El rugido de los motores gemelos de la semirrígida cortaba el viento gélido como dos turbinas de combate. La embarcación saltaba sobre las crestas oscuras del canal de Uraga, levantando cortinas de espuma blanca y agua salobre que azotaban el parabrisas de policarbonato. A estribor, la costa de la península de Miura no era más que una franja de sombras punteada por las luces intermitentes de las balizas marítimas; a babor, el abismo abierto del océano Pacífico esperaba bajo un manto de nubes bajas y plomizas.
Kenji empujaba las palancas de aceleración al máximo con las manos crispadas sobre el timón de acero inoxidable. La lancha volaba a casi cincuenta nudos, desafiando el oleaje cruzado que amenazaba con voltearla con cada golpe de mar.
En la cubierta posterior, Dante aseguraba dos arneses de abordaje táctico a los cáncamos del suelo. El vendaje en su costado izquierdo comenzaba a teñirse de un carmesí tenue: el esfuerzo físico de la carrera en Kawasaki y los impactos del casco contra el agua estaban pasando factura a los puntos que Kaia le había dado en la camilla. Apretó la mandíbula, tragándose el dolor como quien traga hiel, negándose a mostrar un solo síntoma de debilidad frente al temporal.
Kaia estaba agachada a su lado, sosteniendo una tableta satelital protegida contra el agua. La pantalla táctil proyectaba la silueta del radar térmico militar que Kenji había enlazado con la estación de Chiba.
—El remolcador no va hacia el estrecho internacional —dijo Kaia, alzando la voz para sobreponerse al bramido del viento y el motor—. Viró doce grados al sureste. Busca el abrigo de la fosa de Sagami.
Dante alzó los ojos, entrecerrándolos contra las ráfagas de salitre helado.
—Ahí no hay calado para barcos comerciales. Solo plataformas de prospección gasífera abandonadas desde el terremoto de 2011.
—Exacto —asintió ella, con los ojos verde avellana brillando con una mezcla de fascinación táctica y furia contenida—. La plataforma Izanami-3. Está fuera de los corredores de patrulla de la guardia costera japonesa. Marcus no planeaba escapar a Rusia en un remolcador lento; el remolcador es solo el transporte de carga. En la plataforma tiene amarrado un hidroavión o un helicóptero de largo alcance. Si despega de ahí, perdimos el rastro para siempre.
Dante se inclinó hacia ella, apoyando una bota pesada en la borda para equilibrarse contra un bandazo violento de la lancha. Su mano libre se deslizó por el brazo empapado de Kaia hasta cerrarse con firmeza sobre su hombro, atrayéndola hacia el resguardo de la consola central. La cercanía inmediata mitigó el azote del aire helado; el calor que desprendía el cuerpo de ella, tenso y ágil como el de una pantera al acecho, reavivaba en Dante una llama que la muerte misma no había podido consumir.
—No va a despegar —dijo Dante, su voz grave vibrando con una determinación salvaje—. Nos quitó cuatro años, Kaia. Nos hizo creer que éramos los verdugos del otro mientras él construía su imperio sobre nuestras cenizas. Esta noche no sale de esa plataforma con vida.
Kaia alzó el rostro, quedando a milímetros de su boca. Las gotas de agua salada caían por sus labios entreabiertos, y por un instante la furia de la persecución se evaporó en el torbellino de electricidad que siempre los rodeaba cuando estaban tan cerca que sus respiraciones se volvían una sola. El odio que había cultivado con esmero durante cuatro años en las sombras de Asia se estrellaba una y otra vez contra la verdad ineludible: amaba a ese hombre con la misma violencia con la que deseaba arrancarle el alma.
—Si dudaste en Macao, Dante... no dudes esta noche —susurró ella, clavándole los dedos en el chaleco balístico con una urgencia que rozaba el dolor—. Si tengo que quemar esa estructura con todos nosotros adentro para verlo arder, no me detengas.
Dante sonrió con una sombra de ferocidad pura. Deslizó su mano enguantada por la nuca de Kaia, enredando los dedos en su pelo corto y húmedo, inclinándose hasta rozarle los labios con una aspereza que le cortó el aire:
—Nunca te detuve, fénix. Solo vine a asegurarme de que sobrevivas al incendio.
Se dieron un beso urgente, amargo de salitre y pólvora, un pacto sellado en medio de la tormenta antes de que la violencia volviera a tomar el mando. Kaia gimió levemente contra su boca antes de romper el contacto de un tirón seco, empujándolo levemente hacia atrás con una mirada cargada de fuego:
—Ahí está —dijo ella, señalando hacia el frente con el cañón de su fusil.
A través de la cortina de lluvia y niebla salina emergió la mole de acero de la plataforma Izanami-3. Parecía una fortaleza flotante oxidada, erigida sobre cuatro inmensas columnas de hormigón que se hundían en las profundidades de la fosa marina. Las luces de trabajo de la cubierta principal titilaban con un resplandor amarillento fantasmal.
Abarloado a la base de la pata sur, el remolcador que habían perseguido desde Kawasaki estaba descargando con una grúa pluma dos de los contenedores refrigerados marcados con los sellos de riesgo biológico. En el helipuerto superior, las aspas de un helicóptero de transporte bimotor ya comenzaban a girar con un silbido agudo que crecía en intensidad.
—¡Nos detectaron! —bramó Kenji desde el timón.
Desde la pasarela inferior de la plataforma, dos reflectores de alta potencia se encendieron de golpe, barriendo el agua hasta clavar sus haces cegadores directamente sobre la lancha rápida. Casi al unísono, una ráfaga de ametralladora pesada de 12.7 mm desgarró la superficie del mar a estribor, levantando géiseres de espuma a escasos metros del casco de fibra.