Capítulo 9. Todo un manojo de nervios
Max se levantó temprano y se preparó para ir al liceo. Le pidió a Olga Petróvna que le hiciera unos bocadillos para llevar y cogió unas cuantas empanadillas que Margarita Mijáilovna había horneado el día anterior.
Valentín llegó puntual y salieron en el coche del jardinero rumbo al liceo. La furgoneta del equipo de reformas ya estaba allí; los hombres estaban precisamente descargando los materiales de construcción. A Max le pareció ver de nuevo unos flashes cuando ayudaba a meter la pintura en el liceo.
Los obreros les mostraron lo que les había dado tiempo a hacer el día anterior y trazaron el plan de trabajo para esa jornada y para el jueves, ya que el jueves Max tendría que estar en la oficina. El trabajo avanzaba de manera coordinada y eficiente; el capataz observó cómo Max y Valentín habían hecho la reforma en el aula de Mary y les propuso sumarse a su brigada como trabajadores reales, porque todo estaba hecho, si bien no de forma del todo profesional, sí con mucho esmero.
—Con la experiencia todo llegará —comentó uno de los obreros. Todos fingían que trabajaban en la misma cuadrilla y no descubrían a Max ni a Valentín, no solo por el dinero que iban a cobrar, sino porque veían el claro interés de Máxim por Mary.
—Cuando vayas a llevar a tu mujer a tu casa nueva o a construir un chalé, no te olvides de nosotros —bromeaba uno de los obreros. Entre los hombres reinaba un ambiente muy amigable.
Snizhana Olégovna ya le echado el ojo a uno de los hombres del equipo. Ahora le preparaba bocadillos a él y por él mismo discutía con Irina, mientras los demás obreros intentaban ignorar a las amigas, que ahora se habían convertido en rivales.
Violetta se alegraba de semejante giro de los acontecimientos. La reforma avanzaba. Y encima por un precio tan ajustado. Kazimir llevaba toda la semana contando con entusiasmo cómo jugaron al fútbol con Máxim Veliky.
Max y Valentín empezaron a hacer la reforma en el aula contigua a la de Mary. Era el laboratorio de química. La dueña del aula resultó ser una mujer bajita de edad elegante, con ojos vivos que desbordaban bondad y sabiduría. Galina Vasílievich captó de inmediato el interés de los obreros.
—Mi aula es más grande que la de María Ivánovna y aquí habrá que entretenerse un poco más, porque este año los graduados se entusiasmaron tanto con los experimentos que el techo ha quedado negro en algunos sitios —contaba Galina Vasílievich.
—¿Es que querían volar el liceo para graduarse antes? —bromeó Valentín, recordando sus años escolares.
—No. Querían que los hicieran repetir curso —respondió la profesora.
Junto con Galina Vasílievich acordaron el color de las paredes y algunos detalles de la reforma.
Esta vez Max desmontó las persianas como si llevara toda la vida dedicándose a ello. Sin sangre de por medio y muy rápido.
—María, tú deberías fijarte en Máxim. Es un buen chico —le dijo la mujer a Mary—. ¡Quién tuviera mis veinte años!
Para el descanso del almuerzo llegó Bozhena y volvieron a irse a la sombra bajo los árboles a comer.
Violetta estaba junto a la ventana cuando oyó un fragmento de la conversación de las profesoras.
—¡No puede ser! —se oyó la voz de Irina Vasílievich.
—¡Te lo digo en serio! ¡Mira, es él seguro! ¡Las redes sociales no mienten! —le demostraba Snizhana a su amiga.
—¡Vaya, vaya! ¿Así que nuestra Mary se ha agenciado a un ricachón? Vaya suerte la suya —concluyó Irina tras revisar las fotos en el teléfono de Snizhana.
—¿Y para qué todo este circo? —se extrañó Snizhana.
—¡Pues para que algunas no metan sus narices donde no las llaman! —intervino en la conversación Violetta, que había comprendido de quién hablaban.
—¡Uy! Si nosotras solo nos preocupamos por nuestra compañera —intentó justificarse Snizhana.
—Ajá, ya, como si me lo fuera a creer. Ellos solos se entenderán sin la ayuda de ustedes. Si alguna de las dos se mete o dice una sola palabra, irán a buscarse un nuevo trabajo —dijo Violetta saliéndose de sus casillas en serio—.¡A partir de mañana se me van de vacaciones! En sus aulas ya se ha hecho la reforma, no tienen nada que hacer en el liceo. ¡Espero que ambas me hayan oído bien y se me guarden la lengua en el bolsillo!
—Pero... —intentó objetar Snizhana.
—¿Les doy el finiquito y el historial laboral ahora mismo? —formuló la pregunta Violetta.
—No, lo hemos entendido todo. Mañana nos vamos de vacaciones —dijo Irina, cogiendo del brazo a Snizhana antes de retirarse.
—Menudo trabajo este —dijo para sí misma Violetta—. Es como andar por un campo de minas. Todo un manojo de nervios.