Amor entre Curvas

Capítulo 10

Tres semanas después, el pasado llamó a la puerta de Alma con una insolencia que le heló la sangre.

Era un martes por la tarde, de esos que empiezan a oler a otoño de verdad, con hojas secas acumulándose en las aceras y un cielo gris que prometía lluvia antes del anochecer. Alma estaba en su apartamento, sentada en el sofá con una taza de té entre las manos y el teléfono apoyado en la mesa, esperando la llamada de Adrián que siempre llegaba a las siete. Llevaban tres semanas viéndose casi a diario —cenas, paseos, tardes enteras perdidas en conversaciones que duraban hasta que el sueño los vencía— y Alma había empezado a acostumbrarse a su presencia en su vida. Peligrosamente.

El timbre del portero eléctrico la sacó de su ensimismamiento.

No esperaba a nadie. Adrián tenía una cita con su terapeuta esa tarde y después pensaba pasar a recogerla para cenar, pero no hasta las ocho. Subió la persiana de la ventana y asomó la cabeza, pero desde su cuarto piso no podía ver quién estaba en la puerta. Apoyó el dedo en el interfono.

—¿Sí?

—¿Señorita Alma? —La voz del portero, siempre neutra—. Tengo aquí a un señor que pregunta por usted. ¿Lo hago subir?

—¿Quién es?

Un momento de silencio. Luego, una voz que no era la del portero. Una voz que Alma conocía demasiado bien. Una voz que la había acompañado durante tres años y la había abandonado en el peor momento de su vida.

—Soy yo, Alma. Baja. Necesito hablar contigo.

El mundo se detuvo. La taza de té resbaló de sus manos y se estrelló contra el suelo, esparciendo líquido caliente por la alfombra. Pero Alma no lo notó. No notó nada. Solo esa voz, ese tono, esa forma de decir su nombre que le recordaba todas las noches que había llorado hasta quedarse dormida.

Javier.

Su exnovio. El que la había dejado dos semanas después del funeral de su madre porque "no podía con su energía". El que la había hecho sentir que su dolor era una carga, un estorbo, algo que había que superar rápidamente para volver a ser la mujer alegre y despreocupada de la que se había enamorado.

Se quedó inmóvil, con los brazos pegados al cuerpo, la respiración cortada. El interfono seguía emitiendo un zumbido blanco. Podía colgar. Podía fingir que no estaba. Podía decirle al portero que no subiera a nadie, que se equivocaba de dirección, que allí no vivía ninguna Alma.

Pero entonces recordó las palabras de Adrián en la heladería: "Tú no intentas ser interesante. Lo eres, sin querer". Y recordó su propia promesa: que ya no iba a huir. Que ya no iba a dejar que el miedo decidiera por ella.

—Que suba —dijo, y su voz sonó mucho más firme de lo que se sentía.

Colgó el interfono y se quedó mirando la puerta. El té se extendía por la alfombra formando un charco marrón que manchaba el beige. Debería limpiarlo, pensó. Debería recoger los restos de la taza, cambiarse de ropa, peinarse, hacer algo para no quedarse allí parada como una estatua mientras los segundos se consumían.

Pero no se movió. Se quedó en el centro de la sala, con los brazos cruzados sobre el pecho, esperando.

Los pasos en el pasillo sonaron primero lejanos, luego más cerca. Tres golpes en la puerta. No con los nudillos, como hacía Adrián, sino con la palma abierta. Un golpe seco, autoritario, el mismo que solía dar cuando llegaba tarde a casa y sabía que ella iba a enfadarse.

Alma respiró hondo. Contó hasta tres. Y abrió la puerta.

Javier estaba allí, en el marco, con las manos en los bolsillos de una chaqueta de cuero que no recordaba haberle visto antes. Estaba igual que dos años atrás, pensó Alma. El mismo pelo castaño perfectamente peinado, la misma barba de dos días cuidadosamente descuidada, la misma sonrisa que le había robado el corazón en una fiesta universitaria y que luego se lo había roto en pedazos.

Pero algo era diferente. Algo en sus ojos, en la forma en que la miraba, que no recordaba. Había una sombra, una inseguridad, algo que nunca había estado allí antes.

—Hola, Alma —dijo, con esa voz que tantas veces le había susurrado te quiero al oído.

—Javier —respondió ella, sin moverse de la puerta, sin invitarlo a pasar—. ¿Qué haces aquí?

—¿No me invitas a pasar?

—No he decidido todavía.

Él soltó una risa corta, esa risa que antes le parecía encantadora y que ahora le sonaba a espejismo.

—Siempre directa. Me gustaba eso de ti.

—¿Te gustaba? —Alma arqueó una ceja—. El verbo está en pasado. Bien.

—Alma, por favor —Javier dio un paso hacia adelante, pero ella no se apartó—. He recorrido trescientos kilómetros para verte. He estado llamando a tus amigas, a tu trabajo antiguo, a todo el mundo para encontrar tu dirección. Nadie quería dármela. Hasta que di con una compañera de la universidad que me dijo que habías mencionado algo de Nueva York. He pasado dos semanas buscándote. ¿No vas a dejarme entrar?

Alma sintió un nudo en el estómago. Dos semanas buscándola. Dos semanas preguntando por ella. Dos semanas en las que ella había estado riendo con Adrián, comiendo empanadas, aprendiendo a confiar otra vez.

—¿Por qué? —preguntó, y su voz tembló apenas—. ¿Por qué has pasado dos semanas buscándome?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.