Amor entre Curvas

Capítulo 1

El sol de la tarde se colaba por el parabrisas del viejo Chevrolet Spark, tiñendo de dorado el interior del coche y el rostro de Alma mientras conducía con una mano apoyada en el volante y la otra buscando a ciegas una galleta en el paquete que descansaba en el asiento del copiloto. A sus vinte y cinco años, había aprendido que la vida era demasiado corta para privarse de los placeres simples, y una carretera abierta, su música favorita sonando a volumen medio y un paquete de galletas de chocolate eran, sin duda, uno de esos placeres.

Respiró hondo, sintiendo cómo el aire fresco que entraba por la ventanilla jugueteaba con sus rizos oscuros. Dejaba atrás su casa de la ciudad, una relación que había muerto por inanición emocional hacía mucho tiempo, y un trabajo de oficina que le chupaba el alma gota a gota. Delante, la esperaba New York. Un nuevo comienzo. Un pequeño apartamento frente al parque central que había alquilado sin siquiera verlo en persona, y un empleo en una galería de arte local que prometía ser más auténtico que cualquier cosa que hubiera hecho en los últimos diez años.

—A la basura la prudencia —murmuró para sí misma, riendo—. A la basura los planes perfectos.

Se miró en el retrovisor y se guiñó un ojo. Las curvas que la habían hecho sentirse insegura durante su juventud ahora eran su mayor orgullo. Su cuerpo, pensaba a menudo, era un mapa de su historia: caderas anchas que hablaban de herencia y sensualidad, brazos fuertes de cargar con sus propias maletas emocionales y materiales, y una sonrisa amplia que había tardado años en mostrarse sin reservas. Hoy, esa sonrisa era genuina.

La carretera se curvaba suavemente entre colinas cubiertas de vegetación. Disminuyó la velocidad al acercarse a una curva cerrada, justo donde un viejo letrero anunciaba una gasolinera dos kilómetros adelante. El paisaje era tan hermoso que casi hipnotizaba, pero Valeria mantenía la atención en el asfalto, tarareando una canción de Natalia Lafourcade.

Fue entonces cuando lo vio. O mejor dicho, cuando lo sintió. Un destello rojo por el retrovisor, seguido del rugido profundo y potente de un motor que nada tenía que ver con el modesto rumor del suyo. Un deportivo rojo pareció materializarse de la nada, pegándose a su defensa trasera con una imprudencia que la hizo apretar los dientes.

—Tranquilo, amigo —refunfuñó, sujetando el volante con firmeza—. Esto no es un circuito.

El coche rojo se mantuvo ahí, demasiado cerca, durante unos segundos eternos. Alma levantó la vista al espejo, pero los reflejos del sol en el parabrisas del otro vehículo le impidieron ver al conductor. Lo único que percibió fue la silueta de alguien inclinado sobre el volante, como un depredador a punto de atacar.

Y entonces, ocurrió.

El deportivo aceleró para adelantarla en la curva, una maniobra tan estúpida como peligrosa. Alma sintió cómo la adrenalina le recorría la espalda. Giró instintivamente el volante hacia la derecha para darle espacio, pero el hombro de la carretera estaba más blando de lo que parecía. Las ruedas mordieron la gravilla y el coche perdió tracción. Por un instante, el mundo se convirtió en un torbellino de polvo y sol, hasta que un golpe seco, más sordo que violento, sacudió el habitáculo.

El silencio, después del caos, fue ensordecedor.

Alma parpadeó varias veces, procesando. Su corazón galopaba desbocado. El airbag no se había activado, lo que significaba que el golpe no había sido tan fuerte, pero su cuerpo estaba tenso como una cuerda de guitarra. Delante de ella, a través del parabrisas ahora ligeramente empañado por el polvo, vio la silueta del coche rojo detenido unos metros más adelante, en el carril contrario, orientado en la dirección equivocada.

—Hijo de su... —masculló, soltando el cinturón con manos temblorosas.

Salió del coche y el calor húmedo del dia la golpeó como una bofetada. Su pequeño Chevrolet estaba ladeado, con el parachoques delantero abollado y el faro derecho hecho añicos. Alrededor, el polvo comenzaba a asentarse sobre el asfalto.

Del deportivo rojo, un Audi R8 que ella solo había visto en revistas, bajó una figura masculina. Era alto, vestía una camiseta negra sencilla que se ceñía a un torso definido, y vaqueros desgastados. Su pelo oscuro estaba revuelto, y mientras se acercaba, se pasó una mano por la nuca con un gesto que delataba frustración. O quizás, algo más.

—¿Está usted bien? —preguntó él, su voz grave y tensa, acortando la distancia con zancadas largas.

Alma, que estaba inclinada examinando los daños de su coche, se irguió lentamente. Se quitó las gafas de sol y lo miró de frente. Sus ojos, de un verde intenso que contrastaba con su tez morena, se encontraron con los de él. Eran grises, como el mar antes de una tormenta, y por un momento, el mundo se redujo a esa mirada.

—¿Yo? —contestó ella, con un tono que mezclaba incredulidad y un principio de ira—. ¿Que si yo estoy bien? ¿En serio me pregunta eso después de intentar matarme en una curva?

Adrián se detuvo en seco. Esperaba llanto, histeria, o al menos el típico pánico de alguien que acaba de sufrir un accidente. No esperaba a una mujer con los brazos firmemente plantados en sus caderas, el pelo alborotado pero la mirada afilada como una navaja, desafiándolo. Y, definitivamente, no esperaba que sus curvas, realzadas por unos vaqueros ajustados y una blusa ligera, le hicieran olvidar por un instante lo que estaba a punto de decir.




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