Amor en vacaciones, o Un chico rico busca trabajo

Capítulo 9.3. Triunfo

Capítulo 9.3. Triunfo

Max entró con paso firme a la sala de conferencias y recorrió a todos con la mirada.

—¡Buenos días, señores! Me alegro de verlos a todos. Pues bien, nuestro equipo está listo para demostrar nuestra visión de la publicidad moderna y ofrecer información sobre las estadísticas y la viabilidad de la publicidad en las redes sociales —dijo Max y ocupó su lugar junto a Valentín y Grinch.
—Que presenten el otro proyecto —dijo Gorójov, empujando a su protegido.
—Pero si ya escuchamos el informe la última vez. Ya nos tienen hartos a todos con sus piernas —dijo impaciente Inna Guermánovna.
—Hoy ya no habrá piernas —dijo Gorójov mirando de reojo. Detestaba a esa mujer. No tenía ningún tipo de influencia sobre ella; ella no le temía ni dependía de él. Le asustaba la gente así. Le asustaban todos los que tenían opinión propia, sabían decir "no" y no se doblegaban. Inna Guermánovna era exactamente ese tipo de persona.
—En ese caso, empecemos con sus "no piernas" —ordenó Inna Guermánovna, y Gorójov le asintió a su representante.
Esta vez, en efecto, la presentación no incluyó piernas, pero había una foto de unos labios. Inna Guermánovna no aguantó más e interrumpió la presentación, ya que aparte de la imagen no había cambiado absolutamente nada. Casi el mismo texto y las mismas vallas publicitarias.
—¡Qué co-ro-za! —dijo la mujer en voz alta para que se oyera en toda la sala de conferencias—. No pienso votar por este proyecto tan mediocre.
—Pero es que eso no es todo... —intentó objetar el ponente.
—¿Hay algo más? ¡Sorpréndame! —no aguantó la mujer—. Nos convocaron porque prometieron un proyecto nuevo y fuera de lo común, no todo esto. Nos veremos dentro de una semana, cuando esté listo el proyecto de Máxim Románovich —dijo la mujer poniéndose ya de pie para salir de la sala.
—Inna Guermánovna, quédese, por favor. No hemos tenido una semana, pero a la vista de los últimos acontecimientos hemos decidido agilizar un poco nuestro proyecto y lo hemos lanzado hace una hora. Tanto usted como nosotros intentaremos ahora, en tiempo real, analizar y comparar ambos proyectos que aspiran a salir adelante —tomó la palabra Max, y todos los presentes se animaron. Max asintió con la cabeza y a la sala entraron todos los que quisieron.
—¡¿Qué hace esta gente aquí?! —bramó Gorójov, que comprendía que ni en sueños vería esa publicidad ni el dinero.
—Todos ellos son empleados de nuestra empresa y también quieren y pueden ver cómo proponemos aumentar las ventas. Nuestra empresa es un organismo vivo. Todos somos diferentes, todos somos especiales. Se nos ocurrió que a la gente le interesaría ver quién trabaja en nuestra empresa y, en lugar de imágenes generadas por IA o modelos que ya nos tienen a todos hartos y nos miran desde casi cada anuncio, hemos utilizado fotografías de nuestros propios empleados. Con su consentimiento —dijo Max, y en la pantalla aparecieron las fotos. Personas sonrientes y felices. Esas fotos sacaban una sonrisa y transmitían calidez.
—¿Y eso qué más da? También se pueden poner en vallas publicitarias —se le ocurrió al instante a Gorójov.
—¡Eso sí que no! —respondió Max—. Hemos lanzado la publicidad en las redes sociales. Se registró una cuenta de nuestra empresa con el logotipo en todas las redes sociales posibles. Allí hemos publicado fotos con información y teléfonos de contacto —dijo Max, mientras Valentín proyectaba una imagen en la pantalla—. Perfiles que tienen tan solo una hora de vida, pero miren la cantidad de seguidores, compartidos y comentarios —dijo Max, sorprendiéndose él mismo de las cifras que veía. Valentín abrió los comentarios y mostró que la gente hacía preguntas concretas, mientras Grinch respondía en directo—. La interacción de la gente en tan solo una hora demuestra que las vallas son un tiradero de dinero. Si la gente tiene preguntas, ¿a quién pueden dirigirse para aclararlas? ¿Van a darle golpes a la valla? En cambio, aquí un especialista responde de inmediato y conseguimos al cliente.
