Amsun El guardian de los secretos

cabellos de colores

Durante un tiempo, después de que Susan se fue, el mundo quedó más quieto.

Héctor —el hermano de la niña— seguía trepando a mis ramas de vez en cuando, pero ya no era igual. Sus manos se aferraban a mi corteza sin prisa, como si buscaran algo que no estaba allí. A veces se sentaba a mi sombra con uno de los gatos, acariciándolo en silencio, los ojos perdidos en pensamientos que no decían su nombre. Yo sentía su peso distinto, más hondo, más cansado.

Y entonces llegó ella.

Nunca supe cómo se llamaba. Nadie pronunció su nombre cerca de mí. Pero su presencia no necesitaba palabras. Era una muchacha de cabellos teñidos de muchos colores: azul, verde, rosa, naranja. A veces todos al mismo tiempo, como si el arcoíris hubiera decidido quedarse a vivir en su cabeza. Su risa era rara, aguda, inesperada. Se reía sola, como si algo invisible la acompañara siempre, como si el mundo le estuviera contando un chiste secreto.

Venía a escondidas con Héctor. A veces por la tarde, cuando el sol se despedía despacio. Otras, ya casi de noche, cuando el aire se volvía tibio y los insectos empezaban a cantar. Se sentaban bajo mi sombra, se besaban con cuidado, hablaban en voz baja o simplemente se miraban, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.

Héctor era distinto con ella. Más suave. Más humano. Ella le hacía coronas con mis hojas, le dibujaba los brazos con tiza, le rozaba el rostro como si no tuviera miedo de perder nada. Una vez recogió una de mis flores secas, la observó como si fuera un tesoro y la guardó en su bolsillo. Antes de irse, apoyó la mano en mi tronco y dijo:

—Este árbol es mágico.

Tal vez para ella lo era.

Yo los observaba con el mismo cuidado con el que vi crecer a Susan. Pero esta historia era otra. La chica de los cabellos de colores tenía algo libre, algo salvaje. Trepaba mis ramas con naturalidad, como si yo le hubiera hablado antes de nacer. Nunca pedía permiso, pero nunca fue irrespetuosa. Se movía como quien recuerda un lugar antiguo.

Y yo la quise.

Los árboles no amamos como los humanos, pero sentimos apego, memoria, gratitud. Y ella me devolvió la sensación de estar vivo en un tiempo en el que empezaba a sentirme solo.

Entonces vino la tormenta.

Fue una noche de vientos furiosos, de ramas agitadas, de truenos que partían el cielo en dos. La lluvia cayó con rabia, empapando la tierra hasta lo más hondo. Yo resistí, como siempre. Pero me preocupé. Por mis hojas. Por los nidos. Por la tierra removida. Por todo aquello que podía cambiar sin aviso.

Después de esa noche, pasaron días sin noticias. Luego una semana. Ni ella ni Héctor aparecieron. Al principio pensé que era solo una ausencia breve. Los humanos se alejan, pero suelen volver.

Esta vez no fue así.

Una mañana los vi salir.

La madre. El padre. Héctor. Y los tres gatos: el gris, el negrito y el tricolor. Llevaban cajas, maletas, recuerdos apilados con prisa. Los gatos lloraban desde sus jaulas, maullaban como si también supieran que algo se estaba rompiendo. No estaba Susan. No estaba la chica de los cabellos de colores.

No hubo despedidas.

Nadie me miró.

Nadie me tocó.

Nadie dijo gracias ni hasta luego.

Se fueron.

Desde entonces han pasado los días. Las estaciones. Muchos frutos cayeron al suelo sin que nadie los recogiera. Las hojas se amontonaron sin risas infantiles que las patearan. Mis ramas crujieron con el viento, pero nadie volvió a colgarse de ellas para balancearse.

Las risas, los abrazos, los pasos, los juegos desaparecieron.

Extrañé a todos. A Susan. A Héctor. Incluso a los gatos. Pero a ella, la de los cabellos de colores, la extrañé distinto. Su energía era como un rayo de sol inesperado. Su forma de hablarle al silencio. Su manera de amar sin miedo.

A veces siento que su risa aún está aquí, atrapada entre mis hojas más altas.

El tiempo ha seguido pasando. Nadie ha vuelto.

Y yo sigo aquí, esperando.

Porque eso es lo que hacemos los árboles: esperar sin movernos, sin exigir, sin olvidar. A veces, una flor seca es todo lo que queda de una historia.

Y yo aún guardo la mía.

Tal vez un día regresen. Tal vez no.

Pero si lo hacen, aquí estaré.

Raíces firmes. Tronco dispuesto. Memoria intacta.




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