Ankharis Fuego y Cenizas

2.-Fionn-.

El crepúsculo comenzaba a teñir de bruma violácea el bosque que rodeaba Cróga cuando un extraño completamente vestido de negro emergió del sendero que bordeaba el límite oriental del pueblo. Llevaba botas sin marcas, guantes de cuero, pasamontañas ajustado y lentes oscuros a pesar de la luz menguante. Nada en él parecía humano, excepto su respiración agitada y la tensión visible en los hombros cuando divisó la garita principal, flanqueada por dos guardianes armados.

Uno de ellos, un beta de ojos verdes que masticaba algo con aburrimiento, levantó el mentón al verlo acercarse.

—Alto ahí —ordenó, con la mano sobre la empuñadura de su arma. El compañero del otro lado, más joven, ya había girado el cuerpo apuntando con desconfianza—. Quita ese pasamontañas.

—No puedo —dijo el extraño, con voz contenida, ronca como si hubiese corrido desde muy lejos—. No tengo tiempo. Necesito ver a Bogdan. Es urgente. Digan que... que Fionn quiere hablar con él. Que venga solo. Camuflado. Por favor.

El nombre cayó como una piedra al agua. Ambos guardianes se miraron, alertas. Ninguno respondió de inmediato.

—¿Fionn? —repitió el más joven, escéptico—. ¿Quién se supone que eres?

—Eso no importa ahora. Sólo díganle. No puedo quedarme mucho tiempo.

Un silencio tenso siguió, hasta que el guardia más veterano asintió con lentitud. Marcó el canal de la central de seguridad.

—Aquí garita este. Tenemos un... visitante inusual. Pide ver al Alfa reproductor. Nombre clave: Fionn. Dice que es urgente y que venga camuflado. ¿Confirma autorización?

El canal estalló con estática y luego una voz seca, neutral:

—Recibido. Permaneced en posición. Enviamos enlace.

Mientras tanto, el extraño no se movía. La espalda recta, la respiración cada vez más controlada. Como si contara los segundos.

En la cabaña de Bogdan, el crepitar del fuego era el único sonido cuando el zumbido del comunicador interrumpió la penumbra. Bogdan estaba sentado, leyendo un informe. Alzó la mirada, presionó el auricular sin demasiada urgencia.

—Habla Bogdan.

—Central de vigilancia. Un hombre enmascarado se presentó en la entrada este. Pide hablar contigo. Dice llamarse Fionn.

El nombre provocó una reacción inmediata. Bogdan se puso de pie con tal velocidad que la silla cayó hacia atrás. El informe cayó al suelo sin que lo notara.

—¿Fionn?

—Sí, señor. Dijo que viniera rápido y camuflado.

No preguntó más. Corrió al armario. En menos de un minuto estaba vestido de negro, una prenda tras otra deslizándose sobre su piel como una segunda armadura. Guantes, pasamontañas, botas silenciosas.

Su mirada al espejo fue fugaz, pero intensa. Los ojos negros centelleaban con una mezcla de reconocimiento y alarma.

Habían pasado décadas desde que escuchó ese nombre.

Fionn.

—Díganle que voy en camino —ordenó antes de cortar.

Luego, sin perder tiempo, desapareció entre los árboles, fundiéndose con las sombras como si siempre hubiera pertenecido a ellas.

Bogdan bajó por una ladera oculta entre helechos hasta un sendero disimulado que llevaba al edificio administrativo más cercano a la entrada este: un módulo pequeño, usado como archivo y sala de reuniones rápidas, que a esa hora estaba desierto. Dobló por un costado y vio a Fionn esperándolo, semioculto bajo los árboles.

Apenas lo divisó, el corazón le dio un vuelco.

Era él.

Más delgado, más contenido, pero esa silueta, ese modo de pisar con firmeza sin ruido, esa forma de alzar la cabeza cuando sus miradas se cruzaron... Era él.

Bogdan se acercó con paso firme. La luna entre ramas hacía destellar fragmentos de luz sobre sus ropas negras. Al llegar a dos metros de distancia, levantó una mano y sin decir palabra, intentó abrazarlo.

—No —murmuró Fionn con una voz baja pero determinada, poniendo la palma en su pecho—. ¿Podemos ir a un lugar seguro primero?

Bogdan asintió sin insistir. Notaba la tensión en sus hombros, el modo en que sus ojos barrían los alrededores cada cinco segundos. No era solo precaución. Era supervivencia.

—Sígueme.

Caminaron sin hablar durante cuatro minutos, moviéndose entre árboles y sombras como dos espectros entrenados para evitar el sonido. Bogdan abrió la puerta lateral de una oficina secundaria de la central táctica, encendió solo la luz necesaria, y pasó primero para revisar los rincones. Cuando se aseguró de que estaban solos, cerró la puerta con cerrojo y bajó las persianas.

Ambos se quedaron de pie.

Bogdan se quitó el pasamontañas. Su cabello oscuro, ligeramente húmedo de sudor, cayó con desorden. Fionn dudó por una fracción de segundo, luego hizo lo mismo.

Bogdan lo vio al fin.

La misma mandíbula angulosa. El mismo corte de cejas rectas, ese cabello rizado y rojo que lo caracterizaba. Pero sus ojos —dorados, intensos— estaban más profundos, gastados por noches sin descanso.

No hizo falta ninguna palabra. Fionn avanzó y lo abrazó.

No fue un gesto fugaz. Fue una urgencia apretada, temblorosa y feroz. Como quien vuelve a una orilla que creyó perdida para siempre. El brazo de Bogdan rodeó su espalda con fuerza, sosteniéndolo sin palabras.

Respiraron uno contra el cuello del otro.

—¿Cómo has estado? —dijeron al mismo tiempo.

Una pausa. Ambos rieron sin alegría.

—Podría estar mejor —repitieron al unísono.

Bogdan se separó medio paso, pero no soltó sus hombros. Necesitaba mirarlo. Recordarlo entero.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó al fin.

Fionn lo miró a los ojos, con una seriedad cruda, casi salvaje.

—A advertirte. Cróga está en peligro.

Un silencio cayó en la oficina, espeso y helado.

Bogdan no parpadeó. El calor del abrazo se disipó como humo.

—¿Quién? —preguntó sin rodeos.

—Serban. Y otros. Pero no solo él. Hay más detrás. Gente que no sabes que ahora te odia. Gente que nunca aceptó tu ascenso aquí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.