Amor Salvaje

Capítulo 98º Nuevo comienzo.

Los primeros rayos de sol ya entraban por la ventana de la habitación de Emma. Rápidamente se dio una ducha y se comenzó a vestir con el uniforme de su trabajo. Se preparó un café rápido que se tomó con una tostada y sacó a su chihuahua a pasear.

Cogió su coche y se dirigió a su trabajo.

Emma entró a la cafetería con una sonrisa de oreja a oreja.

Charlie, su jefe, la miró desde la trastienda mientras se secaba las manos en un paño.

—¿Y esa cara de “acabo de besar a alguien y vi las estrellas”? —bromeó, apoyándose en el marco de la puerta.

Emma soltó una carcajada.

—¿Se me nota tanto?

—Más que el letrero de abierto en la puerta.

Ella se quitó el abrigo, colgándolo tras el mostrador, y se sirvió una taza de café.

—¿Tienes cinco minutos?

Charlie accedió. Aunque solía hacer bromas, había en su mirada un respeto profundo hacia Emma. Y un cariño que iba más allá de lo laboral.

—Ayer… me fui de acampada con Álvaro —comenzó ella, aún con ese brillo tímido en los ojos—. Fue increíble, Charlie. No sé cómo explicarlo. Me hizo sentir… viva. Como si volviera a tener dieciocho años, pero con el corazón de ahora. Y no sé, algo en mí ha cambiado...

Charlie la miró, en silencio. Tomó un sorbo de café antes de responder.

—Me alegra tanto verte así, Emma.

—¿Sí?

—Claro que sí —sonrió—. Sabes que me gustas, no soy ciego ni cobarde. Pero también sé que tú y yo nunca fuimos nada, simplemente jefe y empleada, pero te tengo mucho cariño y te considero una amiga de corazón, de esas para toda la vida... Y si Álvaro es el que te hace volver a creer y volver a sentir… entonces es justo lo que necesitas.

Emma lo abrazó. Sin decirle ninguna palabra. Sabía que Charlie era sincero, y siempre había tenido su apoyo incondicional y su ayuda.

A varios kilómetros de allí, en la oficina del rancho donde trabajaba, Álvaro apoyaba el teléfono entre el hombro y la oreja mientras organizaba unas herramientas en una caja. Su madre, del otro lado de la línea, se notaba emocionada solo con oír su voz.

—Pero bueno, hijo, ¿y esa voz? ¿Quién te ha robado el sueño?

—Mamá… —Álvaro se rio, y dejó la caja a un lado—. No te vas a creer lo que voy a contarte. Me he enamorado. Como un crío. Como un loco.

—¿Qué dices?

—Sí. Se llama Emma. Vive aquí, en el pueblo. Es neoyorquina, escribe en un periódico local, es fotógrafa y se vino de Nueva York a vivir a Texas… Trabaja también de camarera en una cafetería del pueblo. Pero es la mujer más fuerte y hermosa que he conocido.

—¿Y tú estás seguro de eso?

—Más que de mi propia vida. Mamá, no es solo que me guste… es que siento que la he estado buscando y por fin la tengo. Y ahora que la he encontrado, no pienso dejarla escapar...

Su madre se quedó en silencio unos segundos. Luego suspiró, emocionada.

—Entonces ya está todo dicho. Trátala bien, cuídala. Y tráela a casa algún día.

—Lo haré. Te lo prometo.

Colgó con una sonrisa. Álvaro sentía que su vida, por fin, tenía sentido: un trabajo que le gusta con pasión y ahora, por fin, una mujer por la cual se derrite cada día. Jamás había tenido suerte con las mujeres a pesar de su atractivo y porte. Ellas le buscaban para una sola noche, pero él solo buscaba un amor para toda la vida.

De vuelta en la cafetería, Emma colocaba platos sobre las mesas mientras su mente volvía una y otra vez a la noche anterior. A sus palabras, a sus manos, a su mirada bajo las estrellas. Un cliente pidió su café con leche, y ella tardó unos segundos en reaccionar.

—Perdón, estoy… un poco en las nubes —le dijo entre risas.

Charlie, desde la barra, le guiñó un ojo.

—El amor hace esas cosas. No te preocupes, ya te cubro si olvidas ponerle leche al café de nuevo.

Emma sonrió y comenzó a hablarle, una vez que el cliente se retiró a una mesa con su café.

Ella le hablaba de estabilidad, de futuro. De esa clase de futuro que empieza sin darte cuenta, en medio de una conversación bajo la luna, de citas sin planear o en el roce de una mano sobre una manta en medio de la llanura.

Y así, de esa manera y poco a poco, Emma y Álvaro estaban empezando a sentir que sus vidas tenían que estar unidas...

—Me encanta verte así, sonriendo y feliz —le dijo su jefe apoyado en la barra.

—Lo sé, eres para mí como uno más de mi familia; me has ayudado, apoyado y me has aconsejado en mis malos momentos, cuando llegué aquí por primera vez.

—Pues claro, a lo más bonito del pueblo, no lo quería ver yo con esa tristeza.

—Jamás podré pagarte todo lo que te debo, Charlie.

—A mí no me debes nada. —Te lo estás ganando con el sudor de tu frente, y los resultados son porque has luchado por y para ti.

—Tus palabras siempre me han ayudado, y lo siguen haciendo.

—Aquí me tienes para lo que necesites, siempre, Emma.

—Gracias, Charlie.

Y ambos continuaron trabajando, él en la barra y ella sirviendo las mesas que se llenaron de clientes como cada día.

Con su energía y esa sonrisa que la caracteriza...




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