Amor entre Curvas

Capítulo 4

El viernes amaneció en Nueva York con un cielo despejado y una temperatura que prometía un otoño generoso. Alma llevaba despierta desde las cinco de la mañana, dando vueltas en la cama como si su colchón estuviera hecho de brasas. Había probado tres conjuntos diferentes antes de decidirse por unos vaqueros negros que le marcaban las caderas exactamente como a ella le gustaban, una blusa de manga larga color mostaza que le daba calidez a su piel morena, y unas botas de tacón bajo que la hacían sentir segura. Se había mirado en el espejo al menos doce veces, había reajustado sus rizos otras tantas, y ahora, con el café humeando en su taza y los nervios retorciéndole el estómago, se preguntaba si todo aquello no era una locura.

Eran las ocho de la mañana cuando sonó el teléfono.

—Estoy en la esquina —dijo la voz grave de Adrián, y Alma sintió cómo se le erizaba la piel de los brazos—. No sé exactamente cuál es tu edificio, pero hay un café con toldo rojo. Dijiste que nos viéramos allí.

—Sí —respondió ella, con la voz más ronca de lo habitual—. Bajo en cinco minutos.

—No hay prisa —dijo él, y había algo en su tono que sugería que llevaba esperando este momento tanto como ella—. He esperado tres semanas. Puedo esperar cinco minutos más.

Alma colgó sin saber qué responder, se dio un último vistazo en el espejo del recibidor, inspiró hondo y salió al pasillo. El ascensor bajó con una lentitud exasperante, cada segundo marcando el latido desbocado de su corazón. Cuando por fin cruzó la puerta del edificio y salió a la calle, la luz de la mañana la envolvió, y entonces lo vio.

Adrián estaba apoyado contra la fachada del café, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo un teléfono que no estaba mirando. Llevaba una chaqueta de cuero negra no la de piloto, pensó Alma después, aunque la similitud le hizo un nudo en la garganta, unos vaqueros azules y una camiseta blanca sencilla. Su pelo oscuro estaba ligeramente despeinado, como si se hubiera pasado la mano por él en el viaje, y cuando sus ojos grises la encontraron, el mundo entero pareció reducirse a esa acera de Nueva York, a ese momento.

Adrián se enderezó lentamente, y por un instante ninguno de los dos se movió. Alma avanzó unos pasos, sintiendo cómo la mirada de él recorría cada centímetro de su cuerpo sin prisa, sin disimulo, como si estuviera confirmando que el recuerdo que había guardado era fiel al original. Cuando por fin estuvieron frente a frente, la distancia entre ellos era tan corta que Alma podía ver las pequeñas líneas alrededor de sus ojos, las que no estaban allí cuando se conocieron, o quizás sí y ella no había tenido tiempo de verlas.

—Hola —dijo él, y su voz era más grave en persona, más cercana, más real.

—Hola —respondió ella, y su sonrisa salió sola, sin permiso, ancha y genuina.

Adrián la miró un momento más, como si estuviera memorizando cada detalle, y luego soltó una risa corta, esa misma risa que ella había guardado en su memoria.

—Eres más alta de lo que recordaba.

—Tú eres más bajo de lo que recordaba —respondió ella, y él se rió de nuevo, negando con la cabeza.

—Mentira. Mido uno ochenta y tres.

—Está bien, mides uno ochenta y tres —admitió Alma, cruzando los brazos sobre el pecho—. Pero yo también soy más alta de lo que recordabas, así que estamos empatados.

—¿Siempre tienes que ganar?

—Siempre.

Adrián sostuvo su mirada un segundo más, y luego hizo un gesto hacia la puerta del café.

—¿Entramos? Prometo no estrellar nada.

—Eso espero —dijo Alma, y se adelantó para abrir la puerta, no sin antes lanzarle una última mirada por encima del hombro que decía, claramente, te estoy observando.

El café era pequeño, con mesas de madera desgastada y un mostrador lleno de pasteles que hacían la boca agua. Eligieron una mesa junto a la ventana, desde donde podían ver la calle y, más allá, los árboles del parque que empezaban a vestirse de otoño. Un camarero se acercó, tomaron nota y, cuando se quedaron solos, el silencio cayó entre ellos como un telón.

No era un silencio incómodo, pero sí pesado. Alma notó que Adrián jugueteaba con el borde de la servilleta, un gesto nervioso que no encajaba con la imagen de seguridad que proyectaba. Se dio cuenta de que él también estaba tenso, también estaba midiendo cada palabra antes de soltarla, también tenía miedo de que todo aquello fuera una construcción demasiado frágil para sostener el peso de lo que no se habían dicho.

—¿Cómo fue el viaje? —preguntó ella, rompiendo el hielo con la pregunta más segura que encontró.

—Largo —respondió Adrián, y sus ojos grises se elevaron hacia ella—. Pero me gusta conducir. Es lo único que me gusta, creo.

—¿Lo único? —Alma levantó una ceja—. Qué vida tan triste.

Él sonrió, pero la sonrisa no llegó del todo a sus ojos.

—Últimamente, sí. Bastante triste.

El camarero llegó con los cafés un americano para él, un latte con leche de avena para ella y un plato con dos galletas de chocolate que Alma no había pedido. Miró a Adrián, que apartó la mirada con un encogimiento de hombros que intentaba ser casual pero que delataba su intención.




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