Amor Peligroso

Capítulo 5: El abismo de la bahía

El ulular estridente de las sirenas cortaba la densa niebla marina como una sierra eléctrica. Afuera, sobre los muelles de hormigón agrietado de Daikoku Futo, las luces estroboscópicas rojas y azules teñían las enormes grúas pórtico y los muros oxidados del hangar con un resplandor sangriento. Megáfonos en japonés y en inglés retumbaban entre los contenedores, exigiendo una rendición incondicional que ninguno de los dos estaba dispuesto a conceder.

En el centro del almacén, Dante y Kaia permanecían inmóviles por una fracción de segundo, con los pechos agitados y la boca todavía ardiendo por la violencia del beso que acababan de arrancarse. El sabor a hierro, sal y deseo crudo seguía flotando entre ambos como una sentencia irrevocable.

En la pantalla de la terminal satelital abandonada, la voz de Marcus Thorne se apagó con un pitido seco, dejando únicamente el logotipo en rojo parpadeante de una conexión encriptada que se autodestruía.

—Tu padre no solo nos tendió una trampa —dijo Dante con voz áspera, arrancando de un tirón la camisa ensangrentada del cadáver a sus pies para envolver la herida abierta de su propio costado—. Nos entregó en bandeja de plata para limpiar la mesa y quedarse con toda la cuenca del Pacífico sin disparar un solo tiro.

Kaia no respondió de inmediato. Recogió del suelo el subfusil MP7, comprobó la recámara con un golpe seco de la palma y cargó dos cargadores adicionales en los bolsillos laterales de su pantalón táctico. Sus ojos verde avellana, antes turbios por el recuerdo y la rabia, ahora eran puro hielo calibrado.

—Marcus Thorne nunca deja cabos sueltos —dijo ella, con una frialdad glacial que enmascaraba el huracán que le destrozaba el pecho por la reaparición del hombre que la había criado para ser un arma—. Si la policía metropolitana y las unidades de asalto de la guardia costera están aquí, no vienen a arrestarnos, Dante. La orden es tirar a matar. No pueden permitir que Ghost o el heredero de la Camorra declaren ante un juez.

—Entonces no les daremos el placer de encontrar nuestros cadáveres.

Dante cruzó el hangar con paso firme, ignorando las punzadas de fuego que le desgarraban las costillas con cada movimiento. Se acercó al tanque de acetileno y al soplete industrial que había visto minutos antes. Con la culata de la pistola automática que había arrebatado a uno de los hombres de Renzo, rompió la válvula de escape. Un silbido denso y pestilente inundó el rincón del taller; el gas inflamable comenzó a saturar el ambiente a toda prisa.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Kaia, apostándose junto al portón secundario, vigilando a través de una rendija las primeras sombras de las tropas de élite que avanzaban con escudos balísticos y miras láser sobre el muelle.

—Darles un espectáculo digno de los medios de Tokio —respondió él, sacando del bolsillo del chaleco táctico una granada de fósforo que le había pertenecido al mercenario muerto—. Si nos dan por muertos en una explosión, ganamos veinticuatro horas. Tiempo suficiente para cobrarle la factura a Renzo y encontrar el búnker de tu padre.

—¿Y por dónde planeas salir, genio? —Kaia señaló hacia atrás con el cañón del arma—. Todo el frente está cerrado por tres patrulleras blindadas y una docena de furgones antidisturbios.

Dante la miró directamente a los ojos. Una chispa salvaje y desafiante brilló en su mirada gris, la misma audacia suicida que la había enamorado perdidamente en las noches clandestinas de Singapur y Macao.

—Por donde mejor nos movemos, fénix —susurró Dante, dando dos zancadas hacia ella y tomándola por la nuca con su mano izquierda, clavando sus dedos con una fuerza posesiva que la obligó a mirarlo sin parpadear—. Por el agua.

—El agua de la bahía está a cuatro grados, Dante. Con esa herida abierta en el costado te desangrarás antes de cruzar doscientos metros.

—Prefiero ahogarme contigo a dejar que esos bastardos te pongan una sola mano encima.

La intensidad en la voz de Dante fue una descarga directa al bajo vientre de Kaia. Se quedaron a milímetros de distancia, sus alientos mezclándose en el aire gélido mientras el silbido del gas se volvía ensordecedor. Por un instante, el odio, las dudas sobre la traición de Macao y las mentiras de su padre pasaron a un segundo plano: solo existían la piel caliente de Dante, su olor a pólvora y lluvia, y esa certeza visceral de que estaban encadenados por un lazo más fuerte que cualquier imperio criminal.

—Si muero en esa agua congelada —murmuró Kaia, rozando sus labios contra la mandíbula tensa de él antes de apartarse con un movimiento ágil—, me aseguraré de arrastrarte conmigo al fondo.

—Ese siempre fue el trato.

El estruendo del portón principal cediendo bajo un ariete hidráulico sacudió la estructura del hangar.

—¡Entren, entren! ¡Objetivos armados y extremadamente peligrosos! —resonaron los gritos de los comandantes tácticos a través de los megáfonos mientras las primeras granadas aturdidoras rodaban por el hormigón.

Dante no dudó. Quitó la anilla de la granada de fósforo con los dientes, la arrojó directamente contra el charco de combustible que rodeaba el tanque de acetileno abierto y jaló a Kaia del brazo:

—¡Salta!

Corrieron hacia la compuerta de carga posterior que daba directamente al canal de aguas profundas del muelle 4. Justo cuando las primeras ráfagas de las fuerzas especiales penetraban en el hangar, la chispa del fósforo alcanzó la nube de gas.

La detonación fue colosal.

Una bola de fuego anaranjada y negra rugió desde el vientre del almacén, arrancando las láminas de zinc del techo y reventando las paredes de hormigón en una lluvia de escombros incandescentes. La onda expansiva golpeó a Dante y Kaia por la espalda en el preciso instante en que saltaban al vacío.




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