Ankharis Fuego y Cenizas

8.- El Cuerpo y la Espada-.

Mientras tanto, en un cuarto insonorizado bajo el ala sur, Brónach enseñaba otra forma de control. No la muerte inmediata, sino la interrupción del movimiento.

Los balines de goma antidisturbios eran del tamaño de una nuez. Viajaban a cien kilómetros por hora.

—Apunten a la cabeza, no a la columna —decía—. No queremos que se retuerzan. Queremos que mueran de inmediato. Cada segundo que perdemos es una oportunidad para ellos.

Los objetivos eran torsos de yeso colgados del techo con sensores. Cada impacto activaba una luz roja. Algunos ya tenían la puntería suficiente para apagar todos los sensores en menos de cinco segundos.

La mirada de Brónach era dura, pero había satisfacción detrás.

—Este no es un ejército —murmuró mientras los observaba—. Es una respuesta.

...

En la zona central, donde los faroles interiores proyectaban sombras largas sobre las paredes, el grupo de dagas entrenaba bajo la mirada de Medb.

Ella no hablaba mucho. Observaba. Cuando uno de los más jóvenes intentó un giro innecesario, ella lo interceptó con un movimiento fluido. Su daga apenas rozó la tela de su cuello, pero dejó claro el mensaje.

—Lo innecesario es una invitación al corte —dijo, y su voz, baja y firme, se extendió como un eco entre los demás.

Allí no se trataba de luchar. Se trataba de matar. Rápido. Sin adornos.

Medb se colocó frente a uno de los maniquíes y ejecutó los cinco movimientos principales de la Danza de Llamas, aplicado con dagas; esa coreografía letal que había enseñado a los suyos siglos atrás. Paso corto, giro desde la cadera, estocada al diafragma, contragiro hacia la clavícula, corte cruzado descendente. Todo en menos de siete segundos.

Los combatientes la observaron y luego repitieron. Uno a uno, cayendo en el ritmo ancestral. El eco de las dagas golpeando plástico blanco se convirtió en un latido tribal.

Cormac se unió a ella con movimientos más agresivos, menos fluidos, pero igual de letales. Su versión de la Danza era una mezcla entre arte y brutalidad. No era danza, era ejecución.

Cuando se colocó detrás de una aprendiz y le tomó las muñecas para corregir el ángulo, murmuró:

—El filo no es la daga. El filo eres tú.

Ella tembló. Comprendió.

En el fondo, cerca del muro exterior, estaban los más fuertes. Cuarenta hombres y mujeres empuñaban espadas de un metro ochenta, rectas, pesadas, de doble filo. Eran copias de los modelos templarios, modificadas para uso ágil, fabricadas con núcleo de acero recubierto de grafeno flexible.

Cada espada pesaba lo justo para partir un tronco. También podía partir a un Ankharis por la mitad si se usaba correctamente.

Bogdan observaba en silencio desde una esquina. No entrenaba, pero sus ojos recorrían cada músculo, cada error, cada duda.

Cormac lideraba este grupo con una ferocidad silenciosa. No se trataba de coreografía, sino de fuerza y precisión. Les enseñaba a atacar los puntos bajos, a cortar rodillas antes de alzar el filo, a usar el contrapeso del mango como golpe de dislocación mandibular.

—No busquen el cuello —les dijo—. El cuello es para los poetas. Busquen la base de la espalda. Ahí se corta el alma.

Cada golpe sobre el maniquí retumbaba como martillazos de guerra.

Cuando el sol comenzó a caer, los maniquíes estaban cubiertos de cortes, estocadas, marcas de impacto. Algunos tenían cuellos quebrados por la práctica de Cormac, quien les enseñó cómo romper la columna con el giro de un brazo y una presión precisa. El sonido del quiebre aún resonaba en los oídos de los más jóvenes.

Medb se quitó la chaqueta de entrenamiento. Tenía la frente perlada, pero los ojos oscuros ardían. Su voz se alzó una última vez, grave y sin adornos:

—Mañana volveremos a empezar. Nadie duerme tranquilo hasta que pueda matar a uno de ellos con los ojos cerrados.

Bogdan, desde la sombra, no apartó la mirada de su nuca.

Lorcan llegó desde la Patagonia esa misma mañana, con su andar indolente, la mochila de lona al hombro y el cabello enmarañado por el viento del sur. Su llegada no fue anunciada con ceremonia, pero los murmullos se esparcieron rápido entre los entrenadores: el hijo pródigo había vuelto.

Era un muro de músculo, de mandíbula cuadrada y ojos que parecían haber visto demasiadas veces la muerte en primera fila. Apenas puso un pie en la explanada de entrenamiento, se dirigió directo hacia Medb.

—Alfa Medb —saludó con su tono rasposo, con una sonrisa torcida en los labios—, aún tienes cuello de estatua.

Antes de que alguien entendiera lo que intentaba, Lorcan dio un salto ligero y la tomó por detrás con una llave dormilona. Su antebrazo se cerró en torno al cuello de Medb con una fuerza nada fingida, mientras la mitad de los entrenadores contenía la respiración.

Medb se rió. Una risa profunda, breve, sin miedo.

—¿Otra vez con tus juegos, Lorcan?

Y antes de que él pudiera tensar más el agarre, lo tomó por el brazo y la cadera, y lo lanzó con un giro limpio por encima de su hombro. Lorcan cayó de pie, agachado, como un felino entrenado, y soltó una carcajada.

—Sigo intentandolo, algún día lo lograré.

Ella le palmeó el pecho con suavidad burlona, y se marchó hacia la mesa de observación como si acabara de sacudirse una mosca.

Entonces Lorcan se quitó la camisa con un solo tirón y la lanzó al borde del círculo de entrenamiento. Su torso, curtido por los años y por una docena de guerras, estaba cruzado por tatuajes que hablaban en silencio a los jóvenes que lo rodeaban. Nadie osaba mirar demasiado, pero todos querían parecerse a él.

—El cuerpo —gruñó, girando lentamente sobre sus pies descalzos— es un arma que nunca se oxida. Si saben cómo usarlo.

Los muchachos, adolescentes apenas forjados, formaron un círculo amplio. Al centro, uno de los más grandes, de casi su estatura, se cuadró con los puños en alto.

—Atácame —ordenó Lorcan, sin levantar los brazos.




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