Alma apoyó su cabeza en el hombro de Adrián y cerró los ojos. El neón de la heladería parpadeaba a través de sus párpados, y el frío de la noche se filtraba por su chaqueta, pero no sentía nada de eso. Solo sentía el calor de él a su lado, el ritmo de su respiración, la forma en que su brazo la sostenía como si fuera lo más natural del mundo.
—No pienso que sea una tontería —dijo, con los ojos aún cerrados—. Pienso que da miedo. Pero los mejores cosas de la vida dan miedo, ¿no?
—Eso dicen —respondió Adrián, besándole la coronilla.
Se quedaron así, pegados el uno al otro, mientras los cucuruchos se derretían en sus manos y la noche de Nueva York seguía su curso a su alrededor. Un coche pasó con la música a todo volumen, un hombre paseaba a su perro, dos adolescentes reían en la puerta de la heladería. Escenas normales, cotidianas, que de repente les parecieron el escenario perfecto para algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
—¿Y ahora qué? —preguntó Adrián, repitiendo la pregunta que se habían hecho tantas veces.
—Ahora —dijo Alma, separándose y mirándolo a los ojos—, ahora me llevas a casa. Y mañana me llamas. Y pasado también. Y el siguiente. Y cuando tengas una pesadilla, me llamas. Y cuando te sientas solo, me llamas. Y cuando quieras ver a Señor Bigotes, me llamas. Pero no desapareces. ¿Me lo prometes?
Adrián la miró con una intensidad que le recorrió la espalda.
—Te lo prometo —dijo—. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que tú también me llamas. Cuando tengas un mal día, cuando te acuerdes de tu madre, cuando necesites a alguien que te escuche sin juzgarte. Me llamas. Y si no contesto, me dejas un mensaje. Y si no escucho el mensaje, me mandas una carta. Pero no desapareces tú tampoco. ¿Me lo prometes?
Alma sintió cómo las lágrimas volvían a asomar, pero esta vez no las contuvo. Dejó que rodaran por sus mejillas, que se mezclaran con el frío de la noche, que se llevaran consigo todos los miedos que había estado arrastrando durante dos años.
—Te lo prometo —susurró.
Y en ese momento, bajo el neón parpadeante de una heladería de Brooklyn, con helado derretido en las manos y las sillas de plástico crujiendo bajo su peso, Alma supo que no había sido un accidente. Que nada de todo aquello había sido un accidente. Ni el choque, ni las llamadas, ni el café, ni las empanadas, ni el helado. Todo había estado esperando, alineándose en el universo, para llevarlos a ese instante exacto en el que dos personas rotas se miraron y decidieron que, quizás, podían intentar estar enteras juntas.
Adrián la besó entonces. No en el coche delante del edificio, como había pedido ella, sino en la acera, bajo las luces azules de la heladería, con el ruido de la ciudad de fondo y un perro ladrando a lo lejos. Fue un beso suave, casi tímido, como si todavía no se creyeran el derecho a tener aquello. Pero duró lo suficiente para que Alma sintiera que el mundo se detenía, que el tiempo dejaba de dar miedo, que quizás, solo quizás, las segundas oportunidades existían.
Cuando se separaron, Adrián tenía los ojos brillantes y una sonrisa que no había tenido en dos años.
—Eso ha sido mejor que en el taller —dijo, con la voz rota.
—Ha sido diferente —respondió Alma, acariciándole la mejilla.
—¿Mejor?
—Diferente —insistió ella—. El del taller fue un comienzo. Este ha sido una promesa.
Adrián tomó su mano y la llevó hasta el coche. Abrió la puerta del copiloto, esperó a que ella se sentara, y luego rodeó el vehículo para subirse al otro lado. Antes de arrancar, se volvió hacia ella y le rozó los nudillos con los labios.
—¿A qué promesa te refieres? —preguntó.
Alma lo miró un momento. Vio sus ojos grises, sus arrugas de preocupación, la sombra que siempre lo acompañaba. Y vio también algo nuevo: una chispa, una luz, una pequeña llama que había estado apagada y que empezaba a encenderse.
—A la promesa de que no vamos a estar solos —respondió—. Pase lo que pase, cueste lo que cueste, por muy mal que estemos algunos días. No vamos a estar solos.
Adrián arrancó el coche sin decir nada. Pero mientras se incorporaba al tráfico y las luces de la ciudad se reflejaban en el parabrisas, Alma vio cómo una lágrima solitaria rodaba por su mejilla. Y supo que no era una lágrima de tristeza. Era una lágrima de esas que se derraman cuando alguien lleva demasiado tiempo aguantando y, por fin, se permite soltar.
No dijeron nada durante el trayecto de vuelta. No hicieron falta las palabras. La música sonaba bajito en la radio —otra canción de Natalia Lafourcade— y las manos de Adrián en el volante eran firmes y seguras. Alma se quedó mirando el perfil de él, iluminado por las luces intermitentes de la ciudad, y pensó que quizás los finales felices no existían. Pero los comienzos, los verdaderos comienzos, esos sí. Y aquel era uno de ellos.
Cuando llegaron al edificio de Alma, Adrián aparcó el coche en doble filra y la miró.
—¿Me invitas a subir? —preguntó, con una sonrisa que era mitad esperanza mitad miedo al rechazo.
—No —respondió Alma, y vio cómo la sonrisa de él se desmoronaba—. Pero no porque no quiera. Porque quiero hacer esto bien. Sin prisa. Sin presión. Tú no has dormido bien en dos años. Yo llevo dos años desconfiando de todo el mundo. No voy a arreglarlo en una noche.