Ankharis Fuego y Cenizas

5.-Planificación y Amor-.

El amanecer no trajo alivio.

El sol apenas se había levantado sobre Cróga, y ya la Casa Comunal vibraba con un nerviosismo inusitado. Las ventanas permanecían cerradas, como si incluso el aire del bosque pudiera estar escuchando. La madera crujía bajo el peso del silencio tenso que precedía a una tormenta. El eco de pasos apresurados y susurros reverberaba en los pasillos como premoniciones.

Medb estuvo allí antes que todos. Se paseaba descalza por el salón principal, el cabello revuelto y los ojos encendidos, como brasas bajo tormenta. No había dormido.

Sus dedos tamborileaban sobre la mesa con una inquietud desbordada, los nudillos blancos. Aun con el corazón hecho cenizas por la partida de Fionn, algo feroz crecía en su pecho: la voluntad de destruir todo lo que amenazara con arrebatarle algo más.

Uno a uno, los miembros del consejo fueron entrando. Ninguno traía buenos rostros.

—¿Dónde está Senan? —dijo Giovanni, molesto, lanzando la pregunta al aire mientras dejaba caer su abrigo con brusquedad sobre el respaldo de una silla.

—En la sala anexa, revisando el resumen del estado fronterizo —respondió Brónach sin mirarlo. Su voz era firme, sin concesiones. Estaba cansada, sí, pero en pie.

Senan llegó, con una carpeta de archivo entre manos, el rostro inescrutable.

Giovanni se sentó con el ceño fruncido, el cabello recogido y la voz ya afilada, murmurando sobre el próximo editorial que ahora tendría que reescribir entero.

Brigid estaba con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Su indignación era evidente. Se sentó sin saludar y espetó:

—Esto es inaceptable. ¡Décadas de paz! ¿Y ahora? ¿Nos convertiremos otra vez en un campo de batalla?

—Más que inaceptable, es un regreso anunciado —murmuró Pietro, mordaz, acomodándose en su silla—. ¿Quién creyó que Serban olvidaría?

Deirdre, sentada junto a Blanche, apretó los labios y se acarició el anillo que llevaba siempre en la mano izquierda. Sus ojos miraban el suelo, como si esperaran que de las tablas surgiera la solución.

Blanche, en cambio, parecía haber encontrado una quietud caótica en medio del incendio. Tenía una libreta llena de números y balances, pero la mantenía cerrada sobre las rodillas. Sabía que más temprano que tarde, la llamarían también a calcular el precio de la guerra.

Finalmente, Bogdan entró, su rostro endurecido, la mandíbula apretada. Saludó con un leve asentimiento, pero sus ojos buscaron los de Medb, que le sostuvo la mirada por un largo segundo. Un segundo de dolor compartido, rabia compartida, fuego compartido.

—Estamos todos —dijo Brónach, sin mirar a nadie.

—Comencemos —indicó Pietro, sin rodeos.

—La inteligencia ya está siendo procesada —agregó Brónach—. El desconocido era Fionn, hijo de Medb. Confirmado. Sus datos son legítimos, corroborados por Bogdan y Medb.

—Y con eso —dijo Senan, abriendo su carpeta— tenemos suficiente para declarar oficialmente que Serban es un peligro certero.

Un murmullo general llenó la sala. Deirdre se llevó una mano a la boca. Darragh golpeó su tablet contra la mesa.

—Bien, eso lo sabíamos. Pero, ¿cómo lo enfrentamos? ¿Qué recursos tenemos? Si vamos a equipar una milicia de defensa, lo primero es el presupuesto.

Todos miraron a Pietro.

—El fondo de defensa actual no alcanza —declaró, sin rodeos—. Pero hice una proyección de emergencia. Propongo usar el presupuesto de fecundidad del siguiente trimestre —miró a Ethel—, lo siento, cariño.

Ethel asintió, los ojos determinados, aceptando posponer su programa de fecundidad, dijo:

— Definitivamente no necesitamos embarazadas si estamos en guerra.

Todos asintieron.

—También —continuó Pietro— el fondo turístico de Blanche...

—Apropiado —interrumpió Blanche con una sonrisa serena—. No vendrán turistas si Cróga está en llamas.

—Y sumaremos los fondos de la oficina de Nueva York —agregó Pietro, y miró a Medb—. Ya avisé a Cathal. Está de acuerdo. De hecho, ya empezó a desviar los ingresos, y tambien traerá dinero en físico.

Todos callaron.

Brigid chasqueó la lengua:

—Y seguimos aquí sentados.

—Ya no —respondió Brónach. Se giró hacia Blanche—. Tenemos presupuesto.

—¿Y qué compramos con eso? —preguntó Pietro—. ¿Paz?

—Armas —dijo Medb. Su voz era ahora un cuchillo de obsidiana—. Lanzallamas. Armamento táctico. Protección personal para nuestros soldados. De última generación.

—¿Lanzallamas? —Lugh la miró con los ojos como platos.

—Vamos a apagar a todo Ankhari o humano que se nos ponga por delante—respondió Medb—. No permitiré que lo que pasó en Irlanda se repita aquí.

Los nombres de sus hijos danzaban en el fondo de su mente como espectros que nunca se habían ido. Su pequeña Sorcha, valiente y herida. Rîan, risueño y leal. Y Fionn, su corcel de fuego, el único al que había vuelto a abrazar por el momento.

Medb habló, su voz más temblorosa de lo que hubiera querido:

—Fionn se fue esta madrugada. Nos dijo todo lo que sabía. Y no es poco.

Miró a Bogdan. Él la entendió sin que hablara. Se acercó, le tomó la mano y se la apretó con fuerza.

—Vamos a proteger a los nuestros —dijo Bogdan, sin dejar de mirarla.

Deirdre, que había estado meditando en silencio, habló con voz temblorosa.

—¿Y si no nos preparamos a tiempo?

El silencio cayó de nuevo. Medb respiró hondo. Se levantó lentamente y caminó hasta el centro de la mesa.

—No perdí a mis hijos para ver morir a los nuestros. No me arranqué el alma para fingir que puedo vivir sin ella. Serban no vendrá a incendiar nuestra casa. Le prenderemos fuego a él primero.

—Medb... —murmuró Cormac con suavidad—. ¿Estás segura?

—¿Segura? —repitió ella, girándose hacia él—. ¡Estoy harta! Harta de enterrar a los míos. Harta de llorar en silencio mientras estos malditos planifican guerras a carcajadas. ¡Sí, estoy segura!

Frank se incorporó y habló sin rodeos:




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