El consejo hervía.
Como un nido de hormigas tras el zarpazo de un depredador.
Papeles volaban, voces se alzaban, nombres y estrategias eran arrojados como piedras sobre un lago congelado. Cada uno planeaba algo, todos al borde del colapso, cada uno con su responsabilidad marcada a fuego.
Yo trataba de mantenerme en el centro. No como líder, no como faro, sino como equilibrio. Como ese hilo invisible que une las piezas sueltas de un tablero. Pero en ese momento, todo lo que pensaba, todo lo que intentaba… se desmoronó.
Porque Medb no estaba.
Y Bogdan tampoco.
Mi pecho se apretó.
Primero con sospecha, luego con ese veneno lento que se llama intuición.
La misma que me ha mantenido vivo, a flote, al margen del dolor cuando el dolor me ha querido arrastrar.
Los vi aparecer juntos.
Caminaban uno al lado del otro.
No se tocaban.
No se hablaban.
Pero estaban juntos.
Y eso era suficiente para saberlo todo.
Me abrí paso entre los cuerpos agitados y las sillas arrastradas. Mi piel reconoció la suya antes de verla. Su aroma llegó hasta mí con la violencia de un secreto. El olor a sexo reciente, el olor de otro en su piel.
Mis dedos se cerraron, y mi mandíbula también.
—Necesito hablar contigo —le dije con un tono que no buscó permiso.
Medb giró el rostro, rápida, pero no culpable. Nunca culpable. Solo… incómoda.
—No tengo tiempo —respondió, la voz seca de quien lleva demasiado peso encima.
Pero eso, eso fue como una piedra en mi estómago.
Porque yo también llevo peso.
Porque yo también estoy roto.
Porque yo también la amo.
—Para Bogdan sí tienes tiempo —solté.
No un reproche, no una acusación.
Una herida.
Ella frunció los labios, se quedó quieta, y por un segundo creí que se iría.
Pero no.
Me siguió.
Caminamos por el pasillo con ese silencio áspero que corta los tobillos. Entramos en la cocina. Vieja, tibia, habitada por tazas y cafeteras a medio llenar.
Ella fue directo a la cafetera.
Por no mirarme.
Por no enfrentar lo que ya sabíamos los dos.
—¿Te acostaste con él? —pregunté.
Y mi voz fue más baja de lo que esperaba. Más rota.
Ella se quedó de espaldas.
Vertió el café con movimientos automáticos, casi frágiles. El vapor se alzó entre nosotros como una cortina de humo.
—No preguntes lo que no quieres saber —susurró.
Y ahí estuvo.
La respuesta.
No dicha. No explicada.
Solo expuesta.
Como un cadáver sobre la mesa de metal.
Mi estómago se dio vuelta.
No por el acto en sí.
Sino porque no vino a mí.
Porque no me buscó cuando su hijo se fue.
Porque yo conozco a sus niños desde que eran nacieron.
Porque yo le he amado cada herida, cada silencio, cada guerra.
Pero eligió a Bogdan.
Y eso, eso sí me dolió más que cualquier otra cosa.
…
La voz de todos reinaba.
Mapas extendidos, planos marcados con líneas rojas y azules, fichas desparramadas con nombres, habilidades, clanes. El consejo parecía un enjambre incontrolable de opiniones, murmullos, ideas cruzadas. Y ella, en silencio.
Medb no hablaba.
Se mantuvo al margen durante media hora. Sentada en su silla, una pierna sobre la otra, el mentón apoyado en la mano. Silente. Presente y ausente. Las voces rebotaban en las paredes mientras ella simplemente… esperaba.
Hasta que carraspeó.
Un sonido pequeño. Apenas un roce de garganta. Pero bastó.
El consejo calló.
Todas las miradas se clavaron en ella. Algunos esperaban una orden. Otros, un juicio. Giovanni no la miraba directamente, pero su ceño seguía fruncido desde que había vuelto con Bogdan. La tensión entre ellos era una línea invisible, palpable como el olor a electricidad antes de una tormenta.
—Hemos olvidado algo —dijo Medb, con voz neutra, casi suave.
Nadie respondió.
—A los traidores.
Las palabras cayeron como una piedra en el lago. Silencio absoluto. Luego, estalló la discusión.
—Encerrémoslos —dijo Brónach, seca.
—No podemos perder tiempo con ellos —añadió Blanche—. Un fuego ritual y se acaba el riesgo.
—Eso solo alertaría a Serban —interrumpió Bogdan, firme, sin levantar la voz, pero proyectando con claridad—. No nos conviene que sepan que lo descubrimos.
Todos lo miraron. Incluso Medb. Especialmente Giovanni.
—¿Y entonces qué hacemos? —replicó Giovanni, la voz más tensa de lo necesario—. ¿Los abrazamos?
—Podríamos mandarlos como embajadores a otros clanes —propuso Senan, meditando en voz alta—. Apartarlos de la planificación. Mantenerlos ocupados en tareas sin acceso a la estrategia.
—Hacerles creer que son indispensables —añadió Brígid—. Que su rol es clave para el futuro. Nadie sospecharía.
—Mezclemos leales con traidores en esos grupos —sugirió Lugh, desde un rincón, donde por lo general permanecía más distraído que presente—. Así nadie notará el patrón.
—Primer comentario certero que ha salido de tu boca desde que tengo memoria, Lugh. Parece que la guerra te quita lo despistado —bromeó Pietro.
Varios sonrieron. Incluso Blanche dejó escapar una risa por la nariz. Lugh sonrió, algo incómodo, pero satisfecho.
El aire se alivianó, solo por un segundo. Luego, volvió la urgencia.
—¿Y cómo les ocultaremos el entrenamiento de los soldados a los que no podamos enviar fuera? —preguntó Lugh, esta vez completamente centrado.
—Tenemos la cárcel —dijo Brónach, sin pestañear—. En la parte sur hay un espacio lo suficientemente amplio. Vacío.
—¿Y vamos a dejar que entren todos por la puerta principal? —protestó Cormac.
—Podemos abrir una trasera —sugirió Brigid, dibujando mentalmente un mapa—. Hacemos que lleguen en grupos pequeños desde ese sector.
—El bosque es espeso —añadió Darragh—. Ocultaría el movimiento de armas y tropas.
Todos asintieron.
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Editado: 23.06.2026