—Javier —dijo, con una calma que la sorprendió a ella misma—. Te voy a decir algo, y quiero que me escuches bien. Cuando mi madre se estaba muriendo, tú estabas a mi lado. O eso creía. Me sujetaste la mano en el hospital, me llevaste a casa cuando no podía conducir, me hiciste la compra cuando no podía salir de la cama. Y yo te lo agradecí. De verdad. Creía que eras mi salvación. Pero cuando ella murió, cuando ya no quedaba nada que hacer, cuando lo único que necesitaba era que te quedaras un poco más, un poco nada más, para aprender a vivir sin ella... tú te fuiste. Y no te fuiste con un adiós. Te fuiste con un "no puedo con tu energía". Como si mi dolor fuera un virus que pudieras pillar si te acercabas demasiado.
Javier abrió la boca para hablar, pero Alma levantó una mano.
—No he terminado —dijo, y su voz era tan fría que él se calló—. Durante dos años, Javier, durante dos años he cargado con esas palabras. "No puedo con tu energía". Las he repetido en mi cabeza mil veces, en las noches de insomnio, en los días grises, en los momentos en que creía que no iba a salir adelante. Me las he creído. He pensado que quizás tenía razón, que quizás mi dolor era demasiado pesado, que quizás no merecía que nadie se quedara.
—No es cierto —dijo Javier, dando un paso adelante—. Yo no quise decir eso. Estaba asustado, era un idiota, no sabía cómo manejar la situación...
—No, Javier —lo interrumpió Alma—. No era un idiota. Era un egoísta. Y lo sigues siendo. Porque has venido hasta aquí no porque te preocupes por mí, sino porque no soportas la culpa. Porque has vivido dos años con el peso de lo que hiciste y necesitas que yo te diga que estuvo bien, que te perdono, que te quiero. Pero no voy a hacerlo. No voy a ser yo quien te limpie la conciencia.
Javier se quedó en silencio. Sus hombros se hundieron, y por un momento pareció encogerse, como si las palabras de Alma lo hubieran desinflado.
—No es solo eso —dijo, en voz baja—. También es que... he cambiado. He ido a terapia, he trabajado en mis miedos, en mi incapacidad para estar al lado de alguien que sufre. Y sé que no puedo borrar lo que hice, pero quiero intentarlo. Contigo. Quiero intentar ser la persona que debería haber sido entonces.
Alma lo miró. Realmente lo miró, por primera vez desde que había abierto la puerta. Vio las arrugas nuevas alrededor de sus ojos, las canas que asomaban en sus sienes, la forma en que sus manos no dejaban de moverse. Javier había cambiado, sí. Pero no sabía si había cambiado lo suficiente.
—Javier —dijo, apoyándose en el marco de la puerta—, te creo. De verdad. Creo que has trabajado en ti mismo, creo que has cambiado, creo que lo sientes. Pero eso no significa que yo tenga que darte otra oportunidad. Eso no significa que el daño que me hiciste desaparezca. Eso no significa que el tiempo que pasé llorándote se convierta en nada.
—No te pido que se convierta en nada —respondió él, con desesperación en la voz—. Te pido que me dejes demostrarte que puedo ser mejor. Nada más.
—Ya hay alguien —dijo Alma, y las palabras salieron solas, sin pensarlas, como si hubieran estado esperando en su garganta desde hacía semanas.
Javier parpadeó, confundido.
—¿Qué?
—Ya hay alguien —repitió Alma, y esta vez su voz era más suave, casi tierna—. Alguien que llegó cuando no lo esperaba, que me chocó el coche y me cambió la vida. Alguien que también está roto, pero que no se ha ido. Que se queda. Que no tiene miedo de mi energía, como tú decías. Que la abraza, que la entiende, que la hace más llevadera.
Javier se quedó pálido. Literalmente pálido, como si la sangre se le hubiera ido de la cara.
—¿Estás con alguien? —preguntó, y su voz sonó rota, derrotada.
—No sé si "estar con alguien" es la palabra exacta —respondió Alma, encogiéndose de hombros—. Pero sí. Hay alguien. Y me da miedo, y no sé si funcionará, y probablemente me romperá el corazón de otra manera completamente distinta. Pero quiero intentarlo. Con él. No contigo.
Javier dio un paso atrás. Metió las manos en los bolsillos y apretó la mandíbula. Alma vio cómo luchaba por contener las lágrimas, cómo tragaba saliva una y otra vez, cómo su orgullo peleaba contra su dolor.
—¿Es serio? —preguntó, finalmente.
—Puede que lo sea —respondió Alma—. Eso está por verse. Pero lo que es seguro es que lo nuestro terminó. Terminó aquel día, Javier. Cuando cerraste la puerta y te fuiste sin mirar atrás. No hay vuelta atrás. No la hay.
El silencio se alargó. Javier bajó la cabeza y se quedó mirando el suelo del pasillo, los pies de Alma descalzos sobre la alfombra, la grieta en el marco de la puerta que ella llevaba semanas prometiéndose arreglar.
—¿Y si me hubieras buscado? —preguntó, sin levantar la vista—. ¿Y si hubiera llamado al día siguiente y te hubiera pedido perdón? ¿Habría sido diferente?
Alma pensó en la pregunta. La había formulado ella misma cientos de veces durante las primeras semanas, cuando aún creía que Javier volvería, cuando aún miraba el teléfono esperando su nombre en la pantalla.
—No lo sé —admitió—. Pero no llamaste. No volviste. No hiciste nada durante dos años, Javier. Dos años en los que yo aprendí a vivir sin ti. Y ahora que lo he conseguido, ahora que ya no te necesito, vienes con un discurso bonito y unas lágrimas fáciles. Pero ya es tarde. Llegas tarde.