El viento es un viejo amigo mío.
Él viaja lejos, cruza tejados, montes y memorias, y cuando regresa se posa en mis hojas para contarme lo que ha visto. A veces trae noticias del mundo; otras, solo me devuelve recuerdos que yo mismo creí haber perdido. Pero hay historias que no me llegaron con el viento. Hay historias que nacieron en mí, entre mis ramas, tibias y palpitantes, como si la vida hubiera decidido quedarse un rato más.
Una de esas historias tiene nombre, tiene color y tiene canto.
Su nombre era Bonita.
Llegó una tarde dorada de verano, cuando el sol comenzaba a inclinarse y mis hojas ardían en tonos de cobre. Sentí primero la sombra, luego el golpe del aire, y finalmente el estallido de alas sobre el cielo. Bonita descendió como una llama viva: plumas escarlatas, azules profundos, amarillos encendidos. En sus ojos brillaba algo antiguo, como si llevara dentro el reflejo de la selva entera.
No venía sola.
Junto a ella volaba su compañero, un macho fuerte, de canto grave y presencia serena. Dieron varias vueltas alrededor de mi copa, observándome, midiéndome, escuchándome. Yo contuve el aliento —si es que un árbol puede hacerlo— porque supe, en lo más hondo de mi savia, que estaban buscando hogar.
Lo encontraron en mí.
Eligieron una de mis ramas más altas, protegida del ruido humano y del azote directo del viento. Allí comenzaron a construir su nido. Yo los ayudé en silencio: dejé caer ramitas, solté cortezas, ofrecí hojas secas como pequeños regalos. Durante semanas trabajaron juntos, en una armonía que pocas veces he visto. A veces discutían con graznidos agudos, pero siempre terminaban uno junto al otro, acicalándose las plumas, hablándose en ese idioma secreto que solo conocen las criaturas que vuelan y aman sin miedo.
Yo los miraba con la paciencia de quien ha visto pasar muchas vidas… y aún así se maravilla.
El día que Bonita puso su primer huevo, cantó.
No fue un canto festivo ni ruidoso. Fue suave, contenido, casi una plegaria. Ese canto llenó mi copa de una ternura que aún hoy me estremece. Días después llegó el segundo huevo. Se turnaban para cuidarlos, y yo sentía el calor de su amor tan claramente como siento la savia recorrerme por dentro.
Pero la vida —ya lo sabes— no siempre avisa.
Una mañana nublada, el macho alzó vuelo en busca de alimento. Bonita lo observó partir con la tranquilidad de quien confía plenamente. No hubo despedidas largas. No hubo presagios. Él siempre volvía.
Esta vez, no lo hizo.
Las horas pasaron. El sol cruzó el cielo. La noche cayó como un manto espeso. Bonita esperó. Al día siguiente, volvió a esperar. Luego otro más. Al principio lo llamaba con fuerza, desgarrando el aire con su voz. Después, el canto se volvió más bajo. Finalmente, solo el silencio.
De vez en cuando alzaba el vuelo para buscarlo, gritando su nombre en un idioma que solo el cielo comprende. Regresaba exhausta y se aferraba a mi corteza como si yo pudiera sostenerla por dentro.
Las guacamayas —como algunos humanos— eligen una sola vez. Y cuando pierden algo se quiebra para siempre.
Pero Bonita no se rindió.
Los huevos estaban a punto de abrirse, y ella lo sabía. Con el corazón roto y el cuerpo cansado, siguió adelante. Volaba sola ahora. Regresaba con frutos pequeños, con el pico tembloroso de esfuerzo. A veces tomaba mangos de mis ramas. Yo dejaba caer los más maduros cerca del nido. Nunca me lo agradeció con palabras, pero sí con la mirada. Eso bastaba.
Una mañana, cuando el rocío aún brillaba como lágrimas recientes, los huevos se rompieron.
De ellos surgieron dos criaturas diminutas, torpes, desnudas, frágiles. Feas para algunos ojos, pero hermosas para mí, porque eran la continuación del amor. La prueba de que algo, incluso en medio de la pérdida, decide seguir viviendo.
Bonita los cubrió con su cuerpo, les dio alimento, les cantó con una voz quebrada pero firme. Cada día la veía más delgada. Sus alas perdían brillo. A veces temblaba. Nunca cayó.
El amor la sostenía.
Y yo también.
Pasaron las semanas. Las crías crecieron. Aprendieron a piar, a picotear, a asomarse al mundo desde lo alto. Bonita seguía trayendo alimento, aunque cada vuelo parecía costarle la vida.
Una noche de luna llena, se posó en una de mis ramas más altas. Era el lugar donde antes cantaba junto a su compañero. Esta vez no cantó. No voló. Solo me miró y pude ver como sus plumas se caían y flotaban lentamente en el viento.
Luego cerró los ojos.
Murió en silencio.
Como mueren quienes han amado hasta vaciarse por completo.
Al amanecer, las crías lloraron. Sus lamentos eran agudos, desordenados, desesperados. Una de ellas intentó volar y cayó. Moví una rama con cuidado, y logró aferrarse. A veces la naturaleza parece cruel, pero también sabe cuidar lo que aún debe crecer.
En los días siguientes, no estuvieron solos. Otras aves se acercaron. Unos periquitos les llevaron alimento. Una paloma vieja les enseñó a lanzarse al vacío sin miedo. Poco a poco, aprendieron.
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Editado: 17.09.2026