Amor Peligroso

Capítulo 4: El precio del despertar

El frío no comenzó en la piel; brotó desde lo más profundo de sus huesos.

Kaia abrió los ojos lentamente, cegada por la blancura quirúrgica de una hilera de luces fluorescentes que vibraban con un zumbido eléctrico enervante. El olor a humedad salobre, mezclado con queroseno y desinfectante industrial, le confirmó de inmediato que ya no estaban en el asfalto mojado de la autopista Shuto.

Intentó mover los brazos, pero una punzada de dolor le recorrió los hombros. Sus muñecas estaban sujetas a los brazos metálicos de una silla de acero anclada al suelo con pesados grilletes magnéticos. El efecto del neuroparalizante se retiraba despacio, dejando tras de sí una sensación de náusea y agujas ardiendo bajo la piel.

A menos de tres metros de distancia, frente a ella, Dante Vane estaba atado a una columna estructural de hormigón.

Tenía el torso desnudo, la camisa destrozada a un costado y la piel marcada por hematomas frescos y una herida profunda en el costado izquierdo que aún supuraba un hilo espeso de sangre carmesí. Sus muñecas estaban encadenadas por encima de su cabeza a una viga de acero. A pesar de estar inmovilizado y golpeado, no parecía un hombre derrotado. Su respiración era pesada, regular, y sus ojos grises —afilados como cuchillas recién templadas— ya estaban fijos en ella.

Al ver que Kaia recobraba la consciencia, la mandíbula de Dante se tensó.

—Despierta, fénix —murmuró él con voz rasposa, cargada de una aspereza sombría que, en lugar de intimidarla, le envió un latigazo de adrenalina pura directamente al pecho—. Empezaba a creer que Renzo te había dado una dosis demasiado alta.

Kaia sacudió la cabeza, despejando la niebla que aún le nublaba los sentidos. Tensó los músculos contra los grilletes magnéticos; el metal emitió un chasquido sordo, bloqueando cualquier intento de fuga por la fuerza bruta.

—Cállate, Dante —respondió ella entre dientes, con la garganta seca como ceniza—. Si me quedé dormida fue por no escuchar más tus excusas de mártir.

Una media sonrisa, desafiante y sangrienta, curvó los labios de Dante. La mirada que le devolvió no tenía un ápice de sumisión. A pesar de las cadenas, del dolor evidente de sus costillas rotas y del abismo en el que estaban hundidos, el magnetismo oscuro entre ambos llenaba el hangar como una corriente de alta tensión. Había algo salvajemente perverso en estar atrapados juntos: la misma danza mortal que los había consumido cuatro años atrás volvía a comenzar, esta vez sin máscaras ni sombras detrás de las cuales esconderse.

—Siempre tan encantadora al despertar —dijo él, apoyando la cabeza contra el hormigón frío de la columna, sin apartar los ojos de los suyos—. ¿Dónde estamos?

Kaia paseó la vista por el perímetro. El techo era altísimo, sostenido por vigas oxidadas. Al fondo, a través de portones de carga entreabiertos, se vislumbraba la silueta de enormes grúas pórtico y contenedores apilados bajo una llovizna persistente. El rumor distante de las olas rompiendo contra pilotes de concreto era inconfundible.

—Las terminales abandonadas de Daikoku Futo, en el puerto de Yokohama —sentenció ella con precisión analítica—. Territorio de nadie desde que la aduana confiscó los almacenes de la Tríada el año pasado. Si nos trajeron aquí, no planean pedir rescate. Planean arrojarnos a la bahía una vez que obtengan lo que quieren.

—Brillante deducción, señorita Thorne. Siempre tan certera como su puntería.

La voz meliflua de Renzo Bianchi resonó desde la penumbra de una pasarela metálica. El italiano descendió los peldaños de hierro con calma teatral, vistiendo un impermeable gris plomo impecable. Detrás de él caminaban cuatro mercenarios fuertemente armados con subfusiles HK MP7 y el ya familiar emblema del loto quebrado bordado en negro sobre sus uniformes.

Renzo se detuvo entre ambos, mirándolos como quien contempla una obra de arte recién adquirida en una subasta clandestina.

—Una postal conmovedora —dijo Renzo, encendiendo un cigarrillo con un encendedor dorado que produjo un chasquido seco—. Los dos amantes más letales del sudeste asiático, finalmente reunidos. Lástima que el amor en este negocio siempre termine en un charco de sangre.

Dante no se inmutó por la provocación. Su mirada clavada en Renzo era tan gélida que el italiano dio un paso involuntario hacia atrás.

—Renzo —dijo Dante con una serenidad aterradora—. La Camorra no te protegerá de lo que voy a hacerte cuando me suelte de esta columna. Te arrancaré la piel tira por tira antes de que amanezca.

Renzo soltó una carcajada breve, aunque un destello de inquietud cruzó sus ojos.

—Dante, querido amigo... sigues hablando como si fueras el capo supremo del Pacífico. La Camorra de Nápoles ya firmó tu sentencia. El señor Thorne ofreció algo que tu orgullo jamás pudo igualar: el control total de las rutas de contrabando desde Vladivostok hasta Singapur, con cobertura militar del viejo bloque oriental. Eras un estorbo, Dante. Un perro guardián demasiado ambicioso y sentimental.

—¿Dónde está? —interrumpió Kaia, con la voz firme, ignorando el veneno de Renzo y clavando los ojos en el teléfono satelital que el traidor llevaba en el bolsillo superior—. ¿Dónde está Marcus Thorne?

Renzo giró hacia ella con una reverencia burlona.

—Su padre es un hombre ocupado, señorita. No viaja en clase comercial para reuniones mundanas. Pero le envía sus saludos más afectuosos. Y, por supuesto, una última prueba de lealtad familiar.

Renzo hizo un gesto a dos de sus guardias. Uno de ellos avanzó con una maleta de fibra de carbono, la abrió sobre un barril de combustible vacío y desplegó una terminal portátil conectada a una antena satelital portátil. La pantalla mostraba una interfaz bancaria de Zurich, con un temporizador digital que marcaba cuarenta y cinco minutos en números rojos decrecientes.




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