Amor entre Curvas

Capítulo 15

Una semana después de que Javier se marchara definitivamente, Adrián recibió una llamada que lo cambió todo.

Era un miércoles por la mañana, de esas mañanas de otoño en las que el sol parece no terminar de despegarse de las nubes. Alma estaba en el apartamento, corrigiendo un artículo sobre cafés de especialidad en Brooklyn, cuando Adrián salió al balcón a contestar el teléfono. No le dio importancia al principio; Adrián recibía llamadas de trabajo a menudo, ofertas para cursos de formación, consultorías para escuelas de pilotos, algún que otro evento. Pero cuando volvió a entrar, su cara era un poema que Alma no supo leer.

—¿Qué pasa? —preguntó, cerrando el portátil.

Adrián se dejó caer en el sofá a su lado, con el teléfono aún en la mano y una expresión que oscilaba entre la incredulidad y el miedo.

—Era mi antiguo jefe de equipo —dijo, con la voz ronca—. El de antes del accidente.

Alma sintió cómo el corazón se le encogía. No había oído a Adrián hablar de su vida antes del accidente, al menos no en detalle. Sabía que había sido piloto de carreras, uno de los mejores, que había competido en circuitos internacionales, que tenía un nombre en el mundo del motor. Pero nunca había profundizado en eso, quizás porque notaba que era un tema doloroso, quizás porque Adrián se encogía cada vez que alguien mencionaba las carreras.

—¿Y qué quería? —preguntó, aunque ya lo sabía.

—Quiere que vuelva —respondió Adrián, dejando el teléfono en la mesa y pasándose ambas manos por el rostro—. Hay un equipo nuevo, están buscando pilotos para la temporada que viene. Dicen que me han seguido, que saben que estoy mejor, que creen en mí. Quieren que haga unas pruebas la semana que viene.

Alma se quedó en silencio. No sabía qué decir. Una parte de ella quería saltar de alegría por él, porque volver a las carreras era lo que había amado toda su vida, lo que le había sido arrebatado por el accidente. Pero otra parte, una más oscura y egoísta, sentía miedo. Miedo de que volver a las pistas significara volver al peligro. Miedo de que Adrián se convirtiera en otra persona cuando estuviera detrás de un volante. Miedo de perderlo antes incluso de haberlo tenido del todo.

—¿Y tú qué quieres? —preguntó, finalmente.

Adrián levantó la cabeza y la miró. Sus ojos grises estaban llenos de dudas, de preguntas sin respuesta.

—No lo sé —admitió—. Hace un año habría dicho que sí sin pensarlo. Habría firmado lo que hiciera falta con tal de volver a sentir el motor rugiendo bajo mis manos. Pero ahora... ahora no sé.

—¿Por qué no?

—Por ti —respondió, con una honestidad que le rompió el corazón—. Por nosotros. Por esto que estamos construyendo. Volver a las carreras significa viajar, estar fuera semanas enteras, dormir en hoteles, vivir con el riesgo constante de que algo salga mal. No sé si quiero eso otra vez. No sé si quiero volver a ser esa persona que vivía para la adrenalina y no para la gente que quería.

—Pero era tu vida —dijo Alma, acercándose a él—. Lo que te hacía feliz.

—¿Me hacía feliz? —Adrián soltó una risa amarga—. No lo sé. Creo que me hacía sentir vivo. Que es muy distinto. Sentirse vivo no es lo mismo que ser feliz. Sentirse vivo es una descarga de adrenalina, un subidón que dura unos segundos y luego se va. La felicidad es otra cosa. La felicidad es esto —dijo, señalando el apartamento, las tazas de café en la mesa, los libros desordenados en la estantería—. La felicidad es despertarse a tu lado y saber que no tienes que ir a ninguna parte.

Alma sintió un nudo en la garganta. Las palabras de Adrián eran bonitas, pero también eran una trampa. Porque no podía ser la razón por la que él dejara de hacer lo que amaba. No podía cargar con ese peso.

—No puedes dejar de correr por mí —dijo, con firmeza—. Eso no es justo ni para ti ni para mí. Si vuelves, tiene que ser porque tú quieres. Porque necesitas saber si todavía sientes algo por las pistas. Porque si no lo haces, te pasarás el resto de tu vida preguntándote qué habría pasado.

Adrián la miró un largo momento. Sus ojos la recorrían como si intentara memorizar cada detalle de su rostro, cada arruga, cada lunar.

—¿Y si vuelvo y me doy cuenta de que ya no es lo mío? —preguntó—. ¿Y si vuelvo y me da miedo? Porque el miedo, Alma, eso no se me ha ido. Sigo soñando con el accidente, sigo despertándome por las noches con el corazón a mil. No sé si soy el mismo piloto que era antes. No sé si puedo volver a serlo.

—No lo sabrás hasta que lo intentes —respondió ella, tomando sus manos entre las suyas—. Y pase lo que pase, estaré aquí. Si vuelves y te das cuenta de que ya no quieres correr, pues buscaremos otra cosa. Y si vuelves y te das cuenta de que es lo que necesitas, pues aprenderé a vivir con los nervios cada vez que te vea en la tele.

Adrián soltó una risa temblorosa.

—¿Me verías en la tele?

—Claro que te vería. Con palomitas y todo. Y le gritaría a la pantalla cuando adelantaras a alguien. Y llamaría a Elena para que lo viera también. Y me volvería loca de orgullo.

—¿Orgullo? —Adrián arqueó una ceja—. ¿No sería miedo?

—Las dos cosas —admitió Alma—. Pero el miedo ya lo conozco. He vivido con él dos años. Lo que no quiero es vivir con el arrepentimiento. El tuyo o el mío.




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