Amor Peligroso

Capítulo 2: Cenizas y secretos en Kabukichō

El estruendo de los proyectiles de 9 mm rebotando contra el bloque de mármol del bar sonaba como un martilleo incesante contra el cráneo. Los cristales del inmenso acuario reventaron con un crujido estrepitoso; toneladas de agua salada se derramaron sobre el suelo de parqué y losas oscuras, arrastrando fragmentos afilados y siluetas marinas que boqueaban sobre el fango ensangrentado.

Dante no aflojó la presión de su brazo alrededor del torso de Kaia. La sostenía aplastada contra su pecho, sintiendo el latido errático de su pulso, caliente y desbocado, chocando contra sus propias costillas. La adrenalina no solo quemaba por el peligro inminente: era la cercanía brutal de ella, el perfume inconfundible a jazmín silvestre empapado en el tufo metálico de la pólvora, el calor de una boca que creyó sepultada para siempre en las aguas salobres de Macao.

—¡Muévete hacia la salida técnica! —le gritó Dante al oído, con la voz ronca por el humo espeso de las granadas cegadoras que empezaban a saturar el aire.

Kaia no esperó a que la protegiera dos veces. Con un movimiento seco y preciso, deslizó una navaja táctica de cerámica oculta en la costura lateral de su bota militar ligera, clavando la mirada en el pasillo. La sorpresa inicial de ver a Dante la había golpeado con la fuerza de un naufragio, pero el entrenamiento de los últimos cuatro años viviendo en las cloacas invisibles de Seúl y Taipéi le impedía permitirse la debilidad del pánico.

—¡No me des órdenes, Vane! —le espetó ella, con la respiración entrecortada y los labios a un roce involuntario de la mejilla de Dante mientras ambos esquivaban otra ráfaga que pulverizó las botellas de licor sobre sus cabezas—. ¡Sé moverme sola en un matadero!

—Pues demuéstralo y no te dejes matar antes de que terminemos nuestra conversación.

A diez metros, Kenji abrió fuego continuo con una ametralladora compacta MP5, barriendo a dos asaltantes que intentaban flanquearlos desde la zona VIP. El oyabun Tanaka, con un disparo en el hombro y protegido por los pocos hombres leales que aún le quedaban con vida, retrocedía disparando a ciegas mientras arrastraba el cuerpo inerte de Chen hacia un montacargas de servicio.

—¡Señor Vane! —bramó Kenji, recargando el cargador con un chasquido metálico—. ¡Cortaron los ascensores principales! ¡Entraron por el conducto de ventilación central! ¡Vienen por ella!

Las palabras de Kenji no sorprendieron a Dante, pero sí encendieron una furia volcánica en sus venas. No era un ataque al azar ni una disputa territorial rutinaria de la Yakuza. El emblema del loto de plata quebrado en los chalecos de los invasores lo confirmaba: eran los mercenarios del Sindicato de la Niebla, una facción fantasma de Macao que todo el bajo mundo creía extinta tras la purga sangrienta que el propio Dante había ordenado cuatro años atrás.

—¿Cómo sabían que estabas aquí? —preguntó Dante, jalándola por el antebrazo para obligarla a correr agachada hacia la puerta de acero reforzado que conducía a las escaleras de emergencia.

—¿Y tú me lo preguntas a mí? —replicó Kaia con sarcasmo cortante, disparando con una pequeña pistola Glock 43 que acababa de desenfundar desde su corsé, abatiendo con pasmosa frialdad a un tirador que se asomaba tras una columna—. ¡Tú armaste esta reunión! ¡Tú fijaste el punto en Shinjuku!

—¡Yo no los llamé, maldita sea!

—¡Eso decías la noche que detonaron mi vehículo en el puente de Cotai!

Llegaron a la puerta de emergencia. Dante derribó la barra antipánico con una patada brutal. Kenji los siguió cubriéndoles la retaguardia, arrojando una granada de fósforo blanco al pasillo para cegar a los perseguidores y quemar cualquier intento de avance inmediato. La detonación resonó en el hueco de la escalera de hormigón con un chillido sordo que hizo vibrar los peldaños.

Subieron a toda prisa por las escaleras húmedas, escapando del hedor a azufre y carne chamuscada. El sonido sordo de sus pisadas y las respiraciones agitadas llenaban el estrecho túnel vertical. Cuatro pisos de concreto crudo separaban el sótano del nivel de la calle.

Al llegar a la salida que daba a un callejón posterior de Kabukichō, Kenji destrabó el cerrojo electrónico secundario. La lluvia torrencial de Tokio los recibió como una bofetada helada. El agua caía en cortinas diagonales, empapando de inmediato el traje de Dante y pegando la chaqueta de cuero y el cabello negro de Kaia a su rostro. Las luces de neón de los hoteles por horas y los bares clandestinos parpadeaban en charcos de agua turbia teñidos de fucsia y azul eléctrico.

Un sedán negro blindado, con los cristales oscurecidos y el motor híbrido encendido en silencio, aguardaba a escasos diez metros. La puerta del conductor se abrió: era uno de los hombres de confianza de Kenji.

—¡Suban! —gritó el lugarteniente.

Pero antes de que Kaia diera un paso hacia el vehículo, frenó en seco, apuntando directamente con su arma al pecho de Dante.

La lluvia resbalaba por el cañón de su Glock, brillando con un fulgor metálico. Dante se detuvo a un metro de ella. El agua le caía por la mandíbula firme y los mechones castaños empapados, pero ni siquiera pestañeó ante la boca del arma que amenazaba con perforarle el esternón. Kenji levantó su subfusil al instante, apuntando a la frente de Kaia.

—Baja el arma, muchacha —advirtió Kenji con voz plana y letal—. Nadie le apunta al señor Vane dos veces en la misma noche.

—Bájala tú, Kenji —ordenó Dante sin apartar sus ojos de Kaia. La orden no admitía réplica.

Kenji apretó la mandíbula, pero bajó el cañón de su MP5 unos centímetros, manteniendo el dedo índice apoyado en el guardamonte.




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