Adrián.
Lo miró un momento. Su nombre en la pantalla, el corazón verde del mensaje de WhatsApp, la foto que ella misma le había hecho la semana pasada en el parque. Sintió una oleada de algo que no sabía nombrar. Alivio, quizás. O gratitud. O miedo. Mucho miedo.
—Dime —dijo, al descolgar.
—Hola, tú —la voz de Adrián sonó cálida, cercana, como si estuviera a su lado—. ¿Cómo estás?
Alma quiso decir "bien". Quiso mentir como había mentido tantas veces. Pero entonces recordó su promesa. La de no desaparecer. La de llamar cuando tuviera un mal día.
—Regular —respondió, y su voz se rompió al decirlo—. Ha venido Javier.
Silencio al otro lado del teléfono. Un silencio que duró solo dos segundos, pero que a Alma le pareció una eternidad.
—¿El exnovio? —preguntó Adrián, y su voz era tensa, contenida.
—Ese mismo.
—¿Y qué quería?
—Perdón. Otra oportunidad. Las cosas que pide la gente cuando se da cuenta de que la cagó.
Otro silencio. Alma podía imaginarlo: Adrián apretando el teléfono contra la oreja, la mandíbula tensa, los ojos grises clavados en algún punto fijo.
—¿Y tú qué le has dicho? —preguntó, finalmente.
—Que no. Que ya hay alguien.
El silencio, esta vez, fue diferente. No era tensión. Era algo más parecido a la sorpresa. O a la esperanza.
—¿Alguien? —repitió Adrián, y Alma casi pudo oírlo sonreír—. ¿Alguien como quién?
—Alguien como tú —respondió ella, y esta vez sí, esta vez dejó que las lágrimas cayeran—. Alguien que me chocó el coche y no dejó de llamarme hasta que le contesté. Alguien que tiene un pingüino llamado Señor Bigotes y ve documentales de osos polares. Alguien que también está roto, pero que no tiene miedo de mi energía. Ese alguien.
—Alma —dijo Adrián, y su voz era tan suave que dolía—. ¿Dónde estás?
—En mi casa. En el sofá. Con un charco de té en la alfombra y las piernas que me tiemblan.
—No te muevas. Voy para allá.
—No hace falta...
—No me importa si hace falta o no —la interrumpió él—. Voy para allá. En quince minutos estoy allí. Y no me des la lata con que no venga, porque voy a ir igual.
Alma sonrió entre lágrimas.
—Eres muy testarudo.
—Lo aprendí de ti. Ahora cuelga, cámbiate de ropa si quieres, pero no te vayas a dormir. Voy a llegar con algo de cena y vamos a hablar de esto. O no vamos a hablar de nada. Pero no te voy a dejar sola. ¿Entendido?
—Entendido —susurró Alma.
—¿Me prometes que no te duermes?
—Te lo prometo.
—Vale. Nos vemos en quince.
—Adrián...
—¿Sí?
—Gracias.
—De nada. Siempre de nada.
Colgaron. Alma se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla que se apagaba lentamente. Fuera, la lluvia que llevaba todo el día amenazando empezó por fin a caer, golpeando los cristales con un sonido rítmico y reconfortante. Se levantó del sofá, recogió los restos de la taza rota, limpió el té de la alfombra con un trapo viejo, se cambió de ropa y se pasó un peine por el pelo. No quería que Adrián la viera hecha un desastre. O quizás sí. Quizás quería que la viera tal cual era, con las marcas del pasado todavía frescas, con los restos de Javier aún pegados a su piel.
Quince minutos después, sonó el timbre. Alma abrió la puerta y allí estaba Adrián, con el pelo mojado por la lluvia, una bolsa de comida en una mano y una botella de vino en la otra. La miró un momento, sus ojos recorriendo su rostro, buscando señales de daño.
—Estás aquí —dijo él, como si no pudiera creerlo.
—Estoy aquí —respondió ella.
Adrián dejó la bolsa y la botella en el suelo y la abrazó. La abrazó con fuerza, con todas sus fuerzas, como si intentara protegerla de algo que ya había pasado pero que todavía dejaba sombras. Alma enterró la cara en su cuello y sintió su olor: a lluvia, a café, a él. Y supo que había tomado la decisión correcta. Que Javier podía haberse ido, podía haber vuelto, podía haber dicho todas las palabras bonitas del mundo, pero ella ya había elegido. Y había elegido bien.
—Cuéntame —dijo Adrián, separándose apenas para mirarla a los ojos—. Cuéntame todo. Y si lloras, lloramos juntos. Pero no te guardes nada.
Alma lo tomó de la mano y lo llevó hasta el sofá. Se sentaron juntos, con las piernas encogidas, las rodillas tocándose. La lluvia golpeaba los cristales y el apartamento se llenaba de una penumbra gris que hacía que todo pareciera más íntimo, más verdadero.
Y Alma contó. Contó lo de Javier, lo de la visita, lo de las palabras que habían intercambiado. Contó lo que había sentido al verlo allí, en el marco de la puerta, con sus ojos húmedos y su discurso aprendido. Contó lo que había sentido al decirle que no. Contó el miedo, la rabia, la tristeza, el alivio. Contó todo.
Adrián escuchó. No la interrumpió, no le dio consejos, no intentó arreglar nada. Solo escuchó, con su mano sobre la de ella y sus ojos grises fijos en los suyos. Cuando Alma terminó, cuando las palabras se agotaron y solo quedó el silencio, él levantó su mano y la besó.
—Has sido muy valiente —dijo—. No sé si yo habría podido hacer lo mismo.
—Claro que sí —respondió Alma—. Tú eres más fuerte de lo que crees.
—No lo sé —dijo Adrián, encogiéndose de hombros—. Pero contigo, quizás aprenda.
Alma se recostó en su hombro y cerró los ojos. La lluvia seguía cayendo y el apartamento se iba oscureciendo poco a poco. No encendieron la luz. No hicieron falta.
—¿Te quedas esta noche? —preguntó Alma, en un susurro.
—¿Quieres que me quede? —respondió Adrián, con la misma intensidad.
—No quiero estar sola.
—Pues no lo estarás.
Se quedaron así, abrazados en el sofá, mientras la noche caía sobre Nueva York y la lluvia borraba las huellas del pasado que había llamado a la puerta. Alma sintió cómo el cuerpo de Adrián se relajaba contra el suyo, cómo su respiración se acompasaba con la suya, cómo el miedo empezaba a disolverse poco a poco.