Marina saludaba con las manos desde la puerta para llamar la atención. Max se percató de ella y del hombre que estaba a su lado, completamente rojo y limpiándose el sudor de la frente.
—Este es el jefe de nuestro call center, que tiene algo que decir —presentó al hombre la secretaria.
—¡Buenas tardes a todos! —dijo el hombre—. Nunca habíamos tenido algo semejante. Bueno, a veces había hasta veinte llamadas al día, pero esto es como si todo el mundo se hubiera vuelto loco. Las operadoras no dan abasto para responder las llamadas. Necesitamos añadir a dos, o mejor tres empleados más para atender las llamadas entrantes, porque las chicas no pueden solas.
—¿La gente solo llama o concreta pedidos? ¿Hay ventas? —preguntó interesado Veliky padre.
—Concretan pedidos. ¡Esa es la cuestión! Jamás habíamos tenido una afluencia así. La gente que llama se queda en línea de espera para poder contactar con una operadora —respondió el jefe del call center.
—Cada persona interesada en comprar y que es nuestro cliente potencial utiliza las redes sociales. ¡Es un hecho! —Max se adelantó de inmediato a los intentos de Gorójov por discutir—. Para gestionar las redes sociales solo necesitamos uno o dos empleados. Para crear contenido y responder a los comentarios y preguntas. Es mejor aumentar la plantilla en el call center para descongestionar las líneas. Esto reducirá los costes a la mitad e incrementará el número de clientes, ventas y nuestros beneficios.
Valentín volvió a mostrar en la pantalla la publicidad en las redes sociales y todos pudieron comparar las cifras, que aumentaban a ritmo vertiginoso.
—Quiero dirigirme a los empleados aquí presentes, porque ellos también son una parte fundamental de nuestra empresa —dijo Max—. ¿Qué opinan ustedes, qué publicidad resulta más productiva y a cuál le prestarían atención personalmente? —formuló la pregunta Max.
—Yo voto por las redes sociales —respondió uno de los hombres—. Un contenido bueno y acertado llamará la atención mucho más rápido que esos carteles en los postes.
—¡Eso se llama "valla publicitaria"! —lo corrigió Gorójov, que de la rabia rompió un lápiz por la mitad.
—A mí también me gusta más la idea de Máxim Románovich. Porque la valla se queda quieta en un sitio, mientras que las redes sociales las llevas siempre en el teléfono —intervino una de las empleadas.
Uno a uno, los trabajadores fueron dando sus votos a favor del proyecto de Max, aportando más y más argumentos en beneficio de su propuesta.
—A mí me gusta la música que suena cuando veo el anuncio —añadió un guardia de edad elegante, que también había aportado su fotografía del aniversario de su matrimonio.
—Creo que se han aportado suficientes argumentos, estadísticas y hechos para que nuestra empresa prescinda de los servicios de Ígor Andréyevich y pase al formato de publicidad en redes sociales —dijo Román Vasílievich—. Pongo el asunto a votación. ¿Quién apoya el proyecto de publicidad en redes sociales?
Todos levantaron la mano. No solo los miembros de la junta, sino todos los presentes. No fue una simple victoria, sino un verdadero triunfo. Gorójov se levantó de un salto y echó a correr hacia la salida. Furioso como un demonio.
—¡Un trabajo excelente! —empezó a aplaudir Inna Guermánovna, respaldada por todos los presentes—. Ahora veo que las ideas de Máxim Románovich le aportarán a nuestra empresa un soplo de aire fresco y un gran desarrollo.
Cuando todos salieron y en la sala solo quedaron Veliky padre, Máxim y sus amigos, Román Vasílievich estaba pálido como una pared. Sentía una inmensa alegría y orgullo por su hijo, pero las emociones intensas, aunque fueran positivas, no dejaban de ser una carga para el corazón.
—Papá, ¿qué te pasa? —preguntó Max alarmado al ver que su padre se llevaba la mano al corazón y su rostro se contraía de dolor.




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