Amsun El guardian de los secretos

Amsun

Mi nombre es Amsun.

No me lo dio ningún humano, ni lo aprendí de libros, rezos o canciones. Mi nombre nació antes de las palabras. Fue la tierra quien me lo susurró cuando aún era una semilla temblorosa, enterrada en la oscuridad, y el cielo quien lo confirmó cada vez que un rayo de sol me tocó por primera vez. Amsun, repitió el viento. Amsun, murmuraron las hormigas al recorrer mi piel naciente. Así me llamo. Así me conocen los gorriones que descansan en mis ramas, la lluvia que me lava el cansancio, y los niños que alguna vez rieron bajo mi sombra sin saber que yo los escuchaba.

Estoy plantado en el patio trasero de una residencia grande, de paredes blancas y techos rojizos, una casa que respira recuerdos incluso cuando nadie habla. Pero no siempre fue así. Cuando llegué, la casa aún aprendía a ser hogar, y quienes la habitaban todavía tenían los ojos llenos de futuro. Yo era apenas un brote frágil, una promesa verde con sed de cielo, y la vida apenas comenzaba a rozarme con su misterio.

Mi historia empezó una mañana húmeda de abril.

La tierra fue abierta con manos viejas, delgadas, llenas de venas azules y temblores suaves. Para muchos, aquella mujer era solo la anciana del fondo. Para mí, fue el primer rostro del amor. Se llamaba Elena. Sus dedos olían a tierra mojada, a café recién hecho, a nostalgia y a una esperanza que se negaba a morir. Había perdido mucho —eso lo sentía en la forma en que suspiraba— aunque nunca me dijo qué exactamente. A veces, cuando el sol comenzaba a caer y ella se sentaba a mi lado, pronunciaba nombres en voz baja, como si al decirlos pudiera devolverlos al mundo.

—Ramiro —susurraba. —Mi pequeña Inés

Después, el silencio. Un silencio pesado, pero necesario, como una herida que aún no cicatriza.

Elena me sembró con un cuidado que solo tienen quienes ya han amado y perdido. Se arrodilló, manchó su vestido de barro y me colocó en la tierra como si dejara allí un pedazo de su propia alma. Me habló. Me confió cosas que ningún humano más escuchó. Me regaba cada mañana antes del desayuno, aun cuando le dolían las rodillas. Y cuando mis primeras hojas se atrevieron a romper la superficie del suelo, lloró. Lloró sin pudor.

—Tú sí vas a quedarte —me dijo una vez, apoyando su frente contra mi tallo frágil.

Ese día entendí que mi tarea era vivir. Vivir fuerte. Vivir por los que ya no estaban.

Los primeros años fueron duros. La lluvia caía sin medida, los perros del vecindario me marcaban sin respeto, y los niños corrían cerca sin verme, rozándome con pasos distraídos que podían aplastarme. Pero Elena me cuidaba. Me rodeó con piedras, levantó una pequeña cerca de madera y la pintó de azul claro, del color del cielo limpio.

—Para que sepas hacia dónde crecer —me explicó.

Yo obedecí. Crecí hacia arriba. Siempre hacia la luz.

Con el tiempo, mis raíces se aferraron profundamente a la tierra. Aprendí a escuchar el mundo subterráneo: las lombrices que me saludaban al pasar, el murmullo lejano de otras raíces antiguas, las memorias enterradas de quienes caminaron este suelo antes que yo. Mi tronco se volvió más grueso, mis ramas más largas, y mis hojas aprendieron a cantar cuando el viento las atravesaba. Los pájaros me eligieron como hogar. Algunos incluso nacieron entre mis brazos verdes.

Y entonces, un día, florecí.

Elena fue la primera en notarlo. Me acarició como se acaricia a un hijo y besó una de mis hojas con labios temblorosos.

—Ahora sí, Amsun ahora eres un verdadero árbol.

No entendí qué significaba ser verdadero, pero en su voz había orgullo, y eso bastó.

Dos años después llegaron mis primeros frutos. Pequeños, tímidos, dulces. Uno cayó al suelo y un niño lo recogió. Lo mordió con fuerza, y su risa llenó el jardín como un canto. Ese fue uno de mis primeros gozos.

Pero el tiempo —lo aprendí pronto— no se detiene por nadie.

Mientras yo me afirmaba, Elena se volvía frágil. Sus pasos se hicieron lentos, sus visitas menos frecuentes. A veces salía con una manta sobre los hombros y se quedaba dormida bajo mi sombra, respirando al mismo ritmo que yo. Otras veces solo me miraba desde la ventana, sosteniendo una taza de té con manos temblorosas. Yo la esperaba cada día. Mis hojas se agitaban cuando la veía. Mis ramas querían abrazarla.

Hasta que llegó una mañana gris. Fría. Lloviznaba.

Elena no salió.

Ni ese día. Ni el siguiente. Ni nunca más.

Sentí su ausencia como una raíz que se seca desde dentro. Las mariposas dejaron de visitarme. Los niños jugaron menos. La casa cambió. Llegaron nuevas voces, nuevas risas y también la indiferencia. Algunos se quejaban de mis hojas caídas. Otros de los mangos maduros en el suelo. Pero me dejaron quedarme. Tal vez porque ya era demasiado grande para arrancarme. Tal vez porque, sin saberlo, yo sostenía la memoria del lugar.

Nunca volví a ver a Elena.

Pero sé que se fue en paz.

El día que lo entendí, el cielo estaba despejado y una ráfaga de viento trajo su aroma: café y tierra mojada. Lo sentí recorrer mis hojas y supe que era ella, despidiéndose. Lloré. Sí, los árboles también lloramos. No con lágrimas visibles, sino con el crujir lento de la madera, con hojas que caen sin motivo, con ramas que se inclinan como en un rezo.




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