Adrián se quedó inmóvil, como si sus palabras lo hubieran golpeado en el pecho. Sus manos, que habían estado jugueteando con la servilleta, se detuvieron.
—Yo tampoco —dijo, y su voz era un susurro—. Llevo dos años sintiéndome invisible. La gente me ve, pero no me ve. Ven al piloto, ven al accidente, ven la historia que los periódicos contaron. Pero nadie me había preguntado si estaba bien desde... desde hace mucho tiempo.
—¿Y lo estás? —preguntó Alma, repitiendo la pregunta que él le había hecho en la carretera, devolviéndole la pelota.
Adrián bajó la mirada a su café, a sus manos, a las galletas que todavía estaban sobre la mesa. Cuando volvió a levantar la cara, había algo en sus ojos que no era tristeza exactamente, sino una especie de rendición.
—No lo sé —admitió—. No lo sé desde hace dos años. Hubo un tiempo en que lo único que sabía hacer era conducir. No importaba lo que pasara fuera del coche, dentro de él yo era dueño de todo. Tenía el control. Sabía exactamente cuándo frenar, cuándo acelerar, cuándo arriesgarlo todo. Y luego... luego perdí el control. Y desde entonces no he vuelto a sentir que sé lo que estoy haciendo. Ni dentro ni fuera de un coche.
—¿Por eso dejaste de correr?
—Por eso y por otras cosas —respondió él, y su mandíbula se tensó—. Mi copiloto, Mateo, estuvo a punto de morir. Pasó seis meses en el hospital, dos operaciones, meses de rehabilitación. Y yo no pude ir a verlo. No porque no quisiera, sino porque no podía mirarlo sin verme a mí mismo estrellándonos. La última vez que hablamos, me dijo que no me culpaba. Y eso fue lo peor, ¿sabes? Que no me culpaba. Porque si me hubiera culpado, podría haberlo arreglado de alguna manera. Podría haberme disculpado, podría haberme castigado, podría haber hecho algo. Pero su perdón... su perdón me dejó sin nada a lo que aferrarme.
Alma escuchaba en silencio, con el café enfriándose entre sus manos. Sentía el peso de sus palabras, la densidad de algo que él llevaba cargando solo durante dos años. Quería decir algo, quería encontrar las palabras exactas que lo aliviaran, pero sabía que no existían. A veces, pensó, lo único que se puede hacer es escuchar.
—¿Y ahora? —preguntó finalmente—. ¿Por qué has venido hoy?
Adrián la miró, y en sus ojos grises apareció algo que no había estado allí antes. No era alegría, ni siquiera esperanza, sino algo más frágil, más nuevo. Una posibilidad.
—Porque cuando hablé contigo por teléfono, por primera vez en dos años sentí que alguien me preguntaba algo que no fuera "¿cuándo vas a volver a correr?" o "¿cómo está Mateo?" o "¿qué pasó realmente aquel día?". Me preguntaste si estaba bien. Y luego me dijiste que trajera mis demonios, porque tú también traías los tuyos. Y pensé: quizás esta mujer no tiene miedo de lo roto que estoy. Quizás ella también está rota, y no le da miedo decirlo.
—No estoy rota —dijo Alma, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Estoy en reconstrucción. Hay una diferencia.
Adrián la miró con curiosidad.
—¿Y cuál es?
—Que lo roto no se puede arreglar. Lo que está en reconstrucción... bueno, eso tiene esperanza. Eso tiene planos, materiales, un arquitecto. A veces se cae una pared, a veces hay que rehacer los cimientos, pero no está perdido. No es un desperdicio.
—¿Y tú eres la arquitecta?
—Intento serlo —respondió ella, y su voz se volvió más íntima—. Dejé mi ciudad, mi trabajo, una relación que me estaba matando lentamente. Vine aquí con lo puesto y un coche que ahora está reparado gracias a ti. No sé si lo estoy haciendo bien, pero al menos lo estoy intentando. No puedo decir lo mismo de antes.
Adrián se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa, como si quisiera acortar la distancia entre ellos.
—¿Qué pasó? Con la relación, digo. Si se puede saber.
Alma dudó. No había hablado de Daniel con nadie desde que se fue. No porque fuera un secreto, sino porque hablar de él significaba revivir los años en que había olvidado quién era. Pero allí, frente a Adrián, con sus ojos grises esperando sin exigir, sintió que podía hacerlo.
—No pasó nada —dijo, y la ironía de esas palabras le amargó la boca—. Ese fue el problema. No pasó nada. Durante cinco años, no pasó absolutamente nada. Él trabajaba, yo trabajaba. Él llegaba a casa, yo llegaba a casa. Comíamos en silencio, veíamos la televisión en silencio, dormíamos de espaldas. Un día me di cuenta de que no sabía cuándo había sido la última vez que habíamos reído juntos. No la última vez que habíamos hecho el amor, eso también hacía meses, sino la última vez que habíamos reído. Y pensé: ¿esto es todo? ¿Esto es lo que me espera para los próximos cuarenta años? Y la respuesta fue que sí. Que sí, que eso era todo, y que si me quedaba, estaría eligiendo la comodidad de no estar sola por encima del vértigo de estar viva.
—Y elegiste el vértigo.
—Elegí no morir de aburrimiento —corrigió ella, y esta vez su sonrisa fue genuina—. Aunque ahora mismo, con un desconocido que me chocó el coche y con el que estoy tomando café en Nueva York, no sé si llamaría a esto exactamente vértigo o directamente locura.
Adrián se rió, y esta vez la risa le iluminó el rostro de una manera que Alma no había visto antes. Le gustó. Le gustó tanto que sintió ganas de guardar ese sonido en el mismo lugar donde había guardado su risa de la carretera.