El atardecer se filtraba entre los ventanales del salón comunal, pintando el suelo de líneas doradas. Me obligué a sonreír mientras Giovanni me abría la puerta y Lilou corría delante de nosotros como un torbellino blanco. Su vestido saltaba con cada paso, y el brillo del anillo en su dedo parecía proyectarse en las paredes. Una joya preciosa, sí. Como ella. Como él. Como la escena que se suponía debía completar una historia de amor perfecta.
Afuera reía, por dentro me raspaba el pecho la imagen del altar, el vestido plateado, la luna. Me hacían sentir tan… hermosa. Y tan atrapada.
Uno a uno fueron llegando los miembros del consejo. Lugh, distraído como siempre, saludó chocando su codo con la lámpara de pie. Blanche le siguió, ojos curiosos como un cuervo. Brígid traía un cuaderno lleno de anotaciones que seguramente jamás compartiría. Deirdre entró última, echando fuego por la nariz al ver el desfile de besos que Lilou nos repartía.
Cuando Lilou se acercó a ella para mostrarle el anillo, Deirdre murmuró algo entre dientes y se sentó sin mirar a nadie. Me contuve para no reír. Mi risa nunca suena sincera cuando lo que quiero es desaparecer.
Giovanni se acomodó a mi lado, su mano sobre mi muslo como si nada. Lilou se sentó al otro lado, aún con esa felicidad pintada en la cara, como si fuera la niña más mimada del planeta. Su dicha era contagiosa. Pero yo solo pensaba en cómo fingir que no sentía la sangre caliente tras los ojos.
Entonces la puerta volvió a abrirse. Y allí estaba él. Bogdan. Entró con esa lentitud que tenía cuando quería parecer casual. Su mirada pasó por mí un segundo más de lo necesario. ¿Lo notaron? Probablemente no. Yo sí. Porque duele. Porque no me ha mirado desde que llegó de Africa.
Lilou brincó hacia él como una cabrita en celo. Le mostró el anillo, le tomó la mano y se hizo girar sobre sí misma como si estuviera en medio de un salón de baile.
—¡Mira! ¡Mira el anillo! —le dijo, extendiendo la mano como una niña que muestra una piedra brillante que encontró en el bosque.
Bogdan no se inmutó. Tomó su mano con delicadeza, como si fuera una criatura de cristal, y asintió.
Bogdan le sonrió con esa mezcla de cortesía y distancia. Nos miró. A Giovanni, a Lilou, a mí. Todos los dedos con anillo, una joya igual en tres cuerpos distintos. Me vi reflejada en sus ojos un segundo. No me gustó lo que vi: resignación. Y eso fue peor que el rechazo.
—Es magnífico —respondió. Luego nos miró a los tres—. Felicitaciones.
¿Sabía lo mucho que dolía esa palabra en su voz?
Nos sentamos. La reunión comenzó.
Tomó asiento sin más, el silencio lo siguió como una sombra.
La reunión comenzó. Había informes de turismo, renovaciones en las viviendas compartidas, una petición de los cuidadores de la arena de lucha para adquirir equipamiento nuevo. Giovanni llevó la palabra, Lilou escuchaba con el mentón alto como si ella también formara parte oficial del consejo.
—Disculpen —intervino Bogdan, su voz grave como trueno lejano—. ¿Por qué está Lilou en esta reunión? Ella no es miembro del consejo.
Las palabras se quedaron flotando un segundo en el aire. Lilou parpadeó. Yo sonreí, como si eso pudiera disfrazar el pinchazo que sentí en el estómago.
—Porque yo la invité —contesté, girando apenas el rostro hacia él.
Asintió sin inmutarse. Ni una palabra más. Ni una mirada más.
Pero yo no podía dejar de verlo, de registrar cada línea en su cara, cada grieta invisible en su fachada perfecta. ¿Sabrá que aún pienso en él cuando despierto? ¿Que cada vez que Giovanni me acaricia, busco su aroma que no está?
Mi sonrisa volvió a escena cuando Lilou me apretó la mano bajo la mesa. Me dieron ganas de gritarle que no entendía nada. Que no tenía ni la menor idea de cómo se desarma una mujer por dentro mientras todos la celebran por fuera.
—Tenemos que revisar también las solicitudes de apareamiento de este trimestre —dijo Ethel, siempre tan práctica.
Y pensé en la fiesta. En las cuatro. En los rugidos. En la carne. En cómo lo miraban mientras tenía sexo con ellas.
Pero aquí estaba, en la reunión del consejo, con un anillo en el dedo y un nudo en la garganta.
—¿Qué opinas, Medb? —me preguntó Giovanni, dulce como siempre.
—¿Sobre qué? —respondí, pestañeando.
—Sobre permitir que las ankharis que ya han tenido descendencia puedan solicitar otro turno reproductivo excepcional.
Asentí, sin pensar demasiado. Todo era mejor que seguir pensando en lo otro.
Al fondo, Bogdan escribía en una libreta. ¿Notas? ¿Dibujos? ¿Formas de desaparecerme de su historia? Quise levantarme y escupirle la verdad: que aún no podía olvidar sus manos. Pero en vez de eso, sonreí.
La reunión siguió. Las risas, los acuerdos. Lilou hizo un brindis imaginario con su copa vacía. Y yo, la gran Alfa Medb, la que todos querían imitar, me limité a fingir que no dolía. Que nunca dolió. Que esto era suficiente.
Y por momentos, casi lo era.
Pero solo por momentos.
…
El aire huele a cera derretida y orgullo ajeno.
Medb brilla. O quizás es sólo el reflejo de la luz sobre su vestido plateado que aún lleva, como si no quisiera soltar la noche anterior. Como si quisiera envolverla una y otra vez sobre su piel, recordar lo que significó. O quizás solo quiero pensar que está incómoda. Que algo en todo eso le aprieta, como me aprieta a mí el silencio.
Giovanni le toma la mano como si ella pudiera deshacerse entre sus dedos. Lilou, en cambio, se ríe con la boca abierta, enseñando el anillo por quinta vez, al parecer, al mismo Pietro que ya ni disimula el aburrimiento. Yo no lo miro. No he mirado a Medb desde que la felicité.
Cuando entré en la sala y los vi juntos, uno a cada lado de ella, como si fueran sus alas, no dije nada. La felicité. Dije "felicidades", lo juro. Tal vez lo dije incluso con una sonrisa. Tal vez hasta sonó sincero. Pero dentro, una voz en mí gritaba "No son dignos."
#468 en Fantasía
#291 en Personajes sobrenaturales
#2340 en Novela romántica
romance acción sexo amor misterio, romance accion atraccion drama, hombres lobo modernos
Editado: 10.05.2026