Amor Peligroso

Capítulo 9: El precio del alba

El amanecer sobre la bahía de Tokio no trajo luz; trajo una pátina de zinc sucio que apenas lograba disipar la neblina marina.

La lancha semirrígida de Kenji avanzaba a media máquina por el intrincado laberinto de canales de Koto-ku, donde los antiguos almacenes madereros convivían con las barcazas industriales y las compuertas fluviales de la metrópoli. El estruendo de la fosa de Sagami y el infierno de la plataforma Izanami-3 habían quedado atrás, sepultados bajo toneladas de agua salada, pero el olor a queroseno quemado, pólvora y sangre fresca seguía impregnado en la piel de los tres tripulantes.

En la cubierta trasera, Dante yacía recostado contra una pila de cabos marinos y lonas alquitranadas. Tenía el rostro empapado en sudor frío y la mandíbula apretada hasta el límite. La herida de su costado izquierdo sangraba de nuevo; el forcejeo con Marcus Thorne había desgarrado buena parte de las suturas de seda quirúrgica, tiñendo el vendaje compresivo de un carmesí oscuro que goteaba con pesadez sobre el suelo de fibra de vidrio.

Kaia estaba arrodillada junto a él. Tenía las manos manchadas de la sangre de Dante y el pelo corto pegado a las sienes por la salitre y la llovizna. Con una navaja táctica, cortó los restos del vendaje empapado, dejando al descubierto la carne viva, lacerada y purulenta por el agua salada.

—Respira hondo —dijo Kaia, con un tono que pretendía ser una orden clínica pero que vibraba con un temblor imperceptible en los bordes.

Dante abrió los ojos despacio. Las pupilas grises, veladas por el shock hipovolémico incipiente, se clavaron en ella. A pesar de que cada bocanada de aire le desgarraba la caja torácica, sus labios pálidos esbozaron esa media sonrisa insolente y posesiva que desafiaba a la muerte misma.

—He tenido... despertares más amables contigo, fénix —murmuró con la voz rota, áspera como lija sobre madera cruda.

—No hables, idiota. Necesito hacer presión o no vas a llegar a tierra firme.

Kaia tomó una gasa hemostática de combate del botiquín militar y la hundió directamente sobre la herida abierta.

Dante arqueó la espalda con un gruñido ahogado; sus nudillos se tornaron blancos mientras clavaba los dedos en la reja del asiento de proa. La vena de su cuello latió con violencia y su respiración se convirtió en un silbido agónico, pero sostuvo la mirada de Kaia sin pestañear, devorándola con una intensidad febril.

Con su mano libre, Dante buscó la muñeca de Kaia. Sus dedos, callosos y fríos, se cerraron con firmeza sobre su piel, atrayéndola un milímetro más hacia abajo, hasta que sus frentes casi se rozaron en medio del compás monótono del motor.

—Si me voy a desangrar... —susurró Dante, sintiendo el aliento tibio de ella sobre sus labios partidos—, mírame mientras pasa. No apartes los ojos.

—No te vas a morir —le espetó ella, con una fiereza que sonó a súplica desesperada—. No te lo permito. Te busqué cuatro años para cobrarte una deuda y no pienso dejar que te escapes tan fácil, Dante Vane. Me debes una vida entera.

—Tómala entonces —respondió él, rozándole los labios con una devoción oscura y hambrienta que hizo que a Kaia se le encogiera el estómago—. Toda tuya. Siempre lo fue.

Por un segundo suspendido en la bruma matinal, el dolor, la fuga y los cadáveres flotando en el Pacífico desaparecieron. Kaia inclinó el rostro y selló su boca con la de él en un beso corto pero sofocante, cargado de rabia contenida, sal y una desesperación animal. Fue una tregua salvaje entre dos cazadores heridos. Dante cerró los dedos en la nuca de ella, apretándola contra sí a pesar del dolor abrasador en sus costillas, aferrándose a la vida a través del sabor de esa mujer a la que creyó haber sepultado en el fondo del delta del río Perla.

—Señor Vane —la voz de Kenji cortó el momento desde el timón—. Estamos entrando al canal de Fukagawa. Las cámaras de vigilancia del gobierno metropolitano están activadas en los puentes principales. Logré desviar la señal de tres nodos con un bucle cerrado, pero solo nos da una ventana de diez minutos antes de que la guardia costera rastree las firmas térmicas de estos motores.

Kaia se separó de Dante con la respiración entrecortada, limpiándose la sangre de la boca con el dorso de la mano y recuperando en un segundo su máscara de hielo profesional.

—¿Dónde nos metemos, Kenji? —preguntó Kaia, levantándose con agilidad sobre las rodillas y escaneando los muelles oxidados a través de la llovizna—. El piso franco de Tsurumi está quemado. Con la explosión de Daikoku Futo y el helicóptero de la fosa de Sagami, toda la policía de Kanto tiene la orden de registrar almacenes navales.

—No vamos a un almacén —intervino Dante desde el suelo, obligándose a incorporar el torso sobre los codos a pesar de la hemorragia—. Vamos a la embajada de las sombras.

Kaia frunció el ceño, girando el rostro hacia él con recelo.

—¿De qué estás hablando?

—El Pabellón de los Cerezos Negros —respondió Dante, tosiendo levemente antes de escupir un hilo de sangre sobre la borda—. En el corazón de Yanaka. Es una casa de té del periodo Meiji que la Camorra compró a través de un testaferro hace treinta años. Nadie en Tokio sabe que nos pertenece, excepto la matrona a cargo. Es el único suelo en esta maldita isla donde ni la Yakuza ni la policía pueden entrar sin una orden imperial.

—¿Una casa de té tradicional? —Kaia enarcó una ceja, con escepticismo cortante—. ¿Esperas que nos escondamos entre geishas mientras el sindicato de Nápoles y los clanes de Taipéi le ponen precio a nuestras cabezas?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.