Amor entre Curvas

Capítulo 14

Los días siguientes fueron extraños. Como caminar sobre una capa de hielo que no sabes si aguantará tu peso. Alma sentía constantemente que algo iba a romperse, que el suelo iba a abrirse bajo sus pies, que Javier volvería a aparecer en el momento menos esperado. Pero no lo hizo. No llamó, no escribió, no se plantó otra vez en la puerta de su edificio. Desapareció con la misma rapidez con la que había llegado, dejando tras de sí un silencio que era casi peor que su presencia.

Adrián, por su parte, se había convertido en una constante en su vida. Llegaba por las tardes después del trabajo había conseguido un puesto como instructor de simulación en una escuela de pilotos cerca de LaGuardia, algo temporal, le había dicho, mientras decidía si volvía a las carreras o no, traía la cena o la pedían a domicilio, y se quedaban hablando hasta que el sueño los vencía. Algunas noches él se quedaba a dormir. Otras no. No había reglas, no había expectativas, solo una corriente suave que los iba arrastrando hacia algún lugar que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.

Era viernes otra vez. Alma estaba en su apartamento, sentada en el sofá con el portátil sobre las rodillas, intentando terminar un artículo sobre destinos turísticos sostenibles que llevaba tres días atascado. Pero no podía concentrarse. Las palabras se negaban a fluir, y su mente se escapaba constantemente hacia la conversación pendiente que sabía que tenía que tener.

No con Adrián. Consigo misma.

El móvil vibró sobre la mesa. Un mensaje de Adrián: "¿Cena en casa o salimos? Tengo antojo de algo italiano."

Alma sonrió a pesar de todo. Adrián tenía esa capacidad de sacarle una sonrisa incluso en los días grises. Escribió una respuesta rápida: "Casa. No tengo fuerzas para cambiarme de pantalón." Tres segundos después, la respuesta de él: "Me encanta que seas honesta. ¿Traigo vino o pizza?"

"Las dos cosas."

"Eres mi perdición."

Dejó el teléfono a un lado y volvió a mirar la pantalla del portátil. Las palabras seguían sin aparecer. Cerró el documento sin guardar total, no había escrito nada que mereciera la pena conservar y se quedó mirando por la ventana. El cielo estaba gris otra vez, amenazando lluvia, y las hojas de los árboles del parque se habían vuelto completamente naranjas. El otoño se instalaba en Nueva York con una intensidad que a Alma le parecía poética y melancólica a partes iguales.

Llevaba varios días dándole vueltas a algo. Algo que había estado evitando pensar, quizás porque le daba miedo, quizás porque no sabía cómo abordarlo. El asunto de Javier había reabierto una caja que ella creía cerrada, y dentro de esa caja no solo estaban los recuerdos de su exnovio, sino también sus propios miedos, sus propias inseguridades, su propia incapacidad para confiar plenamente en alguien.

Porque, aunque no quisiera admitirlo, una parte de ella esperaba que Adrián también acabara yéndose. Que tarde o temprano encontrara una razón para desaparecer, para decirle que no podía más, para cerrar la puerta con suavidad mientras ella se quedaba al otro lado, hecha pedazos otra vez.

Esa era la verdad. La fea, la incómoda, la que no se atrevía a decir en voz alta. No confiaba en que Adrián se quedara. No porque él le hubiera dado motivos para dudar todo lo contrario, se había mostrado más presente y más comprometido de lo que nadie había estado en años, sino porque ella ya no sabía confiar. El amor le había enseñado que el dolor era inevitable, que las promesas se rompían, que las personas que decían quererte eran las primeras en desaparecer cuando las cosas se ponían difíciles.

Y eso, pensó, era lo que tenía que hablar con Adrián. No sobre Javier, no sobre el pasado, sino sobre ese miedo que la paralizaba. Ese miedo a creer que esto podía funcionar.

El timbre del portero eléctrico la sacó de sus pensamientos. Miró el reloj: las siete y media. Adrián siempre llegaba a las ocho. Demasiado pronto para ser él.

—¿Sí? —dijo, con el dedo en el interfono.

—Hola, Almita. Soy Elena. ¿Subo o bajas?

Alma parpadeó, confundida. Elena nunca había ido a su apartamento. Su relación se circunscribía al pequeño restaurante de Brooklyn, a las mesas de mantel a cuadros y a las conversaciones a gritos por encima del ruido de la cocina. ¿Qué hacía allí?

—Sube —dijo, sin saber muy bien qué esperar.

Abrió la puerta del apartamento y se quedó en el marco, esperando. Los pasos en el ascensor, la puerta que se abría, y la figura robusta de Elena apareció con una bandeja en las manos y una sonrisa que no presagiaba nada bueno.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Alma, mientras Elena entraba sin esperar invitación.

—Vengo a verte, Almita. ¿No puedo venir a ver a mi clienta favorita sin que me preguntes qué hago aquí?

—No cuando apareces con una bandeja y cara de que vas a decirme algo importante.

Elena dejó la bandeja sobre la mesa de la cocina. Alma vio que contenía una fuente de empanadas humeantes, una botella de vino tinto y un trozo de tarta de manzana cubierto con papel de aluminio.

—He pensado que igual no estabas comiendo bien —dijo Elena, quitándose la chaqueta y colgándola en el respaldo de una silla—. Los hombres no saben alimentar a las mujeres. Te llenan de pizza y de vino barato, y luego tú estás ahí, con hambre de verdad y sin nutrientes.




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