Amor Peligroso

Prólogo: La noche en que ardió Macao

Cuatro años antes.

El puente de Cotai parecía una cicatriz de cemento tendida sobre la boca oscura del mar de la China Meridional. A las tres y cuarenta y siete de la madrugada, la niebla no era niebla: era un sudario espeso y húmedo, saturado del olor a salitre, gasolina barata y la pólvora latente que precedía a las ejecuciones sumarias.

En el asiento trasero del Mercedes blindado, el mundo se reducía a dos cosas: el perfil afilado de Kaia Thorne y el pulso desbocado de Dante Vane.

Ella sostenía en su regazo una tableta militar de cifrado triple, con los dedos volando sobre la pantalla táctil para neutralizar los radares de la aduana portuaria. Vestía seda negra y llevaba el cabello recogido con una aguja de plata. Apenas tenía veintiséis años, pero en sus ojos verde avellana ya no quedaba rastro de inocencia; el inframundo de los casinos clandestinos y las rutas de contrabando de las Tríadas le había enseñado que la compasión era un lujo reservado a los muertos.

Dante no miraba la pantalla. La miraba a ella.

Con la mano izquierda envuelta en la nuca de Kaia, sus dedos acariciaban la piel caliente de su cuello con una posesividad que desafiaba la muerte inminente. El convoy de tres vehículos avanzaba a ciento cuarenta kilómetros por hora, escoltando los códigos maestros que abrirían las esclusas del Pacífico para la recién nacida Alianza. Habían ganado la partida. Habían derrotado a los viejos patriarcas de Hong Kong y puesto de rodillas a los emisarios de la Camorra. Estaban a diez kilómetros del aeródromo privado donde un jet los esperaba para desaparecer de los radares del mundo.

O eso creían.

—Deja de mirarme así, Dante —murmuró ella sin levantar la vista de los comandos binarios, aunque la comisura de sus labios tembló con esa sonrisa desafiante que a él le quitaba el juicio—. Si pierdo la conexión con el satélite de Macao, las patrulleras de la marina nos cortan el paso en el delta.

—Que vengan —respondió Dante con esa voz áspera, grave y cargada de arrogancia que era su sello personal. Se inclinó sobre ella, rozándole los labios con la respiración caliente—. Que intenten quitárnoslo. Esta noche la ciudad entera es nuestra.

Kaia alzó la mirada, clavando sus ojos en los de él. Había un fuego salvaje, incontrolable, que siempre ardía cuando estaban a menos de un suspiro. Ella tiró de la solapa del traje de Dante con una urgencia feroz, robándole un beso breve, hambriento y desesperado en medio de la velocidad de la huida.

—Prométemelo, Vane —susurró ella contra su boca, con una sombra de vulnerabilidad que solo él tenía el privilegio de ver—. Si esto sale mal... si alguna vez caemos... no habrá rendición. Fuego hasta la última bala.

—Fuego hasta el final, fénix —juró él, sellando la promesa con un roce ardiente sobre su mandíbula.

Fue la última palabra que pronunciaron en calma.

Una detonación ensordecedora arrancó la noche de cuajo. El todoterreno que abría paso al convoy voló por los aires, envuelto en una llamarada colosal de magnesio y fuego que iluminó los pilares del puente como un relámpago eterno.

El impacto de la onda expansiva empujó al Mercedes blindado contra el guardarraíl metálico con un chirrido agónico. Antes de que el conductor pudiera maniobrar para enderezar el rumbo, ráfagas de ametralladora pesada de calibre .50 comenzaron a perforar el asfalto desde un camión de transporte que bloqueaba la salida del viaducto.

—¡Emboscada! —gritó el chofer desde la cabina delantera, justo antes de que un proyectil balístico atravesara el parabrisas reforzado, tiñéndolo de vísceras y astillas de cristal.

El auto perdió el control, dando tres trompos violentos sobre el pavimento empapado. Dante reaccionó por puro instinto animal: rodeó a Kaia con ambos brazos, aprisionándola contra el piso del vehículo y usando su propio cuerpo como escudo mientras las balas llovían sobre el techo reforzado.

—¡Dante! —gritó Kaia, forcejeando para alcanzar su arma en la funda bajo el brazo.

El vehículo colisionó contra la barandilla de contención. El metal podrido del puente no resistió. Con un crujido espantoso, la parte trasera del coche quedó suspendida sobre el vacío, balanceándose sobre las aguas negras y turbulentas del río Perla, a cuarenta metros de caída libre.

Desde la densa humareda blanca de la calzada avanzaron siluetas oscuras. Hombres vestidos de negro táctico con rifles de precisión. En el pecho de sus chalecos, iluminado por el fuego del primer auto que aún ardía, brillaba un emblema inconfundible: un loto de plata quebrado.

Uno de los mercenarios se acercó al capó aplastado del coche, levantó un lanzagranadas portátil y apuntó directamente al bloque del motor.

—¡Sal por la puerta rota, Kaia! ¡Ahora! —rugió Dante, pateando con desesperación la puerta del pasajero que había quedado trabada por el impacto.

—¡No me voy a ir sin ti! —gritó ella, con los ojos dilatados por el terror y la rabia, aferrándose a la camisa de Dante mientras la gravedad comenzaba a tirar del chasis hacia el abismo.

El proyectil impactó.

La explosión fue una llamarada ensordecedora que partió el chasis en dos mitades incandescentes. La fuerza del estallido arrojó a Dante hacia el asfalto del puente, rodando envuelto en fuego y escombros, mientras la mitad trasera del sedán —con Kaia atrapada en el interior— se desprendía del borde.

Dante se levantó ensangrentado, sordo por la detonación, con la piel ardiendo y los ojos desorbitados por el horror más absoluto. Corrió hacia el borde roto del viaducto, estirando las manos hacia la nada.




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