Amor entre Curvas

Capítulo 13

La lluvia había cesado durante la noche, y el sol de la mañana se colaba por las rendijas de la persiana, dibujando líneas doradas en el suelo del apartamento. Alma se despertó lentamente, sintiendo el peso de un brazo sobre su cintura y el calor de un cuerpo junto al suyo. Por un momento no recordó dónde estaba. Luego sí. Luego lo recordó todo.

Adrián dormía a su lado, boca abajo, con la cara hundida en la almohada y un brazo extendido sobre ella como si incluso en sueños necesitara asegurarse de que seguía allí. La luz de la mañana iluminaba sus hombros desnudos, la curva de su espalda, las pequeñas cicatrices que Alma no había notado la noche anterior pero que ahora veía con claridad. Marcas de una vida accidentada, pensó. Marcas de un hombre que había sobrevivido a cosas que no debería haber tenido que sobrevivir.

No se movió. No quiso despertarlo. Se quedó allí, inmóvil, escuchando su respiración profunda y regular, sintiendo cómo su pecho subía y bajaba contra su costado. Habían dormido abrazados, sin sexo, sin más promesas que las que ya se habían hecho. Solo abrazados. Y eso, pensó Alma, había sido más íntimo que cualquier otra cosa que hubiera compartido con Javier en tres años.

Pero entonces el móvil vibró sobre la mesilla de noche.

El sonido fue suave, apenas un zumbido, pero suficiente para que Adrián se moviera. Gruñó algo ininteligible, apretó el brazo contra la cintura de Alma y la acercó más a él.

—Son las siete —murmuró, con la voz ronca y pegajosa de sueño—. Apágalo.

—No sé si es tuyo o mío —respondió Alma, estirando el brazo hacia la mesilla sin despegarse de él.

Cogió el teléfono. Era el suyo. La pantalla iluminada mostraba un número que no tenía guardado, pero que Alma reconocería entre mil. El corazón se le encogió.

—¿Qué pasa? —preguntó Adrián, notando el cambio en su cuerpo.

—Es Javier —dijo Alma, con la voz plana—. Otra vez.

Adrián se incorporó de golpe, restregándose los ojos con el dorso de la mano. El gesto lo hacía parecer más joven, más vulnerable. Alma sintió una punzada de ternura en medio de la incomodidad.

—¿Va a llamarte todos los días hasta que cedas? —preguntó él, con un tono que intentaba ser neutral pero que delataba un poso de irritación.

—No lo sé —respondió Alma, mirando la pantalla mientras el teléfono seguía vibrando—. Ayer le dije que no volviera. Pero parece que no me escuchó.

—¿Vas a cogerlo?

Alma dudó. Su dedo flotaba sobre la pantalla, indeciso. Cogerlo significaba abrir otra vez la puerta que había cerrado la tarde anterior. No cogerlo significaba ignorar algo que probablemente no iba a desaparecer por arte de magia.

—Déjalo que suene —dijo finalmente, y dejó el teléfono boca abajo sobre la mesilla.

El zumbido se detuvo. El silencio que siguió fue incómodo, lleno de cosas que ninguno de los dos sabía cómo decir. Adrián se recostó otra vez, pero esta vez no la abrazó. Se quedó mirando el techo, con los brazos cruzados sobre el pecho, la mandíbula tensa.

—Adrián —dijo Alma, girándose hacia él—. Mira.

Él volvió la cabeza. Sus ojos grises estaban llenos de algo que Alma no sabía interpretar. Miedo, quizás. O inseguridad. O las dos cosas.

—No me gusta esto —dijo él, finalmente—. No me gusta que haya aparecido así, de repente, después de dos años. No me gusta que tenga tu número. No me gusta que sepa dónde vives.

—A mí tampoco —admitió Alma—. Pero no puedo controlarlo. Él tomó su decisión, y yo tomé la mía. Mi decisión eres tú.

Adrián se incorporó otra vez, esta vez apoyándose en un codo para mirarla mejor.

—¿Soy yo? —preguntó, y su voz era tan frágil que Alma sintió que se le rompía algo dentro—. ¿De verdad soy yo? Porque anoche dijiste que había alguien, y ese alguien era yo. Pero hoy, con el sol de la mañana y el teléfono vibrando, no sé si sigues pensando lo mismo.

Alma se sentó también, enfrentándose a él. Las sábanas se amontonaron entre ellos formando una pequeña montaña de tela arrugada.

—Escúchame —dijo, con una firmeza que no admitía réplica—. Javier fue mi pasado. Un pasado que me hizo daño, que me rompió, que me dejó hecha pedazos en el momento más difícil de mi vida. Tú eres mi presente. Y quiero que seas mi futuro. No sé si será posible, no sé si durará, pero quiero intentarlo. Contigo. No con él.

—Pero él te conoce —dijo Adrián, con los ojos brillantes—. Él tuvo contigo tres años. Tú fuiste feliz con él, o al menos lo creíste. Yo apenas te conozco. Llevamos tres semanas, Alma. Tres semanas y un montón de llamadas. ¿De verdad puedes comparar eso con tres años?

—No estoy comparando —respondió ella, acercándose más—. No hay comparación posible. El amor no es una competición de tiempo. Con Javier estuve tres años, y en esos tres años nunca me sintió tan vista como me siento contigo después de tres semanas. Él me quería, supongo. Pero me quería fácil. Me quería cuando estaba bien, cuando reía, cuando no daba problemas. En cuanto las cosas se pusieron difíciles, en cuanto dejé de ser la novia perfecta y me convertí en una hija que acababa de perder a su madre, desapareció.

—Yo también puedo desaparecer —dijo Adrián, y su voz tembló—. Yo también tengo mis miedos, mis inseguridades, mis días malos. No soy un salvador, Alma. No voy a venir a rescatarte con un caballo blanco. A veces ni siquiera puedo rescatarme a mí mismo.




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