Alma se inclinó hacia adelante, acercando su rostro al de él, sintiendo cómo el aire entre ellos se cargaba de algo que no sabía nombrar.
—Quizás dejar que me invite a cenar esta noche.
Adrián parpadeó, como si no hubiera esperado que ella diera ese paso. Luego su sonrisa se amplió, mostrando una confianza que no había tenido hasta ese momento.
—¿Es una orden o una sugerencia?
—Es una pregunta —dijo Alma, recostándose de nuevo en su silla, recuperando el control—. Puedes decir que no. No me voy a enfadar. Bueno, quizás un poco. Pero me recuperaré.
—No voy a decir que no —respondió él, con una firmeza que la sorprendió—. Llevo tres semanas pensando en cómo hacer para que esta conversación no terminara nunca. Si me dices que podemos alargarla hasta la cena, no voy a ser tan idiota como para rechazarlo.
—¿Seguro? Porque lo de idiota ya lo demostraste en la carretera. No tendrías que volver a demostrarlo.
Adrián soltó una carcajada, tan alta y sincera que algunas personas en el café giraron la cabeza hacia ellos. Alma sintió una oleada de satisfacción al verlo reír así, sin reservas, sin la sombra que había visto en sus ojos cuando llegó.
—Mira —dijo él, cuando la risa se fue apagando—, necesito decirte algo. Antes de que esto vaya a más. Porque si vamos a pasar el día juntos, y luego la cena, y Dios sabe qué más, quiero que sepas con quién estás hablando.
Alma sintió un nudo en el estómago, pero asintió.
—Dime.
Adrián dejó la taza sobre la mesa y juntó las manos, como si necesitara sujetar algo para no desmoronarse.
—No soy una persona fácil. Desde el accidente, he estado... mal. No duermo bien, tengo pesadillas, a veces me despierto en mitad de la noche y no sé dónde estoy. He ido a terapia, he tomado medicación, he hecho todo lo que se supone que tienes que hacer. Pero no sé si estoy bien. No sé si voy a estarlo nunca. Y no quiero que te ilusiones con algo que quizás no puedo darte.
Alma lo miró en silencio, procesando sus palabras. Podía apartarse, podía poner distancia, podía decirle que quizás no era el momento para nada de esto. Pero entonces recordó su propio espejo, sus propias noches en vela, sus propias dudas sobre si alguna vez iba a estar bien. Y supo que no podía apartarse.
—No te estoy pidiendo que estés bien —dijo finalmente—. Te estoy pidiendo que estés aquí. Conmigo. Hoy. Y si mañana no puedes, pues mañana veremos. Pero no me apartes antes de darme la oportunidad de decidir si puedo con esto o no.
Adrián la miró con una intensidad que le recorrió la espalda.
—¿Y si no puedes?
—Eso lo decidiré yo —respondió ella, con una suavidad que contrastaba con la firmeza de sus palabras—. Tú no decidas por mí. Ya he tenido suficientes hombres decidiendo por mí en mi vida.
Él bajó la mirada un momento, y cuando la levantó, había algo distinto en sus ojos. No era alivio, no era felicidad, era algo más complejo, más real. Era la expresión de alguien que acaba de dejar caer una máscara que llevaba puesta demasiado tiempo.
—Vale —dijo, y su voz era un poco más ronca, un poco más frágil—. No decido por ti. Pero al menos déjame decirte que... que no sé qué está pasando aquí. No sé si es el café, si es Nueva York, si es la forma en que me miras cuando crees que no me doy cuenta. Pero hace dos años que no sentía esto.
—¿Qué? —preguntó Alma, con la respiración contenida.
—Ganas. Ganas de que algo empiece.
El silencio que siguió fue de los que no necesitan palabras. Alma sintió cómo sus dedos, sobre la mesa, se acercaban a los de él sin que ella lo decidiera conscientemente. La punta de su índice rozó la muñeca de Adrián, sintió su pulso acelerado, y supo que él estaba tan aterrorizado como ella.
—Entonces empecemos —susurró—. Sin promesas, sin expectativas. Solo un viernes en Nueva York, un café, una cena, y todo lo que quieras poner entre medias.
Adrián dio la vuelta a su mano y entrelazó sus dedos con los de ella. Su palma era cálida, ligeramente áspera, y el contacto envió una corriente eléctrica que le subió por el brazo hasta el pecho.
—Entre medias —repitió él, con una sonrisa que era mitad complicidad mitad advertencia—. Cuidado con lo que ofreces. Puede que me lo tome en serio.
—Espero que lo hagas —respondió Alma, devolviéndole la presión en los dedos—. Llevo demasiado tiempo sin que nadie se tome nada en serio conmigo.
Se quedaron así, con las manos entrelazadas sobre la mesa, mientras el café se enfriaba del todo y las galletas esperaban en el plato. Afuera, Nueva York seguía su curso: coches, peatones, el bullicio de una ciudad que nunca duerme. Pero dentro de ese pequeño café, el tiempo parecía haberse detenido para dejar espacio a algo que ninguno de los dos había buscado, pero que ninguno de los dos quería detener.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Adrián, repitiendo la misma pregunta que le había hecho por teléfono días atrás, pero esta vez con un tono distinto. Ya no era la incertidumbre de quien no sabe qué dirección tomar. Era la emoción de quien tiene el mapa en las manos y está a punto de empezar el viaje.
Alma miró hacia la ventana, hacia los árboles del parque que empezaban a teñirse de naranja, hacia la ciudad que todavía no era suya pero que empezaba a sentirse como tal. Luego miró a Adrián, a sus ojos grises que la miraban como si ella fuera el único punto fijo en un mundo que se había movido demasiado.