Amor entre Curvas

Capítulo 7

El sol de la tarde se colaba por el parabrisas del Chevrolet mientras Alma conducía sin un destino claro, dejando que las calles de Brooklyn los llevaran hacia donde quisieran. Adrián iba en el asiento del copiloto, con una galleta a medio comer en la mano y una expresión que oscilaba entre la incredulidad y una felicidad que no terminaba de reconocer como propia.

—¿Siempre conduces así? —preguntó él, después de que ella se metiera en un carril de bus para adelantar a un taxi amarillo que iba demasiado lento.

—¿Así cómo? —respondió Alma, sin apartar la vista de la carretera.

—Como si la ciudad te debiera algo.

Ella soltó una risa corta, esa risa que Adrián ya empezaba a identificar como la que precedía a una confesión importante.

—La ciudad me debe muchas cosas. Pero no voy a contarte todas ahora. Tengo que guardar algo para la cena.

—Ah, ¿entonces ya decidiste que voy a aprobar? —dijo él, girándose en el asiento para mirarla mejor.

—No he decidido nada. Pero eres un hombre con recursos. Google, dijiste. El sitio más caro. Eso cuenta a tu favor.

—¿Y si el sitio más caro tiene una estrella Michelin y requieren reserva con tres meses de antelación?

Alma redujo la velocidad en un semáforo en rojo y se volvió hacia él con una sonrisa que era puro desafío.

—Entonces serás un hombre con recursos que no sabe planificar con antelación. Y eso, señor piloto, resta puntos.

—Anotado —dijo Adrián, sacando el teléfono del bolsillo interior de su chaqueta—. Déjame ver qué encuentro. Pero mientras tanto, ¿podrías decirme adónde vamos? Porque llevamos quince minutos dando vueltas y creo que has pasado por delante del mismo café tres veces.

Alma apretó los labios, intentando no reírse.

—Estoy... familiarizándome con la zona.

—Mientes mal.

—No miento. Reinterpreto la realidad.

El semáforo cambió a verde y Alma aceleró con más decisión, girando a la derecha en una calle arbolada que parecía sacada de una película de los años noventa. Adrián guardó el teléfono y se quedó mirando el barrio que pasaba por la ventana: casas de ladrillo visto, escaleras de incendios, algún gato tumbado en una escalinata tomando el sol.

—Me gusta esto —dijo, casi sin querer.

—¿El qué? ¿Perderte en Brooklyn con una desconocida?

—No eres una desconocida —respondió él, con una seriedad que cortó el ambiente juguetón—. Eso es lo que me tiene desconcertado. Llevamos tres semanas hablando por teléfono y apenas nos conocemos. Pero cuando estoy contigo... no sé explicarlo. Es como si ya te conociera de antes.

Alma no dijo nada durante unos segundos. Frenó suavemente y aparcó el coche junto a un pequeño parque, un rectángulo de hierba con unos pocos bancos y un árbol enorme en el centro. Apagó el motor y se giró hacia él, apoyando un brazo en el volante.

—Yo sí sé explicarlo —dijo.

—Explícamelo.

—Porque no estamos empezando desde cero. Los dos llegamos aquí con nuestras historias, nuestras cicatrices, nuestras formas de estar rotos. Y cuando hablamos, no estamos fingiendo. Tú no has fingido conmigo ni un segundo. Ni siquiera aquel día en la carretera, cuando podrías haber sido el típico imbécil que se baja del coche a gritar. No lo hiciste. Te preocupaste por mí. Por mi coche. Por si estaba bien. Y luego me llamaste. Y luego volviste a llamar. Y en ninguna de esas llamadas fingiste ser quien no eres.

Adrián tragó saliva. Tenía las manos apoyadas en los muslos y los dedos ligeramente temblorosos.

—¿Y si no me estás viendo bien? —preguntó, con la voz más baja de lo que quería—. ¿Y si lo que crees que ves no es real?

—Puede ser —admitió Alma, encogiéndose de hombros—. Pero entonces tendrás que demostrármelo. Con el tiempo. Con las cenas. Con las galletas que te voy a hacer probar. Con las noches que no puedas dormir y decidas llamarme aunque sean las tres de la mañana. Con todo eso que todavía no ha pasado. Ahí es donde se demuestra si lo que creo ver es real o no.

—Hablas como si ya hubieras decidido que esto va a durar.

—No hablo como si hubiera decidido nada —respondió ella, inclinándose ligeramente hacia él—. Hablo como quien está harta de tener miedo. He pasado dos años teniendo miedo, Adrián. Miedo a salir, miedo a conocer gente, miedo a que me volvieran a hacer daño. Y sabes qué. Estoy cansada. Cansada de ese miedo. No quiero que se convierta en la única cosa que define mi vida.

Adrián la miró en silencio. El sol de la tarde entraba por la ventanilla del copiloto y le iluminaba medio rostro, dejando la otra mitad en sombra. Parecía un cuadro, pensó Alma. Un cuadro de un hombre que cargaba con demasiado peso y que, por primera vez en mucho tiempo, estaba considerando la posibilidad de soltar un poco.

—Yo también estoy cansado —dijo finalmente—. Pero no de la misma manera que tú. Yo estoy cansado de mí mismo. De despertarme y tener que recordar quién soy. De mirarme al espejo y no reconocerme. De tener que hacer un esfuerzo consciente para sonreír, para hablar, para parecer normal. Es agotador.

—Lo sé —susurró Alma.




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