La pantalla del teléfono encriptado de Dante titilaba con una frialdad espectral. El nombre Marcus Thorne iluminaba las facciones tensas de ambos en la penumbra del vehículo blindado. El motor rugía a fondo mientras el sedán se incorporaba a la autopista elevada Shuto, devorando kilómetros bajo la tormenta tokiota.
Kaia desvió la vista hacia el dispositivo. Leyó el mensaje. Durante tres segundos que parecieron siglos, el aire en el habitáculo fue irrespirable.
—¿Qué truco es este? —la voz de Kaia no tembló, pero se tornó en un susurro cortante, cargado de una ponzoña letal—. ¿Ahora juegas con los muertos? Mi padre murió en Vladivostok cuando yo tenía dieciséis años. Lo vi caer en una zanja con tres disparos en el pecho.
Dante no apartó los ojos de la pantalla, sintiendo cómo un sudor frío le recorría la nuca a pesar del aire acondicionado.
—Yo no programé este mensaje, Kaia —respondió con una calma forzada, apretando el teléfono hasta que el titanio crujió levemente entre sus dedos—. Y si tu padre está muerto, alguien acaba de usar su firma de cifrado militar de la era soviética. La misma que él utilizaba cuando controlaba el contrabando de armas en la frontera sino-rusa.
—¡Basta de mentiras! —estalló ella, abalanzándose sobre Dante.
Con un movimiento feroz, Kaia lo tomó por las solapas de la chaqueta empapada, clavándole los ojos verdes con una rabia desbordada que amenazaba con devorarla por dentro. La cercanía fue un golpe directo a los sentidos de Dante: su respiración entrecortada golpeaba su boca, y la calidez salvaje de su cuerpo mojado contra el suyo encendió una fricción eléctrica casi insoportable.
—Tú me quitaste todo —le escupió ella a escasos centímetros de sus labios, sin soltarlo, con los nudillos blancos de furia—. Me convenciste de que éramos invencibles, me usaste para infiltrarte en las redes de Macao, y cuando tuviste las rutas marítimas en tus manos, intentaste borrarme del mapa con un coche bomba. ¿Y ahora pretendes hacerme creer que mi padre sigue vivo y que él armó esta carnicería?
Dante no se defendió del agarre. En lugar de apartarla, subió sus manos y cerró los dedos con fuerza alrededor de las muñecas de Kaia, no para someterla, sino para anclarla a él. La miró fijo, desnudando en su mirada gris un abismo de culpa, furia y una adoración oscura que ningún rencor había logrado apagar.
—Si yo hubiera querido matarte, Kaia, no habrías sobrevivido ni cinco minutos en ese río —dijo Dante con una voz áspera, grave, que le vibró en el pecho—. ¿Crees que eres la única que carga con cicatrices? ¿Tienes idea de lo que fue buscarte entre el fuego y los hierros retorcidos de ese auto? ¿Sabes lo que es gobernar este infierno sabiendo que la única persona que le daba sentido a todo esto ya no respiraba?
Kaia tragó saliva, sintiendo el calor abrasador de los dedos de Dante aprisionando sus muñecas. El contraste entre la furia asesina que ardía en su sangre y la atracción brutal e innegable que la empujaba hacia él la mareó. Por un instante suspendido en el tiempo, sus miradas no hablaron de traición ni de mafia; hablaron del hambre feroz de dos cuerpos que se reconocían a pesar del veneno de los años. El instinto la empujaba a morderle los labios con la misma violencia con la que deseaba clavarle un cuchillo en el pecho.
—Señor Vane —la voz de Kenji desde el asiento del copiloto quebró la burbuja de tensión con la precisión de un bisturí—. Tenemos problemas graves. Dos todoterrenos sin matrícula acaban de subir por la rampa de Shibuya. No son de la policía metropolitana. Vienen a doscientos por hora y despliegan inhibidores de señal.
Dante soltó lentamente las muñecas de Kaia, aunque sus ojos no se despegaron de los de ella hasta el último segundo.
—¿El refugio de Yanaka está listo? —preguntó Dante sin mirar al frente.
—Sellado y con generadores autónomos —respondió Kenji mientras sacaba una escopeta táctica semiautomática del compartimento oculto entre los asientos delanteros—. Pero no llegaremos si nos alcanzan en el puente sobre el río Sumida.
A través del parabrisas trasero salpicado por la lluvia, las luces de xenón de dos enormes camionetas blindadas se acercaban como bestias mecánicas en la penumbra. Desde la ventanilla del primer vehículo asomó un cañón pesado: un fusil antimaterial diseñado para perforar blindajes ligeros.
—¡Abajo! —rugió Dante, empujando a Kaia contra el asiento y cubriéndola una vez más con su torso.
Un estruendo demoledor sacudió el sedán. El proyectil atravesó el maletero y desintegró la rueda trasera derecha. El auto derrapó violently sobre el pavimento encharcado, girando sobre su propio eje en un trompo incontrolable a más de cien kilómetros por hora. El chirrido del metal contra el guardarraíl de la autopista desató una tormenta de chispas incandescentes que iluminaron la noche como fuegos artificiales fatídicos.
El vehículo finalmente se detuvo de costado, bloqueando dos carriles, humeando por el radiador destrozado.
—Kenji, saca al conductor —ordenó Dante, tosiendo por el humo de los airbags activados. Tenía una línea de sangre bajándole por la sien, pero sus movimientos eran rápidos y calculados—. Kaia, sal por mi lado. ¡Ahora!
Kaia pateó la puerta deformada con una agilidad felina, deslizándose fuera del coche hacia el asfalto mojado. A pesar del golpe, se puso de pie con el arma lista. La lluvia helada le lavaba el rostro mientras escaneaba el entorno: estaban en un tramo elevado, rodeados por barreras de hormigón y rascacielos mudos que contemplaban la carnicería desde las alturas.