Amor entre Curvas

Capítulo 3

En algún lugar de la ciudad, los coches pitaban y la gente caminaba apurada, pero dentro de ese cuarto, el tiempo parecía haberse detenido.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Adrián, y había una vulnerabilidad en su pregunta que no encajaba con la imagen del hombre del Audi R8 que había conocido en la carretera. Era la pregunta de alguien que había perdido el mapa hace tiempo y estaba buscando a tientas un camino.

Alma se incorporó, caminó hacia la ventana y apoyó la frente contra el cristal. Desde allí podía ver una pequeña plaza con un parque, unos árboles que empezaban a cambiar de color con el otoño que se acercaba. Su nueva vida, allí afuera, esperándola. Y dentro, el eco de una voz grave que le prometía no ser el hombre idiota que le había estampado el coche.

—Yo creo —dijo lentamente, como si cada palabra fuera una baldosa que colocaba con cuidado— que deberías venir a mi casa.

El silencio, esta vez, fue de Adrián.

—¿A tu casa?

—Si, puede ser, —dijo ella, y una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios—. Quiero decir, al fin y al cabo, eres el responsable del accidente. Lo mínimo que puedes hacer después de lo que paso. Y de paso... podríamos tomar un café. Sin galletas, esta vez. O con galletas, no sé, todavía no he decidido si eres digno de compartir mis galletas.

La risa de Adrián, cuando llegó, fue como un bálsamo. No era la risa corta y contenida de la carretera, sino una risa más abierta, más libre, que parecía venir de algún lugar profundo.

—No soy digno —dijo—. Pero me encantaría intentar convencerte de lo contrario.

—Entonces es una cita —dijo Alma, y las palabras le supieron a valentía, a riesgo, a algo que había estado esperando decir sin saberlo—. Una cita entre el idiota que me chocó el coche y la mujer que vino a Nueva York a empezar de cero.

—No soy solo el idiota que te chocó el coche —recordó él, y había una nota de advertencia en su voz, como si quisiera dejar claro que no quería empezar con medias verdades.

—Ya sé —respondió Alma, suavemente—. Eres el piloto que dejó de correr. Y yo soy la mujer que dejó atrás su vida porque estaba harta de vivir a medias. Supongo que los dos estamos rotos, de alguna manera. La pregunta es si queremos estar rotos juntos o separados.

El silencio que siguió fue la respuesta. Alma lo sintió en el aire, en la forma en que la luz de Nueva York entraba por su ventana, en la forma en que su corazón, por primera vez en mucho tiempo, latía con un ritmo que no era de supervivencia, sino de esperanza.

—Dime cuándo —dijo Adrián, y su voz sonaba distinta, más ligera, como si acabara de soltar una carga que llevaba dos años cargando—. Dime cuándo y estaré allí.

Alma miró su agenda sobre la mesita de noche, con sus primeras semanas de trabajo marcadas, sus horarios todavía inciertos, sus días todavía por llenar. Sonrió.

—El viernes. El taller me dijo que el coche estará listo el viernes. Podrías venir a recogerlo conmigo. Y luego, ese café del que hablábamos.

—El viernes —repitió él, como si estuviera grabando la palabra en su memoria—. Estaré allí.

—Adrián —dijo ella, antes de colgar, con una última chispa de audacia—. Tráete tus demonios. Porque yo también voy a traer los míos. Y así, si después del café decidimos que esto fue una locura de dos personas que se vieron en una carretera y se inventaron una historia, al menos sabremos que no nos escondimos nada.

—No voy a querer que sea una locura —respondió él, y la certeza en su voz hizo que a Alma se le humedecieran los ojos sin saber muy bien por qué—. Pero si lo es, al menos será la mejor locura que he tenido en años.

Colgaron. Alma se quedó con el teléfono pegado a la mano, escuchando el latido de su propio corazón, sintiendo cómo el peso de tres semanas de espera, de dudas, de mensajes no enviados, se disolvía en el aire de su pequeño apartamento neoyorquino.

Se acercó al espejo del baño y se miró otra vez. Sus rizos seguían oscuros, sus ojos verdes seguían siendo los mismos, pero había algo distinto. Un brillo, una luz, una expectativa. Algo que no se había permitido sentir desde que decidió dejar atrás su vida antigua.

—A la mierda la prudencia —dijo en voz alta, repitiendo sus palabras de la carretera, pero esta vez con un significado distinto. Ya no era la prudencia de quedarse en un trabajo que odiaba o en una relación muerta. Era la prudencia de no arriesgarse, de no saltar, de no decir "sí" a esa voz grave que le prometía un viernes en Nueva York con un café y una historia que todavía no sabían cómo iba a terminar.

Se metió en la ducha, dejó que el agua caliente le recorriera la espalda y cerró los ojos. En la penumbra de su baño, con el vapor empañando los azulejos, se permitió imaginar el viernes. Se permitió imaginar sus ojos grises otra vez, esta vez no en el espejo retrovisor ni en la luz hiriente de una carretera, sino frente a frente, en algún café de su nueva ciudad, con el tiempo a su favor y las palabras que todavía no habían dicho flotando en el aire entre ellos.

Y mientras el agua caía, recordó la última vez que se había permitido imaginar algo así. Fue antes de la relación que dejó atrás, antes de los años de inanición emocional, antes de que aprendiera a no esperar nada de nadie para no decepcionarse. Había dejado de imaginar futuros porque los futuros siempre le habían fallado. Pero ahora, con el cuerpo aún tembloroso por la llamada, con la voz de Adrián todavía resonando en sus oídos, sintió que algo se rompía en ella. No algo malo. Algo que llevaba demasiado tiempo cerrado, demasiado tiempo protegido, demasiado tiempo esperando que alguien llamara.




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