«El agua casi me quita la vida; hoy, yo decidí empezar a vivirla».
—Alisha Backster.
La presión aplastaba mi cráneo. Mi cuerpo, totalmente ingrávido y a la deriva, se hundía en un abismo oscuro a una velocidad vertiginosa, aunque el tiempo parecía haberse congelado. Mis brazos se estiraron en un acto reflejo, arañando el agua en busca de una mano inexistente que me salvara del fondo. Cada intento desesperado por nadar hacia la superficie era inútil. Mis labios se abrieron, formaron la palabra «Auxilio» dos, tres veces, pero el agua ahogó mi voz. Solo un rastro de burbujas plateadas —el último vestigio del oxígeno que abandonaba mis pulmones— escapó hacia la luz.
Mis ojos parpadearon, ardiendo por la sal, y el terror me paralizó al darme cuenta de que, a pesar de la profundidad, podía verlos. Distinguía sus rostros deformados por el agua, riéndose. Los escuchaba gritar tonterías, observando cómo me ahogaba sin que un solo músculo de sus rostros mostrara piedad. Mis labios volvieron a abrirse, sabiendo que me estaba condenando, pero ya no pedí ayuda. Era inútil. En su lugar, mi mente gritó: «¿Por qué? ¿Qué hice mal? ¿Por qué me dejan morir?».
Creo que estaba llorando, pero bajo esa inmensidad helada era imposible saberlo. Mis brazos finalmente se rindieron, cayendo inertes a mis costados. De fondo, el eco de sus risas se mezcló con el zumbido de mi propia asfixia. Sentí que la oscuridad me abrazaba, arrastrándome con dulzura hacia los fríos y letales brazos de la muerte…
Me incorporé de golpe, ahogando un grito.
Mi mano voló hacia mi pecho, sintiendo el corazón golpear contra mis costillas como un pájaro enjaulado, mientras la otra se aferraba a mi garganta buscando aire desesperadamente. Estaba empapada en sudor frío, con la piel tan helada como el agua de mi pesadilla. Un rastro húmedo me bajaba por las mejillas hasta el mentón; no necesitaba mirarme al espejo para saber que eran lágrimas. De pronto, sentí que algo me apresaba las piernas con fuerza. Presa del pánico, comencé a tironear histéricamente, convencida de que eran algas marinas arrastrándome de nuevo al fondo, hasta que bajé la vista y la cordura me abofeteó. Eran solo las malditas sábanas de seda rosa enredadas en mis tobillos.
Hundí el rostro entre mis manos temblorosas y tomé grandes y ruidosas bocanadas de aire, tal como me había enseñado mi terapeuta. Intenté pasarme los dedos por el pelo, pero los nudos del sudor me lo impidieron. Entonces, algo suave se restregó contra mi pantorrilla. Una nariz húmeda y fría me tocó la piel, seguida del inconfundible motorcito de un ronroneo. Bajé la mirada y le sonreí a esa bola de pelo blanco que me miraba con sus enormes ojos celestes, antes de dejarse caer de costado para exigir su ración de caricias matutinas.
—Veo que estás de buen humor. ¿No es así, Mimí? —murmuré, con la voz aún ronca.
Un simple «miau» fue toda su respuesta, pero bastó para anclarme a la realidad.
Con un suspiro pesado, me arrastré fuera de la cama y caminé hacia el baño. Al encender la luz, el espejo me devolvió una imagen lamentable: mis ojos verdes estaban inyectados en sangre, rodeados por unas ojeras moradas que delataban mi agotamiento, y mi cabello parecía un nido de pájaros en huelga.
—Otra vez esa estúpida pesadilla —susurré contra el lavabo, mojándome el rostro—. No puedo seguir así.
Abrí el grifo de la bañera, dejando que el sonido del agua me calmara, cuando unos pasos apresurados resonaron en el pasillo. Dos golpes secos en la puerta anunciaron una visita.
—Adelante, puedes pasar.
Anna, una de las empleadas, asomó la cabeza con expresión apurada.
—Buenos días, señorita. Solo quería recordarle que en dos horas debe asistir a la Universidad para el acto de graduación.
—¡Maldición, es cierto! —Me llevé una mano a la frente, sintiendo que la ansiedad volvía a dispararse—. Lo había olvidado por completo. Gracias, Anna.
—No hay de qué. ¿Le digo a Jackson que prepare el auto para salir en…
—Dile que saldremos en una hora, aproximadamente.
—Muy bien, señorita. Con su permiso.
En cuanto Anna cerró la puerta, corrí hacia mi vestidor como alma que lleva el diablo. Hoy no era un día cualquiera; hoy era el día. Necesitaba un vestido que gritara elegancia, respeto, pero sobre todo, que fuera una armadura. Mi mirada voló por las perchas hasta detenerse en el espejo de cuerpo entero. Allí, envuelto en plástico impecable y acompañado de unos zapatos de aguja a juego, colgaba el conjunto perfecto. Una sonrisa de puro alivio se dibujó en mi rostro.
—Eleonor, eres mi salvavidas —murmuré para mí misma. De pronto, el sonido del agua golpeando el suelo del baño me sacó de mi ensoñación—. ¡El agua!
La bañera se había desbordado. Suspiré, aceptando que mi baño relajante tendría que esperar a otra vida. Me di una ducha rápida, me envolví en una bata y bajé las escaleras casi corriendo. A mitad de camino, el aroma a café recién hecho y waffles con miel me golpeó, aflojando un poco el nudo de mi estómago.
—Buenos días, señorita.
Eleonor me recibió con una sonrisa radiante. Sus ojos color chocolate brillaban con esa calidez genuina que tanto me reconfortaba. A sus sesenta años, con su cabello caoba surcado de mechones grises recogido en un moño estricto, seguía conservando la postura impecable de la bailarina que fue en su juventud. Llevaba treinta y cinco años trabajando para mi familia, pero para mí, era mucho más que el ama de llaves; era la mujer que me había criado.
—¿Cuántas veces debo decirte que no me llames así? —Me senté en el taburete, fingiendo indignación—. No eres una desconocida, Eleonor. Llámame por mi nombre o te juro que no te volveré a hablar.
Ella soltó una carcajada dulce mientras me colocaba una servilleta de lino sobre el regazo.
—Siempre la misma historia contigo, Alisha. Cuando eras jovencita me hacías la misma amenaza y no aguantabas ni cinco minutos ignorándome.
#4375 en Novela romántica
#1260 en Novela contemporánea
mafia amor accion venganza, romance acción aventura drama celos amor, guardaespaldas protector
Editado: 08.11.2026