El olor a óxido húmedo y salitre podrido impregnaba la bahía industrial mientras la lancha semirrígida cortaba las aguas negras sin encender sus luces de posición. Kenji gobernaba los motores fueraborda a bajas revoluciones, sorteando boyas petroleras y barcazas de carbón amarradas en la zona portuaria de Kawasaki. El cielo sobre el litoral se teñía de un ocre sucio, reflejo de las refinerías que quemaban gas a kilómetros de distancia.
En la proa, Dante Vane ajustaba las correas del chaleco táctico sobre su torso vendado. Cada respiración profunda le clavaba una astilla de dolor en las costillas fisuradas, pero su pulso permanecía inalterable. A su lado, Kaia Thorne revisaba el mecanismo del subfusil con movimientos mecánicos, exactos, grabados a fuego por años de supervivencia clandestina.
La llovizna helada le resbalaba por el rostro pálido. Dante la observó de perfil: la línea tensa de su mandíbula, la gota de agua suspendida en la pequeña cicatriz bajo el ojo, la concentración letal que la aislaba del mundo. Había una belleza feroz en su determinación, una que a él le resultaba tan magnética como destructiva.
—Si Marcus está dentro —dijo Dante, quebrando el murmullo del motor con su voz grave—, no esperará un ataque frontal. Daikoku Futo debía ser nuestro final. Cree que la policía está buscando dos cadáveres en el fango de Yokohama.
Kaia no apartó la vista de las sombras de los muelles privados que se aproximaban.
—Mi padre nunca confía plenamente en un informe ajeno hasta ver las cenizas con sus propios ojos —replicó ella, su tono cortante como un cristal roto—. Renzo ya llegó a la terminal. Si vino a rendir cuentas, Marcus estará supervisando la carga biológica antes de moverla a un carguero con bandera panameña. Es su método: golpear, limpiar y desaparecer en aguas internacionales.
—Entonces cerraremos la salida antes de que zarpe.
Kaia giró el rostro hacia él. Sus ojos verde avellana brillaron con una advertencia gélida en la penumbra.
—Escúchame bien, Dante. Mi padre me vendió, me dio por muerta y utilizó tu imperio para encubrir su retorno. Pero la bala que le apague la voz es mía. No te metas en mi camino cuando lo tenga enfrente.
Dante dio un paso hacia ella, acortando el espacio hasta que el calor de sus cuerpos desafió el viento gélido de la bahía. Con la mano enguantada en cuero, le tomó el mentón con firmeza, obligándola a sostenerle la mirada. Kaia tensó el cuello, pero no retrocedió.
—Te dejé ir una vez al fondo del océano, Kaia, porque no tuve la fuerza para arrancarte de ese coche —susurró Dante, su aliento rozando sus labios con una intensidad que hizo vibrar el aire entre ambos—. Esta noche no voy a quedarme mirando. Si él cae, nos aseguraremos juntos de que no vuelva a levantarse. Y si tengo que quemar la terminal entera para sacarte viva otra vez, no me va a temblar la mano.
El contacto de los dedos de Dante sobre su piel encendió un cosquilleo ardiente que desarmó por una milésima de segundo la coraza de Kaia. La rabia y el deseo se trenzaban en su pecho como dos venenos idénticos. Quería apartarlo de un golpe, recordarle los cuatro años de pesadilla y soledad, pero la presión de su agarre y la promesa muda en sus ojos grises la ataban a él con la fuerza de un ancla.
—Concéntrate en no desangrarte, Vane —murmuró ella, apartando la cara con un movimiento seco, aunque su respiración se había vuelto perceptiblemente más densa—. No me sirves muerto en el primer tiroteo.
Kenji apagó los motores. La embarcación se deslizó por inercia bajo la estructura de madera y cemento de un muelle privado perteneciente a la tapadera de Thorne: Nippon Bio-Logistics. Arriba, el zumbido de generadores diésel y el ruido de cadenas de grúa indicaban actividad continua.
—Cuatro guardias en el perímetro exterior —susurró Kenji, señalando con el cañón de su arma hacia la plataforma superior—. Equipamiento militar estándar, miras térmicas. En la dársena principal está atracado un remolcador de gran calado. Están cargando contenedores refrigerados.
—Entramos por el canal de refrigeración industrial —ordenó Dante, asegurando su pistola con silenciador—. Kenji, neutraliza los generadores secundarios en cuanto demos la señal. Kaia y yo entraremos por el laboratorio del sótano.
Kaia asintió. Se deslizó con la agilidad de una sombra por la escalerilla de servicio que subía desde los pilotes cubiertos de moluscos. Dante la siguió de cerca, cubriendo los ángulos ciegos.
El acceso al conducto de desagüe estaba protegido por una reja de hierro corroída. Kaia extrajo una cizalla compacta de alta presión de su mochila táctica y cortó los barrotes con tres chasquidos secos. Uno tras otro, se introdujeron en el túnel de hormigón que conducía al subsuelo de la planta.
El ambiente dentro era asfixiante. El olor a desinfectante quirúrgico y formaldehído sustituyó de golpe el aire salobre del puerto. Al final del pasillo técnico, una puerta de acero hermética con panel biométrico bloqueaba el acceso a la zona de investigación.
Kaia se arrodilló frente a la consola. Conectó un microtransmisor a la placa de circuitos expuesta.
—El sistema utiliza un cifrado rotativo de doce dígitos —dijo ella en un susurro, sus dedos bailando sobre la pantalla de su dispositivo portátil—. El protocolo maestro es el mismo que Marcus diseñó para los almacenes de Harbin en los noventa. No cambió la matriz básica. Sigue siendo predecible en su arrogancia.
—La arrogancia es lo único que nunca cambia en hombres como tu padre... o como yo —comentó Dante, vigilando el pasillo a sus espaldas con el arma lista.