del sentido común. Hasta nunca —dijo Max—. ¿Qué tal si vamos por comida rápida? Vi un cartel no muy lejos de aquí.
—Ajá, hay que caminar un poco hacia allá —respondió Valentín señalando la dirección.
—Disculpen, todo esto ha sido por mi culpa —dijo tristemente Grinch.
—No. Es por culpa de unas reglas absurdas que dividen a las personas en grupos, castas, niveles sin sentido... —dijo Max, volviendo a mirar hacia donde acababa de parpadear el flash de una cámara. Había visto el mismo destello en el local de comida rápida donde los tres debatían el proyecto publicitario. Grinch se relajó un poco y empezó a soltar ideas magníficas. ¡Si se estructuraban bien, no tendrían precio!
—Gregorio, ¿sabes que desde hoy ya no estás de prácticas en nuestra empresa? —preguntó Max, y Grinch casi se atraganta con la Coca-Cola.
—¿Cómo?
—Vas a trabajar en nuestro departamento como uno de los especialistas en publicidad. Mañana trabajarás desde casa en las ideas que hemos preparado, y el jueves nos veremos en nuestro despacho para comentar los detalles. No tenemos mucho tiempo. La semana que viene tendremos que presentar nuestro proyecto —dijo Max, dejando a Gregorio en shock.
—¿Cómo? —volvió a repetir Gregorio.
—¡Oye! ¿Conoces alguna otra palabra? —se rió Valentín—. A partir de ahora trabajarás con nosotros.
—¿Yo? —preguntó Gregorio mirando a su alrededor, como si no hablaran de él sino de otra persona.
—Sí, tú —confirmó Max.
Los tres regresaban a la oficina comentando los detalles de la campaña publicitaria. Cerca de la puerta del despacho los detuvo Marina.
—Quiero avisarle de que ha venido una chica a la oficina, dijo que era su novia y exigió llamarlo de inmediato. La llevé al despacho y le pedí que esperara para que los curiosos no anduvieran divulgando cotilleos —dijo la secretaria.
—Gracias por avisar, Marina. Ahora entiendo por qué ocupa este puesto —Max no pudo evitar recalcar la correcta actuación de la chica—. Yo me encargo de ella, pero no la vuelva a dejar pasar a la oficina; diga que no estoy.
—De acuerdo. Entendido. Aunque intentaba convencer de que era su novia —añadió Marina, sin creerse las palabras de la visitante.

—Dios me libre —respondió Max y entró al despacho.
—¡Maximusito! —se abalanzó Mónica hacia Máxim cuando él, tomando aire en los pulmones, entró al despacho—. Cuánto me alegro de verte.
—¿A qué has venido, Mónica? —preguntó Max con frialdad, apartando las manos con las que ella intentaba abrazarlo.
—Uy, qué maleducado te comportas con tu novia —hizo un puchero fingido Mónica—. Maximusito, yo...
—Hanka, ya hemos hablado de mi nombre —dijo Max, viendo cómo la chica se estremecía al oír la palabra «Hanka».
—¡No me llames así! —estalló Mónica.
—¿A qué has venido? —preguntó Máxim directamente.
—Te echaba de menos.
—Por favor, entre nosotros no ha habido nada ni puede haberlo. Me das igual, exactamente igual que yo a ti —dijo Max poniendo mala cara.
—Maximus... Máxim, te equivocas, yo te amo y tú a mí. Tú y yo hacemos la pareja perfecta —casi canturreó Mónica.
—No hagas reír a la gente. ¿Qué amor? De haber sabido que me ibas a andar persiguiendo como una sombra, en la vida me habría acercado a ti en las fiestas. Entre nosotros nunca ha habido nada ni habrá nada. Métetelo en la cabeza, Mónica. ¡Somos diferentes! —dijo Max.
—¿Por qué diferentes? Somos ricos, guapos, nuestros padres son amigos, y además Dania vendrá muy pronto.
—Somos diferentes. Puedes considerarte lo que quieras, pero tú y yo somos distintos, y el asunto con tu hermano no me importa en lo más mínimo. Estoy ocupado, lo siento. Tengo que trabajar —dijo Max.
—Qué bien. Mira cómo trabajas. Yo también puedo trabajar aquí en tu oficina —se le ocurrió a Mónica.
—¡No puedes! —dijo Max.
—¿Por qué no?
—Porque el único puesto que te encajaría ya está ocupado —respondió el hombre sonriendo.
—¿Y cuál es? ¿El de tu ayudante? —Mónica se mordió el labio, considerándose demasiado sensual.
—No. El de limpiadora —respondió Max.
—¡Gilipollas! —estalló Mónica—. ¡No pienso volver a verte!
—Por favor, no vuelvas nunca más —pidió Max.
—¡Te vas a arrepentir!
—¡Ya me arrepiento de haberte conocido! —soltó Max mientras Mónica salía de su despacho. Oyó cómo tropezaba con alguien. Era Marina. Había preparado café y quería tomárselo, pero Mónica estaba tan furiosa que no veía a nadie y chocó con la secretaria, haciendo que el café se derramara sobre el vestido de Mónica.
—¡Te voy a...! ¡¿Sabes cuánto cuesta este vestido?! —gritaba Mónica.
—Lo siento —dijo Marina, asustada por la actitud desequilibrada de Mónica.
—Gracias, Marina. Sabe preparar el café —dijo Max, alegrándose por alguna razón de la situación. Había resultado ser un verdadero día de café—. Ya ves, Mónica, aquí nadie se alegra de verte. No vuelvas a la oficina.
—¡Te odio! —gritó Mónica.
—No puedo decir que sea mutuo. Para " odiarte" no das la talla, pero " despreciarte" te queda como anillo al dedo.
—¡Mi padre te va a destruir! —no se callaba Mónica.
—Mónica, basta de amenazas. ¿Encuentras la salida tú sola o llamo a los de seguridad? —dijo Max con calma, observando cómo el personal de la oficina abarrotaba el pasillo. Menudo tema de conversación iban a tener para todo el día—. ¡Se acabó el espectáculo! —se dirigió Max a todos—. Como ven, a la actriz no le da para el Óscar.
Max le pidió a Marina que les preparara café a él y a sus amigos, y le preguntó si había podido cumplir con el recado que le había encomendado. La secretaria cambió el chip de inmediato hacia Max, como si la chillona de Mónica no hubiera existido, y le informó de que ya lo había hecho todo.
Max regresó al despacho, mientras Mónica salió cojeando hacia la salida bajo las miradas indiscretas de los empleados.




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