El silencio entre nosotros era espeso. Habíamos hablado en el consejo hace un rato, pero no habíamos hablado más que de estrategias, lanzallamas, rutas de abastecimiento, puntos ciegos en Cróga.
Fionn estaba sentado frente a mí, las manos entrelazadas. No me miraba, pero su sombra parecía vibrar de forma distinta a la de los demás. Como si contuviera una historia con dientes.
—Tengo que contarte algo —dijo de pronto—. Todo lo que ha pasado.
Me giré hacia él. El tono de su voz me cortó el impulso de contestar con sarcasmo o distancia. No era el Fionn que debatía estrategias. No era el soldado.
Era el niño que crié. El que solía esconderse bajo mi capa cuando llovía demasiado fuerte.
—Habla —le dije. No suavemente. No fríamente. Sólo… con el peso exacto de lo que necesitaba que hiciera.
Fionn asintió. Respiró hondo, como si su garganta fuera una trampa.
—La noche de la masacre… no vimos las señales. No escuchamos a los perros. Entraron tres Ankharis mientras dormíamos. Estaban cubiertos. Ni siquiera olimos la sangre antes de que fuera tarde.
No dije nada. Sólo lo miré. Las palabras me helaban el pecho.
—Sorcha se despertó. Fue ella la primera. Gritó. Y eso le costó un golpe en la cabeza. La dejaron inconsciente. Rîan y yo intentamos pelear. Pero ellos llevaban espadas, Mamá. Espadas negras. Silenciosas. Nos apagaron como si no fuéramos nada.
Apretó los puños. Le vi los nudillos tensos, blancos. Seguía sin mirarme.
—Cuando despertamos estábamos en una carreta. Atados. Sorcha estaba viva. Rîan también. Nos dijeron que éramos los únicos sobrevivientes. Que todos los demás estaban muertos. Nos miraban como si fuéramos ganado valioso.
Un nudo se formó en mi garganta. Dolía más que cualquier mordida, cualquier herida. Me vi a mí misma, llorando sus cuerpos entre cenizas. Creyendo que estaban entre los restos.
—Nos llevaron a un castillo. Un lugar helado, escondido en algún punto del norte. No sabíamos dónde. Nos encerraron en jaulas, como animales. Y luego…
Se detuvo.
—No tienes que contármelo —dije, al borde del quiebre.
Pero él asintió, con los labios tensos.
—Sí, tengo que hacerlo. Porque tú mereces saber con qué clase de cicatrices regresamos.
Tomó aire. Sus ojos ahora sí buscaron los míos.
—Nos obligaron a complacer al alfa. Uno por uno. A veces juntos. A veces solos. Siempre bajo amenaza de matar a Sorcha si no obedecíamos. Rîan y yo nos sometimos… no por miedo, sino por ella. Para mantenerla viva.
Lo odié. No a él. A mí misma. Por no haber llegado a tiempo. Por no haber protegido. Por no haber previsto lo impensable.
—¿Cuánto tiempo…?
—Décadas. Perdimos la cuenta. Pero un día, un extraño entró en el castillo. Un hombre con fuego en las venas. Sekhem. El abuelo de Bogdan. Derrotó al alfa. Nos liberó. Dijo que era un acto de justicia. Que el equilibrio debía restaurarse. Nos ofreció quedarnos.
Se encogió de hombros.
—No teníamos dónde más ir. Nos quedamos.
Me levanté. Caminé dos pasos, luego tres. No podía quedarme quieta. Sentía la furia subirme como una marea por dentro.
—¿Y Serban?
—Él no existía al principio. Su padre, el que había matado a nuestro salvador, se coronó en su lugar. Y luego Serban lo mató a él también. Así llegó al poder del clan que él mismo nombró “Nemilos”.
Sin compasión. Así se traducía ese nombre.
—Nos usó como soldados —continuó Fionn—. Entrenamiento brutal. Misiones sin retorno. Vigilancia constante. No podíamos amar, ni tener vínculos. Si tocábamos a alguien sin su permiso, éramos azotados. Si desobedecíamos, Sorcha era arrastrada al patio. Nos amenazaban con matarla frente a nosotros.
Cerré los ojos.
— Sorcha quedó embarazada —dijo él, bajando la voz—. No nos explicamos cómo. Pero sucedió. Y todo cambió. Ya no podíamos fingir que éramos herramientas. Comenzamos a planear.
—¿Serban es el padre?
Fionn vaciló. Una grieta se le formó en la garganta.
—Si. Para nosotros fue terrible y más para Sorcha. Tener un hijo con semejante monstruo no estaba en nuestros planes.
Apreté los dientes. El mundo se volvió rojo unos segundos. Su hijo. Sus hijos. Forzados, convertidos en esclavos, en armas. El vientre de Sorcha como campo de batalla. Su nieto, nacido del horror, pero lleno de vida.
—¿Por qué me cuentas esto como si fuera pecado?
Fionn se puso de pie.
—Porque me daba vergüenza. Porque temía que me miraras distinto. Que ya no me vieras como tu hijo, sino como un sobreviviente deformado.
Me acerqué. Le tomé la cara con las manos. Le miró de frente. Su pequeño sol.
—Te veo como mi fuerza —le dije—. Como mi raíz. Sobreviviste. Eso basta. Todo lo demás lo sanaré yo. Con mis manos. Con mi fuego.
Y lo abrazé.
Fuerte. Por todos los años perdidos. Por todos los gritos que no oyó. Por todas las veces en que el dolor tuvo que fingirse obediencia.
Él me abrazó de vuelta.
Y, por primera vez, ninguno de los dos tembló.
...
Fionn estaba junto a la ventana, observando los árboles lejanos, donde el bosque se abría como una promesa, o un recuerdo. Su perfil era idéntico al de su padre. Me sorprendía cada vez. Esa mezcla cruel de Aohdán y de mí. Su nariz recta. La curva del labio inferior, tan igual a la de Rîan cuando se enfadaba. El tono de su piel era más pálido ahora, como si los años lejos le hubieran robado el sol. Me acerqué sin hacer ruido.
—¿Tienes que irte ya? —pregunté, sin disfrazar la pena.
Fionn asintió con suavidad, sin mirarme todavía.
—No puedo quedarme, Mamá. Si no regreso a tiempo… pondré en riesgo a Sorcha. A Rîan. A su hijo. A Croga.
Me acerqué hasta quedar frente a él. No lo abracé esta vez. Me limité a tocarle el rostro. Sus mejillas, ásperas de barba descuidada. El surco en la frente. Y los ojos. Tan llenos de vida, y a la vez de horror. De cosas que no puedo imaginar. De cicatrices que no sangran, pero deforman desde dentro.
#4025 en Fantasía
#1430 en Personajes sobrenaturales
#9166 en Novela romántica
romance acción sexo amor misterio, romance accion atraccion drama, hombres lobo modernos
Editado: 24.05.2026