Amor Peligroso

Capítulo 10: La sangre de Nápoles

El zumbido monótono del monitor cardíaco marcaba los segundos con una regularidad engañosa. En el búnker bajo el Pabellón de los Cerezos Negros, el olor a desinfectante quirúrgico, sangre coagulada y té verde amargo creaba una atmósfera densa, casi asfixiante. A través del cristal blindado del quirófano clandestino, Kaia observaba el pecho de Dante subir y bajar con lentitud. Los médicos habían terminado de cerrar la herida: cuarenta puntos de sutura reforzada, drenajes limpios y dos bolsas de plasma transfundidas para devolverle el color a una piel que hacía apenas dos horas parecía mármol sepulcral.

Kaia no se había sentado ni un solo instante. Se había despojado del chaleco táctico destrozado y vestía una camisa negra holgada que le había proporcionado una de las sirvientas de Madam Chiyo. Sus manos, limpias ya del barro de la bahía y de la sangre de su propio padre, sostenían un vaso de whisky japonés sin hielo. El ardor en el esófago era lo único que mantenía a raya la marea de adrenalina y agotamiento que amenazaba con derrumbarla.

—Carmine Vane —repitió Kaia para sí misma, con la voz rasposa, dejando el vaso sobre la mesa de control de Kenji. El nombre le quemaba en la lengua como un trago de veneno—. Cuatro años creyendo que Dante me había vendido para heredar las rutas del Pacífico, y todo este tiempo el arquitecto del puente de Macao fue el viejo patriarca de la Camorra.

Kenji tecleaba sin descanso en la terminal militar. El resplandor azul de tres pantallas proyectaba ojeras profundas sobre sus pómulos afilados.

—El vuelo privado tocó pista en Haneda a las cinco y doce de la madrugada —informó Kenji, señalando un manifiesto de vuelo interceptado en la red del Ministerio de Transporte—. Declararon una comitiva diplomática menor a través de un consulado fantasma en Malta. Cuatro todoterrenos blindados salieron de la terminal ejecutiva hace cuarenta minutos. No van hacia los hoteles de lujo de Ginza. Se dirigen a la residencia de la familia Saionji, en los límites de Roppongi.

Madam Chiyo, aún envuelta en su kimono oscuro y dando caladas ceremoniales a su pipa de bambú, exhaló una densa voluta de humo blanco que se deshizo contra la luz de los monitores.

—Los Saionji son la facción financiera más rancia y corrupta de la Yakuza tradicional —explicó la anciana con calma glacial—. Controlan las líneas de crédito no declaradas y los fideicomisos del puerto de Tokio. Si Carmine está con ellos, no vino a llorar la muerte de su sobrino ni a buscar venganza familiar. Vino a firmar la absorción definitiva de los activos de Dante antes de que el sindicato de Nápoles entre en pánico por la caída de Chen y la muerte de Marcus Thorne.

—Cree que Dante murió en Daikoku Futo —analizó Kaia, entrecerrando los ojos verdes con la frialdad de una estratega que acaba de identificar el punto ciego del enemigo—. Los medios de Tokio siguen repitiendo que Ghost y el líder de la Alianza quedaron carbonizados en el hangar. Carmine piensa que la mesa está vacía y que solo tiene que estirar la mano para recoger el botín.

—Y tú planeas cortarle esa mano —dijo una voz grave, áspera y rota desde el umbral del quirófano.

Kaia se giró en seco.

Dante estaba de pie, apoyado con un hombro contra el marco de acero de la puerta corrediza. Llevaba unos pantalones negros de lino y el torso cubierto por un vendaje compresivo impecable que le cruzaba las costillas desde el flanco izquierdo hasta el omóplato. Estaba pálido, con la sombra oscura de una barba de tres días endureciéndole la mandíbula y el catéter de la vía intravenosa aún colgando del dorso de su mano derecha, recién arrancado. A pesar del dolor evidente que tensaba cada músculo de su cuello, sus ojos grises ardían con una furia viva, volcánica y lúcida.

Kaia avanzó hacia él con pasos rápidos, deteniéndose a medio metro, furiosa por su imprudencia pero con el corazón dándole un vuelco violento en el pecho al verlo en pie.

—¿Qué demonios haces levantado? —le espetó ella, con el ceño fruncido y la respiración contenida—. El cirujano dijo que necesitabas al menos seis horas de reposo absoluto. Tienes las costillas fisuradas y perdiste casi la mitad de tu sangre.

Dante no respondió al regaño. Dio un paso más hacia adelante, ignorando la punzada que le arrancó un leve siseo entre los dientes, y levantó su mano para acunar la nuca de Kaia. Sus dedos, aún fríos por la anestesia pero cargados de una fuerza posesiva que no admitía réplica, se enredaron en su pelo corto. Tiró de ella hacia sí con lentitud deliberada, obligándola a mirarlo a escasos centímetros.

—Escuché el nombre de Carmine mientras despertaba —dijo Dante, su aliento tibio rozando los labios de ella—. ¿Es verdad? ¿Mi tío está en Tokio?

Kaia sostuvo su mirada gris, sintiendo el calor abrasador de la piel de Dante y la violencia contenida que vibraba bajo sus cicatrices. Por un segundo, la necesidad urgente de abrazarlo, de comprobar que ese cuerpo de hierro seguía latiendo tras el abismo de la fosa de Sagami, amenazó con derribar el control férreo que siempre se imponía. Sus dedos subieron de forma involuntaria hasta posarse sobre el vendaje que cubría el pecho de Dante, justo sobre los latidos firmes de su corazón.

—Aterrizó hace una hora en Haneda —respondió ella en un susurro cargado de electricidad—. Vino a reclamar tu territorio, Dante. Y fue él... fue Carmine quien financió el escuadrón del loto de plata en Macao. Tu propia sangre te vendió a mi padre para quedarse con las comisiones de Europa.

Un silencio sepulcral se apoderó de la sala subterránea.

Madam Chiyo bajó la pipa, observando el rostro del joven capo. La mandíbula de Dante se apretó con tanta fuerza que los tendones de su cuello se dibujaron como cables de acero. Sus pupilas se dilataron en una tormenta de furia negra. No era la rabia ciega de un hombre herido; era la determinación gélida de un ejecutor que acaba de recibir la orden más sagrada de su vida.




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