Amsun El guardian de los secretos

El Cielo Tocó Mi Corazón

Desde hace días, algo no estaba bien. Lo sentía en la savia. En el peso de mis ramas. En la forma en que la tierra susurraba, como si tratara de decirme algo que no quería escuchar.

El viento no traía niños, ni canciones, ni risas. Solo silencio. Y una humedad espesa que se aferraba a cada hoja como un lamento sin nombre. Ese día, el cielo amaneció gris, y no cambió. Las nubes parecían más bajas que nunca, como si quisieran acariciar la tierra… o despedirse de ella.

Y entonces, en la tarde, la lluvia comenzó.

No una llovizna tranquila como otras veces. No. Esta era una tormenta de las que no piden permiso. Una que llega con todo, que rompe lo que encuentra, que grita con el trueno y azota sin compasión.

Las gotas golpeaban mis hojas con fuerza, como si buscaran arrancarlas. El viento rugía entre mis ramas, y por momentos sentí que me desgajaba por dentro.

Sum, mi querida amiga hongo, intentaba comunicarse desde abajo. Sus hilos recorrían mi base con urgencia.

—¿Estás bien, Amsun? —parecía preguntarme la tierra con su voz.

Yo no sabía qué responder.

Había algo nuevo… una sensación extraña en mi interior. Como un cosquilleo profundo. Como un temblor que nacía en mi tronco y se expandía hacia mis ramas más altas. No era solo miedo.

Era una certeza.

La noche llegó, y con ella, el corazón del cielo se abrió en furia.

Rayos. Truenos. Viento. Ríos de agua bajando por mis raíces.

Y de pronto…

Un estallido.

Un sonido seco y final.

El rayo me atravesó.

Lo sentí como si me partieran en dos. Un fuego imposible subió por mi tronco. Mi corteza se abrió en grietas vivas. Mis ramas ardieron. La parte más alta de mí —la que veía primero el sol cada mañana— se encendió durante segundos eternos.

No pude gritar.

Los árboles no gritamos.

Pero algo dentro de mí se quebró para siempre.

Sentí mis hojas apagarse. Sentí mis frutos caer. Sentí cómo mi fuerza se retiraba lentamente.

Y lo peor no fue el dolor.

Fue el silencio que vino después.

Sum me llamaba desde abajo. Sentía su desesperación en la tierra húmeda.

—Amsun, no te vayas estoy aquí

Quise responderle.

Pero mis sentidos se apagaban como una vela sin aire.

Entonces recordé.

Las manos temblorosas de la anciana que me sembró. La risa azul de Bonita enseñando a volar. Las patitas cuidadosas de Moni pidiendo permiso. El canto herido de Bronco bajo la luna. El abrazo de Susan. Su promesa. Su flor. La gata blanca y su parto de estrellas. Las abejas y su zumbido creador. Los besos escondidos entre mis ramas. Las canciones suaves de la pareja que nada tenía.

Toda mi vida. Toda.

En un solo instante.

Mi cuerpo quedó marcado por el fuego. En partes, ceniza. En otras, sombra.

Pero no hubo rabia. No hubo reproche.

Solo gratitud.

—Gracias, Sum —quise decir. —Gracias a quienes me tocaron con amor. —Gracias a quienes descansaron en mi sombra.

Ya no era solo un árbol.

Era memoria.

Y mientras la oscuridad me cubría como una manta profunda y amable, me rendí.

Sin miedo. Con dolor, sí.

Pero también con la paz que solo conoce quien ha vivido por completo.

Entonces todo se apagó.

Y descansé.




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