Ankharis Fuego y Cenizas

7.-Comienza el Entrenamiento-.

El sol apenas comenzaba a desgarrar la neblina que dormía sobre el claro. Una bruma espesa reptaba entre los árboles como una criatura antigua, incapaz de huir del destino que se alzaba ante ella: los hijos de Bogdan.

Estaban organizados por grupos. Unas decenas entrenaban con cuchillos arrojadizos. Otro conjunto giraba dagas cuando el propósito era todo menos lúdico: golpear sin aviso, desgarrar sin vacilación.

Más allá, un grupo más reducido blandía espadas de un metro ochenta, demasiado grandes para sus cuerpos juveniles, pero no para sus músculos esculpidos por la herencia de los ankharis y la sangre de Bogdan.

Lo reconocía en sus miradas. Esa mezcla de rabia contenida, lealtad feroz y tristeza muda. Lo había visto tantas veces en Bogdan que ahora parecía multiplicado, como si cada uno de sus hijos encarnara una parte de él.

El primero que me reconoció fue un joven de cabello rubio ceniza, trenzado hacia atrás. Se detuvo apenas un segundo, y sus ojos ámbar se clavaron en los míos. No dijo nada, pero bajó la cabeza, en una muestra de respeto que no había pedido. Luego volvió al entrenamiento como si su vida dependiera de cada golpe.

Pasé entre ellos en silencio, cruzando las formaciones como una sombra. Algunos me miraban de reojo. Otros ni se atrevían. No porque temieran, sino porque ya sabían que no era el momento.

Cormac enseñaba la danza de llamas, sus pies girando con fluidez brutal. Un maniquí de madera fue decapitado por un giro que parecía coreografiado, aunque el sonido seco de la madera astillada era brutalmente real.

A su lado, yo repetía los movimientos, mostrando a las mujeres jóvenes cómo transformar la danza ritual en una estrategia de combate.

Brónach entrenaba a los futuros francotiradores con balines de goma. Su precisión era quirúrgica. Cada disparo hacia el pecho de los maniquíes tenía la intención de incapacitar, no matar. No era piedad. Era estrategia.

Darragh supervisaba las formaciones en columna, y Deirdre coordinaba a su brigada antiincendios, mostrándoles cómo usar los lanzallamas que antes habían servido para limpiar el bosque. Ahora, serían armas.

Volví la mirada. Bogdan caminaba entre los suyos. Uno por uno los corregía. Con una mano en el hombro. Con una mirada firme. Con una palabra escueta. Ellos lo seguían con el cuerpo entero, como si incluso el latido dependiera de su aprobación.

Sentí un nudo en la garganta.

—Son tuyos —susurré sin voz, desde lejos. —Y ahora también míos.

Uno de los jóvenes se me acercó. Tenía unos diecisiete años, ojos dorados tan intensos como los de su padre. Me saludó con una reverencia torpe, con las mejillas encendidas.

—Alfa Medb, ¿puedo preguntar algo?

Asentí.

—¿Por qué nos eligió?

Lo miré a los ojos, sabiendo que la verdad debía ser más que palabras. Me agaché frente a él, como si fuese un igual, y coloqué una mano sobre su corazón.

—Porque su sangre ya conoce la batalla. Y porque confío en que sus manos sabrán cuándo no usarla.

El joven asintió con firmeza. Volvió a su formación.

Yo me quedé de pie, los brazos cruzados, con los ojos puestos en ese ejército nuevo. No era perfecto. No era invencible. Pero era nuestro.

Y por ellos, por cada uno de esos rostros, pelearía hasta el último aliento.

...

El sonido del metal cortando el aire es música antigua para mis oídos.

Estoy rodeado por ellos —mis hijos— y por primera vez no siento vergüenza de contarlos. Fueron criados por sus madres, guiados por otros hombres, vigilados por la comunidad como si fueran piezas valiosas de un museo que nadie quiere tocar.

Pero aquí, bajo el cielo encapotado que promete lluvia, los tengo frente a mí. Respirando al ritmo de mis órdenes. Sudando como un solo cuerpo.

—¡Otra vez! —rujo, y las cuchillas vuelan con mayor precisión.

El ejercicio es simple: lanzar, recoger, lanzar de nuevo.

El blanco es un maniquí de fibra vegetal densa con la silueta de un lobo dibujada en el pecho. Un símbolo, uno que mis hijos entienden sin que se los expliquemos: la imagen del traidor. Cada puñal que acierta entre los ojos o el corazón arranca un grito silencioso de mi garganta. No de furia, no de dolor. De orgullo.

Son buenos. Algunos, excepcionales.

Camino entre ellos. Noto las posturas que deben corregir, el temblor en el brazo de los más jóvenes, el ansia impaciente de los más viejos. Ninguno habla. Todos entienden que estamos aquí para transformarnos en una fuerza armada.

Un joven de cabello castaño, largo y anudado en la nuca, gira la daga entre los dedos antes de lanzarla. Acierta directo al ojo del blanco.

Se voltea hacia mí buscando una señal, un gesto, algo. Su expresión me resulta insoportablemente familiar. Como mirarme en un espejo rumano.

—Nombre —le pido.

—Caius —responde.

Asiento. No lo olvido.

A mi izquierda, los que entrenan con espadas largas están guiados por Cormac. Sus movimientos son limpios, agudos. Las hojas relucen bajo el sol que tímidamente se filtra entre las nubes. Parecen bailar, aunque sé que son letales.

Mi corazón se detiene un instante cuando uno de los muchachos pierde el equilibrio y casi corta a su compañero. No lo hace. Corrigen. Siguen.

Medb está al otro extremo.

Está enseñando a un grupo reducido la Danza de Llamas. La observo. Se mueve con una delicadeza que duele, como si cada paso invocara el recuerdo de sus muertos.

Sus manos moldean el aire con precisión, sus piernas giran en patrones circulares que nadie se atreve a romper. Los que la siguen, son menores de veinte, tienen la mirada fija en ella como si fuera un mito que camina entre los vivos.

Y lo es.

Mis hijos la miran con reverencia, algunos con devoción, otros con deseo. Ella no los mira a ellos. Me busca a mí. Una vez. Sus ojos negros destellan con una intensidad que no puedo desviar. Me pregunta sin palabras si estoy bien. Si estoy con ellos. Si aún soy suyo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.