Amor Peligroso

Capítulo 8: Fuego cruzado sobre el abismo

El helipuerto colapsó en un torbellino de chatarra incandescente. Vigas de sustentación dobladas por el calor chirriaron como huesos rotos cuando el fuselaje destrozado del helicóptero se deslizó sobre la cubierta superior, precipitándose al mar en una estela de humo negro y chispas que se extinguieron al tragar el agua gélida de la fosa de Sagami. La detonación del RPG sacudió los cimientos de la plataforma entera, haciendo oscilar los miles de toneladas de acero sobre las cuatro patas de hormigón.

El detonador remoto de Marcus rebotó contra los peldaños enrejados de la escalera principal, cayendo al vacío antes de perderse entre los engranajes sumergidos de la estación de bombeo.

Marcus Thorne se recuperó con una agilidad inverosímil para su edad. Rodó sobre el hombro derecho, cubriéndose detrás de un mamparo blindado mientras sus cuatro mercenarios abrían un fuego cruzado desesperado hacia la pasarela inferior. Las balas de 7.62 mm perforaban los tanques auxiliares de agua dulce, levantando chorros a presión que se mezclaban con el humo acre de la pólvora y el queroseno derramado.

—¡Flanco izquierdo, Kaia! —gritó Dante, arrastrándose bajo la línea de fuego mientras vaciaba medio cargador para suprimir el avance del primer tirador.

El impacto de las balas sobre el metal sonaba como un repique ensordecedor. Kaia no necesitó una segunda indicación. Con los ojos dilatados por la concentración y la adrenalina corriendo salvaje por sus venas, se deslizó por detrás de un conducto de ventilación industrial. Su subfusil escupió tres ráfagas medidas: el primer mercenario cayó hacia atrás sobre la barandilla con dos orificios en el esternón; el segundo intentó retroceder para cambiar de posición, pero Kaia avanzó dos pasos en descubierto, disparándole a la rodilla desprotegida y rematándolo con un tiro en el cuello antes de que su cuerpo tocara el enrejado.

El avance era brutal, quirúrgico. Cuatro años de entrenamiento en la clandestinidad más cruda de Asia habían transformado el instinto de Kaia en un mecanismo de relojería letal.

Dante cubrió su avance sin perder un segundo. A pesar del vendaje ensangrentado en su costado, que comenzaba a aflojarse por el roce constante con el suelo metálico, su porte era el de un depredador acorralado que se niega a morir. Se colocó detrás de Kaia en la base de la escalera de caracol, apoyando la espalda contra la suya para cubrir la retaguardia de cualquier emboscada desde las pasarelas inferiores.

Por un segundo, la fricción de sus cuerpos en medio del tiroteo fue un golpe térmico. Dante sintió la respiración jadeante de ella contra sus omóplatos, el calor animal que desprendía su piel empapada y la firmeza con la que sostenía el arma. Había una sincronía perfecta, casi coreográfica, que solo compartían aquellos que habían aprendido a matar y a desearse en el mismo suspiro.

—Dos arriba con Marcus —susurró Kaia, recargando su último cargador completo con un chasquido metálico sin girar la cabeza—. Si cruza hacia la sala de turbinas, tiene acceso a las lanchas de salvamento herméticas.

—No va a llegar a esas lanchas —respondió Dante, con la voz áspera y una mirada gris que brillaba con una ferocidad inquebrantable—. Arriba, Kaia. Juntos.

Subieron los peldaños metálicos de dos en dos, esquivando las esquirlas que rebotaban contra los pasamanos.

El tercer mercenario apareció en la curva superior con una escopeta táctica. Dante no le dio tiempo de encarar el arma: se abalanzó sobre él con la fuerza de un ariete, embistiendo su torso contra el enrejado y clavándole el cañón de su propia pistola bajo la mandíbula antes de jalar el gatillo. El estruendo fue sordo, ahogado por el metal. El cuerpo inerte rodó escaleras abajo, dejando un rastro oscuro sobre el suelo mojado.

Kaia cruzó el umbral superior hacia la pasarela que rodeaba la sala de turbinas.

Marcus Thorne la estaba esperando.

El viejo capo no corría. Había arrojado su fusil vacío y sostenía en su mano derecha un revólver pesado de cañón largo, un arma soviética de precisión brutal. El viento que soplaba desde el mar abierto agitaba su cabello blanco y las solapas empapadas de su abrigo. En su rostro no había pánico, solo esa frialdad aristocrática que Kaia recordaba de las noches gélidas de su infancia, cuando su padre decidía la vida y la muerte de sus subalternos con un simple movimiento de cejas.

A su lado, el último mercenario yacía en el suelo con un tiro en la sien: Marcus lo había ejecutado él mismo para evitar que hablara si caía prisionero.

—Impresionante, Kaia —dijo Marcus, su voz compitiendo con el aullido del temporal que arreciaba sobre la plataforma—. Siempre fuiste mi mejor obra. Pero sigues atada a las debilidades de la carne.

Kaia levantó su arma con ambas manos, apuntando directamente al corazón de su padre. El cañón temblaba una fracción de milímetro, no por miedo, sino por el torbellino visceral de memorias mutiladas, años de duelo fingido y la certeza de que el hombre que le enseñó a caminar era el mismo monstruo que había ordenado volarla en pedazos sobre el puente de Cotai.

—¿Por qué? —exigió Kaia, con la voz desgarrada por una furia tan profunda que quemaba como ácido—. Tenías las rutas, tenías el dinero, tenías a Moscú y a Macao a tus pies. ¿Por qué volaste ese coche?

Marcus curvó los labios en una mueca desprovista de ternura.

—Porque elegiste a Dante Vane antes que a tu linaje. Te ofrecí el control del cártel del Amur, pero preferiste jugar a la reina de la mafia en la cama de un italiano arrogante. Nadie que lleve mi sangre le entrega el poder a un peón de Nápoles. Te convertiste en un peligro para mi estructura. Y las amenazas se eliminan.




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