Amor entre Curvas

Capítulo 8

La cocina de Elena olía a comino, a masa recién horneada y a ese aroma indescriptible que solo tienen los lugares donde la comida se hace con algo más que ingredientes. Alma empujó la puerta de madera y una campanilla anunció su llegada. Detrás del mostrador, una mujer de unos sesenta años con el pelo recogido en un moño y un delantal floreado levantó la vista y sonrió con una calidez que parecía genuina.

—¡Almita! —exclamó, dejando lo que tenía entre manos y saliendo de detrás del mostrador con los brazos abiertos—. Hacía semanas que no te veía. Ya pensaba que te habías mudado o que habías encontrado un sitio mejor para comer.

—No hay sitio mejor, Elena —dijo Alma, abrazándola con el mismo entusiasmo—. Y no me he mudado. He estado... ocupada.

Elena separó a Alma un poco para mirarla bien, y sus ojos viajaron inmediatamente hacia Adrián, que estaba detrás de ella con las manos en los bolsillos, intentando parecer natural.

—Y este —dijo Elena, con una sonrisa que se ensanchaba segundos según lo miraba—, ¿quién es? Porque no es el último. Al menos espero que no.

—No —respondió Alma, riendo—. No es el último. Es... —Hizo una pausa, buscando la palabra exacta—. Es Adrián. Un amigo.

—¿Un amigo? —Elena arqueó una ceja con escepticismo—. Almita, llevo veinte años en este negocio y sé reconocer cuando una mujer trae a un hombre a comer empanadas por algo más que amistad. Así que vamos a empezar de nuevo. ¿Quién es este guapo que no me quita los ojos de encima?

Adrián dio un paso al frente y tendió la mano.

—Adrián, señora. Mucho gusto. Alma me ha hablado maravillas de sus empanadas.

Elena ignoró la mano y lo abrazó con la misma efusividad que a Alma. Adrián quedó momentáneamente atrapado entre sus brazos robustos y el aroma a cilantro que desprendía.

—Ay, qué bien educado —dijo Elena, soltándolo y dándole un golpecito en el pecho—. Y guapo, además. Almita, ¿dónde lo has encontrado?

—En una carretera —respondió Alma, con una sonrisa pícara—. Me chocó el coche.

Elena abrió los ojos como platos y volvió a mirar a Adrián, esta vez con una expresión que mezclaba sorpresa y admiración.

—¿Me chocaste el coche? —repitió, como si no pudiera creerlo—. ¿Y ella te ha traído a comer empanadas? ¿No te ha denunciado? ¿No te ha echado la policía encima? Almita, no te enseñé bien.

—Fue un accidente menor —se apresuró a decir Adrián—. Un golpe en el parachoques. Nada grave. Y yo pagué los arreglos. Y el seguro. Y...

—Y le gustó mi cara —lo interrumpió Alma, enganchando su brazo al de él con una naturalidad que los sorprendió a ambos—. Así que aquí estamos. ¿Nos das la mesa de siempre?

Elena los miró a los dos, a Alma colgada del brazo de Adrián, a Adrián con esa sonrisa que no podía ocultar, y negó con la cabeza mientras una sonrisa enorme se dibujaba en su rostro.

—La mesa de siempre —dijo, señalando un rincón apartado junto a la ventana—. Y tráeme a ese hombre de vuelta, ¿eh? Que quiero saber más de cómo se gana el perdón de una mujer después de chocarle el coche.

—No te preocupes —dijo Adrián, mientras Alma lo arrastraba hacia la mesa—. No me voy a ningún lado.

Se sentaron frente a frente en una mesa de madera desgastada, cubierta con un mantel de cuadros rojos y blancos. En el centro, una vela dentro de una botella de vino vacía proyectaba sombras bailarinas sobre las paredes. El local era pequeño, no más de ocho mesas, y estaba medio vacío a esa hora. Dos señoras mayores compartían una botella de vino en la mesa del fondo, y un hombre solo leía el periódico mientras tomaba un café.

—¿Mesa de siempre? —preguntó Adrián, una vez que se hubo acomodado—. ¿Vienes mucho aquí?

—Vengo —respondió Alma, tomando el menú escrito a mano y pasándoselo—. Cuando empecé a vivir en Nueva York, no conocía a nadie. Pasaba los fines de semana sola, caminando sin rumbo, comiendo en sitios donde nadie me preguntara nada. Un día encontré este lugar. Pedí unas empanadas, me gustaron, y al día siguiente volví. Elena me preguntó de dónde era, por qué estaba sola, si tenía familia. Yo no quería contestar, pero ella no se rindió. Al final le conté todo. Y desde entonces, este es mi sitio. Mi rincón.

Adrián dejó el menú sobre la mesa sin mirarlo.

—¿Y te gusta? ¿Tener un rincón?

—Me encanta —dijo Alma, apoyando los codos en la mesa y acercándose a él—. Porque aquí no tengo que fingir. Elena me conoce, me ha visto llorar, me ha visto llegar hecha polvo después de días malos. Y nunca me ha juzgado. Solo me ha dado empanadas y me ha dicho que todo iba a estar bien.

—¿Y lo ha estado? —preguntó Adrián, en voz baja—. ¿Todo ha estado bien?

Alma lo miró un momento. La luz de la vela parpadeaba entre ellos, dibujando sombras en sus rostros. Fuera, la noche empezaba a caer del todo y las luces de la calle se reflejaban en el escaparate empañado.

—A veces sí —respondió finalmente—. A veces no. Pero he aprendido que no pasa nada si algunos días no están bien. Que no tengo que estar bien todo el tiempo para merecer estar viva. Eso me costó mucho entenderlo.

—¿Y cómo lo entendiste?

—Elena me lo dijo un día —respondió Alma, con una sonrisa que era mitad tristeza mitad gratitud—. Llegué aquí llorando, no recuerdo por qué. Y ella se sentó conmigo, me tomó la cara entre las manos y me dijo: "Mira, Almita, la vida no es una línea recta. Es un mapa lleno de curvas, de caminos que se cierran, de atajos que no llevan a ninguna parte. Pero mientras sigas moviéndote, mientras no te pares, vas a llegar a algún sitio. No sé si al sitio que querías, pero a algún sitio". Y tenía razón. No he parado de moverme. Y aquí estoy.




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