El asfalto de Roppongi no perdonaba la lluvia. Brillaba bajo los carteles de neón magenta y cian como un espejo fracturado, reflejando el pulso febril de una Tokio que jamás cerraba los ojos, ni siquiera cuando la sangre corría por sus alcantarillas.
Desde la suite presidencial en el piso cuarenta y dos del rascacielos Kuroshio Tower, Dante Vane contemplaba el laberinto de luces. Vestía un traje a medida de corte italiano, negro carbón, sin corbata, con el cuello de la camisa blanca entreabierto. A sus treinta y cuatro años, el reflejo en el ventanal no le devolvía al muchacho impetuoso que alguna vez soñó con escapar de los tentáculos del crimen organizado; le devolvía la silueta implacable de un estratega. Para la Alianza del Dragón Rojo —la siniestra coalición que unía a las familias de la Camorra en Asia con las facciones más despiadadas de la Yakuza moderna y las Tríadas cantonesas—, Dante no era solo un operador: era el martillo y el cerebro financiero.
En su mano derecha sostenía un vaso bajo con whisky Hibiki de veintiún años, pero el hielo se había derretido hacía rato. En la izquierda, la yema de su pulgar acariciaba distraídamente una cicatriz tenue que le cruzaba la palma: el recordatorio mudo de una noche en Macao, hacía exactamente cuatro años. La noche en que su mundo se había incendiado. La noche en que creyó haber visto morir a la única mujer por la que habría estado dispuesto a quemar el planeta entero.
La puerta de nogal macizo de la antesala emitió un zumbido electrónico antes de abrirse suavemente. Kenji, su lugarteniente y sombra desde su llegada a Japón, entró con pasos silenciosos, sosteniendo una tableta encriptada. Su rostro cetrino no delataba emoción alguna.
—Señor Vane —dijo en un inglés impecable, teñido por la reverencia formal tokiota—. La delegación de Singapur ya está en el salón subterráneo del Club Ouroboros. Los barones del puerto de Yokohama también llegaron. El patriarca Chen exige que la firma de las rutas logísticas del Mar de China Oriental se concrete antes de la medianoche.
Dante dio un sorbo al licor tibio. El ardor en su garganta fue un anestésico familiar.
—Chen es impaciente. Los hombres impacientes en este negocio suelen terminar flotando en la bahía con los bolsillos llenos de plomo.
—Hay algo más, señor —añadió Kenji, dudando una fracción de segundo, algo inusual en él—. El intermediario independiente... el que logró hackear las terminales de aduana en Hong Kong y que vendió la ruta exclusiva a Chen... ha solicitado estar presente.
Dante frunció el ceño, clavando sus ojos grises en el reflejo de Kenji.
—Nadie entra a la mesa de la Alianza sin mi autorización previa. ¿Quién es?
—Se hace llamar «Ghost». Nadie ha visto su rostro. Chen afirma que es un mercenario digital con nexos en las redes de seguridad de Seúl y Macao. Nos garantizó que sin sus códigos de desencriptación, el cargamento de cuatrocientos millones que sale de Kobe mañana por la noche será incautado por la Interpol.
Una punzada gélida, casi instintiva, atravesó el pecho de Dante. Macao. Cada vez que ese nombre emergía del fango de los reportes, una herida que jamás cerró del todo supuraba veneno. Cuatro años atrás, un asalto orquestado desde las sombras diezmó su círculo íntimo. Una emboscada donde él había sido traicionado por sus propios socios... y donde el auto en el que viajaba Kaia Thorne, su prometida, había caído al mar envuelto en una bola de fuego tras recibir tres ráfagas de fusil de asalto. Dante aún recordaba el agua salada, el olor a queroseno quemado y el eco sordo de sus propios gritos mientras sus guardaespaldas lo arrastraban lejos para salvarle la vida. El cuerpo de Kaia nunca apareció, tragado por las corrientes del delta del río Perla.
—Prepara los coches —ordenó Dante, dejando el vaso sobre la mesa de cristal templado—. Vamos a ver qué tan fantasma es ese intermediario.
El Club Ouroboros no figuraba en las guías turísticas. Oculto cuatro niveles bajo el distrito de ocio de Shinjuku, detrás de la fachada de una empresa de importación de antigüedades, era un santuario de mármol negro, pantallas táctiles incrustadas en madera de cerezo y acuarios gigantes donde nadaban pequeños tiburones de arrecife. Allí, el humo de los habanos se mezclaba con el aroma a orquídeas artificiales y la tensión eléctrica de los hombres que decidían el destino de miles de millones en contrabando.
Cuando Dante ingresó flanqueado por cuatro escoltas armados con subfusiles compactos ocultos bajo sus abrigos, la música ambiental de jazz moderno cesó de golpe. En el centro del salón privado, alrededor de una mesa ovalada de obsidiana, aguardaban siete hombres.
El viejo Chen, patriarca de una rama de la Tríada 14K, sonrió con dientes manchados de tabaco. A su lado, Ryuu Tanaka, el oyabun local con un dragón tatuado que asomaba por el cuello de su camisa de seda, asintió en señal de respeto contenido.
—Llegas tarde, Dante —dijo Chen, golpeando rítmicamente el anillo de jade de su pulgar contra la obsidiana—. El tiempo es la única mercancía que tu dinero italiano no puede comprar.
—El tiempo me pertenece cuando soy yo quien decide si tus barcos zarpan o se pudren en el muelle, Chen —respondió Dante con voz calmada, arrastrando una pesada silla ergonómica de cuero al extremo opuesto de la mesa. Tomó asiento, clavando una mirada gélida en el anciano—. ¿Dónde está el hacker? ¿Dónde está Ghost?