Amor entre Curvas

Capítulo 2

El sol se filtraba ahora de otra manera. Ya no era ese dorado esperanzador de la primera tarde, sino un amarillo casi blanco, implacable, que se estrellaba contra los ventanales del pequeño apartamento que Alma había alquilado en el corazón de Nueva York. Llevaba tres semanas en la ciudad, tres semanas tratando de convencerse a sí misma de que el accidente de carretera había sido solo eso: un accidente. Un percance mecánico, un seguro que pagar, un número de teléfono guardado en su móvil que no debería mirar tantas veces al día.

Pero lo miraba. Lo miraba cada noche antes de dormir, como si el nombre Adrián. Piloto. pudiera haber cambiado por arte de magia, o desaparecido, o haber dejado de significar algo.

No había desaparecido. Y cada vez que su pulgar se posaba sobre la pantalla con la intención de escribir algo —un "¿cómo va lo del seguro?", un "¿llegaste bien a donde ibas?", un "tus ojos grises no se me van de la cabeza"—, la prudencia la detenía. La misma prudencia que había jurado dejar atrás junto con su vida antigua.

—Eres una hipócrita —se dijo en voz alta frente al espejo del baño, mientras se cepillaba el pelo con más fuerza de la necesaria—. Dices que tiras la prudencia por la ventana y lo primero que haces es aferrarte a ella como si fuera un clavo ardiendo.

Su reflejo no le devolvió ninguna respuesta útil. Solo sus rizos oscuros, su piel ligeramente dorada por el sol del viaje, y esos ojos verdes que la miraban con una mezcla de frustración y algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.

El teléfono sonó en la mesita de noche y Alma dio un respingo. Cruzó el pequeño estudio en tres zancadas, su corazón haciendo ese ruido sordo que siempre precedía a las cosas importantes. La pantalla mostraba un número que no tenía agendado, pero con una marcación que reconoció de inmediato: el código de área de donde venía, de esa carretera perdida donde su vida se había desviado de su curso previsto.

—¿Aló? —su voz sonó más ronca de lo que pretendía.

—¿Alma? —la voz grave del otro lado hizo que se le erizara la piel—. Soy Adrián. El del...

—El del accidente, sí, lo recuerdo —lo interrumpió, con un tono que intentaba ser seco pero que salió más cercano a la risa—. No me he golpeado la cabeza tan fuerte como para olvidar quién me estampó el coche.

Silencio al otro lado. Luego una risa corta, esa misma risa ronca que él había soltado en el arcén de la carretera, y que Alma había guardado en algún lugar secreto de su memoria.

—Me alegra oír que tu sentido del humor sigue intacto. Hablaba con el seguro hoy y me dijeron que ya tienen el presupuesto de la reparación. Es más alto de lo que calculamos al principio. El faro no era el único problema, parece que el impacto afectó un poco la suspensión.

Alma se dejó caer en el borde de la cama, de repente consciente de que estaba sonriendo como una idiota frente a la pared blanca de su apartamento.

—¿Más alto? ¿Cuánto más?

Adrián dudó. Ese silencio, pensó ella, era el de un hombre acostumbrado a que el dinero no fuera un problema, calculando cómo decirlo sin que sonara a ostentación.

—El doble. Pero no te preocupes por eso, yo me hago cargo. Es lo que te prometí.

—El doble —repitió Alma, haciendo cuentas rápidas en su cabeza. El cheque que él le había dado para el depósito del taller se quedaba corto por casi la mitad—. Adrián, eso es una barbaridad. El coche es viejo, tal vez ni siquiera vale la pena...

—Vale la pena —dijo él, con una firmeza que la sorprendió—. Porque es tuyo, porque estabas yendo a empezar una vida nueva, y porque yo fui un imbécil que no supo esperar diez segundos para adelantar en una curva. No voy a dejar que empieces tu nueva vida con deudas o con un coche hecho pedazos.

Alma se mordió el labio inferior. Había algo en la forma en que dijo "tu nueva vida", un énfasis casi imperceptible, que le hizo pensar que él recordaba cada palabra que habían intercambiado en aquella carretera.

—Está bien —cedió—. Pero quiero ver la factura. Y quiero pagarte el excedente cuando pueda. No soy de las que aceptan caridad.

—No es caridad. Es responsabilidad.

—Suena a caridad con otro nombre.

—Suena a alguien que no duerme bien desde que vio cómo tu coche se iba en la grúa con todas tus maletas —respondió él, y su voz había bajado un tono, volviéndose más íntima—. ¿Llegaste bien, al final? A donde ibas.

La pregunta, tan sencilla, tan directa, golpeó a Alma en el centro del pecho. Nadie se la había hecho desde que llegó a Nueva York. Nadie le había preguntado si había llegado bien, si su nuevo apartamento era lo que esperaba, si su nueva vida estaba siendo todo lo que había imaginado.

—Sí —respondió, y su voz se quebró apenas, solo un milímetro—. Llegué bien. El apartamento es más pequeño de lo que parecía en las fotos, pero tiene buena luz. Y el trabajo... bueno, es un trabajo. Todavía no sé si es el cambio que necesitaba, pero al menos nadie me mira mal por llegar cinco minutos tarde.

—¿Tú llegas tarde?

—Siempre. Es mi único vicio —dijo ella, y esta vez sí sonrió abiertamente, aunque él no pudiera verla—. Bueno, ese y las galletas de chocolate al volante.

La risa de Adrián volvió a aparecer, más relajada esta vez.




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