Capítulo 8.5. ¿Llegarás a ser persona?
—Perdona por el espectáculo —se disculpó Max con Grinch, que estaba junto a Valentín fuera del despacho mientras Max hablaba con Mónica.
—Una señorita bastante excéntrica —comentó Gregorio.
—Ni me lo digas —respondió Max—. Vamos, hay que ajustar algunas cosas —propuso Máxim, abriendo la puerta.
Los tres volvieron a repasar los detalles del proyecto y, al final de la jornada, Max ofreció llevar a Grinch a su casa. Al salir del despacho, Max y Valentín cogieron las bolsas que Marina había preparado con antelación y bajaron al coche.
—Si yo puedo irme solo. Me da apuro... —se turbó Gregorio.
—Déjate de minucias, mañana vas a trabajar todo el día desde casa, que nosotros tenemos otro trabajo —dijo Max con la expectación de volver a ver a Mary.
Los hombres pusieron las bolsas en el maletero y subieron al coche. El piso de Gregorio quedaba bastante lejos del trabajo. Max pensó en que habría que buscar alguna solución con el alojamiento de Grinch, porque el problema no era solo la distancia hasta la oficina, sino la vivienda en sí. Las paredes desconchadas del portal, la humedad, la falta de reforma... No era de extrañar que en el umbral los recibieran los delgados hermanos de Grinch.
—¡Hola! —dijo Max con aplomo al ver al hermano menor de Gregorio y le estrechó la mano—. Esto es para ustedes, unos dulces.
Max y Valentín pasaron a la cocina, no sin antes quitarse el calzado, pues en la casa reinaba la pobreza, pero todo estaba limpio.
Max conoció a los pequeños. Resultó que Ksenia tenía la misma edad que Serge, e Iliá iba a entrar en primero de primaria en septiembre.
—Unos niños encantadores —constató Max al subir al coche.
—Hay que pensar algo —dijo Valentín—. A Gregorio le cuesta mucho tirar para adelante con dos niños. Qué gran mérito que no los dejara tirados y asumiera la custodia.
—Ya se nos ocurrirá algo —asintió Máxim.
Max llevó a Valentín a su casa y luego puso rumbo a la suya, donde ya lo esperaban para cenar. Veliky padre compartió con su mujer la alegría y el orgullo que sentía por su hijo.
Durante la cena, Román Vasílievich alzó la copa por su hijo, que había presentado un proyecto inesperado causando sensación en la oficina.
Margarita Mijáilovna y Serge también estaban orgullosos de Max.
—Me has dado una gran alegría, hijo, de verdad. Pide lo que quieras —dijo Román Veliky.
—Papá, ¿en la empresa hay viviendas de servicio o alguna ayuda para el alquiler de los empleados? —formuló la inesperada pregunta Max.
—Sí, cubrimos parte del coste del alquiler a nuestros empleados valiosos, ¿por qué?
—Es solo que el chico que nos ayudó a Valentín y a mí con el proyecto de hoy vive en una pocilga. Y encima mantiene a dos niños. A su hermana y a su hermano, porque a sus padres alcohólicos les quitaron la patria potestad —respondió Max.
—Creo que podemos ayudar —respondió Román Vasílievich, feliz de haber inculcado en su hijo los valores correctos—. ¿Y cómo van los preparativos para el cumpleaños de Serge? —le preguntó a su mujer.
—Ya casi está todo listo —respondió ella—. Solo falta confirmar la lista de invitados, lo demás ya está hecho.
—Estupendo. La semana que viene habrá que ir a una sesión de fotos para la campaña electoral —dijo Román Vasílievich.
—¿Puedo no ir? —preguntó Max. No quería para nada que su cara apareciera en la publicidad. Solo faltaba que Mary viera su jeta en alguna parte.
—Somos una familia —dijo Román Veliky.
—Está bien, pero recuérdame la semana que viene qué día exacto será, por favor —pidió Max, sabiendo que no lograría escaquearse.
Cuando los chicos, tras dar las buenas noches a sus padres, subían a sus habitaciones, Serge no pudo contenerse y preguntó:
—¿Qué numerito has montado hoy en la oficina para que papá lleve toda la noche echándote flores?
—Propuse mi propia opción de publicidad y me gané a todos los miembros de la junta para mi proyecto, para que el proyecto de las vallas publicitarias de Gorójov se fuera al traste —dijo Max sonriendo.
—¡Muy bien! Inesperado —comentó Serge—. ¿A que al final va a salir algo de provecho de ti?