El sol despuntaba entre las montañas, bañando el bosque nevado con una luz dorada. Emma abrió los ojos lentamente, sintiendo el calor de las mantas y el suave sonido de la chimenea aún encendida. Cole dormía a su lado. La paz del lugar se había convertido en su lugar preferido, alejándolos de los problemas y el peligro que los perseguía en Texas.
Emma se levantó con cuidado, sin despertarlo, y caminó hasta la ventana. El paisaje parecía sacado de una postal invernal, con los copos de nieve cayendo lentamente y cubriendo la cabaña con su manto blanco. Emma veía aquel paisaje precioso, a pesar del frío.
Cole apareció detrás de ella, abrazándola por la cintura y apoyando su barbilla sobre su hombro.
—Buenos días, preciosa —susurró con voz ronca.
Emma sonrió, cerrando los ojos al sentir su calor.
—Buenos días, cowboy.
—Hoy es un buen día para salir a jugar —dijo él con una sonrisa traviesa.
Emma sonrió, divertida.
—¿Jugar?
—Claro, ¿o es que no sabes hacer guerras de bolas de nieve?
Antes de que pudiera darse cuenta, Cole salió corriendo afuera, tomando un puñado de nieve y lanzándoselo con una puntería perfecta. Emma chilló sorprendida, pero no tardó en devolverle el golpe entre risas.
Durante horas corrieron entre los árboles, lanzándose bolas de nieve, rodando por la blanca alfombra que cubría el bosque. Cole se dejó caer, fingiendo rendición, solo para atraparla entre sus brazos y hacerla caer sobre él.
—¡Te tengo! —rió.
Emma lo miró, con las mejillas sonrojadas por el frío.
—Tramposo...
—Siempre —susurró él, antes de besarla.
El tiempo pareció pararse en ese beso, rodeados de un entorno cubierto de nieve y risas. Cuando finalmente se separaron, ambos se quedaron tendidos sobre la nieve, mirando el cielo grisáceo.
—Creo que no he sido tan feliz en toda mi vida —dijo Emma en voz baja.
—Pues prepárate, preciosa... esto solo acaba de empezar.
Al caer la tarde, regresaron a la cabaña, con el cabello húmedo y las ropas empapadas. Emma preparó chocolate caliente mientras Cole encendía la chimenea. Se acurrucaron en el sofá, envueltos en una manta, aún partiéndose de risa.
—¿Qué vamos a hacer mañana? —preguntó Emma, con una sonrisa pícara.
Cole le guiñó un ojo.
—Lo que tú quieras, amor... pero solo si prometes dejarme ganar esta vez.
La risa de Emma fue a grandes carcajadas, mientras afuera la nieve seguía cayendo, envolviéndolos en un lugar exclusivo solo para ellos dos, donde los problemas quedaban alejados, al menos por ahora.
Los días pasaban; ya llevaban una semana en la cabaña. El matrimonio propietario de la cabaña no había vuelto y la madre de Cole tampoco.
Cada día que pasaban juntos los unía cada vez más.
El sol apenas salía sobre las zonas boscosas con pinos cuando Emma se despertó con el rostro pegado al pecho de Cole. El latido de su corazón era el despertador más dulce que había tenido en su vida. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía miedo... solo una inmensa paz.
Pero claro... la paz no iba con ella.
—¡Cole! —susurró traviesa, acariciándole la cara. Despierta, dormilón...
Cole gruñó algo ininteligible, abrazándola más fuerte contra su cuerpo. Emma sonrió con picardía. Se inclinó hasta su oído y con voz melosa dijo:
—Voy a hacer café... y panqueques...
—Mmm... Suena bien... —murmuró él, con los ojos aún cerrados.
—Pero tendrás que atraparme primero.
Antes de que pudiera reaccionar, Emma se escabulló de sus brazos y salió corriendo entre risas. Cole se levantó de golpe con una sonrisa torcida, esa que a ella tanto le gustaba.
—¡Vas a lamentar haberme despertado así, ojitos avellana!
El día comenzó entre risas y persecuciones por la cabaña. Emma acabó atrapada por Cole junto a la chimenea, entre cosquillas y besos robados. Después del desayuno, decidieron salir a explorar la montaña. Se deslizaron con trineos improvisados, se lanzaron bolas de nieve como dos niños y rodaron por la nieve hasta quedar empapados y con la cara roja de frío.
—¿Te rindes, cowboy? —se burló Emma.
—Jamás —contestó él, abalanzándose sobre ella para hacerla caer en la nieve.
Ambos terminaron riendo a carcajadas, con los labios rozándose entre copos helados que caían lentamente del cielo.
Cuando la tarde cayó, regresaron a la cabaña. Emma se acurrucó frente a la chimenea con una taza de chocolate caliente, envuelta en una manta. Cole se sentó a su lado y le apartó suavemente un mechón de la frente.
—Si pudiera congelar este día para siempre, lo haría —susurró Emma.
—Yo no necesito congelarlo... —respondió él, rozando sus labios con los suyos. Solo necesito que estés aquí... conmigo.
Emma cerró los ojos y se dejó llevar por aquel beso lento, profundo... donde el tiempo se detenía y solo existían ellos dos.
Fuera, la nieve seguía cayendo... pero dentro de aquella cabaña, el fuego que ardía entre ellos era más intenso que nunca.
#1696 en Novela contemporánea
#10045 en Novela romántica
suspense, amor inesperado del destino, decisiones difíciles.
Editado: 03.08.2025