Ankharis Fuego y Cenizas

9.-Demostración de Fuerza-.

Pasado un mes, los reclutas tenían un día de descanso programado. Pero no tener que blandir armas no era un regalo, era una ilusión.

Los 423 reclutas fueron reunidos a medio día. Desde lo alto, se sentía la vibración de la anticipación.

Una serie de obstáculos había sido instalada:

Una zona de barriles: cinco tambores metálicos dispuestos en semicírculo, con cobertura parcial.

Una zona de sombra: una carpa negra que oscurecía por completo el interior.

Un túnel bajo: una trinchera de lona de seis metros de largo.

Varios muros de escudos: una formación en zigzag de paneles de metal acolchados.

El círculo final: el terreno abierto, sin cobertura, donde los últimos tres reclutas debían resistir.

—Hoy aprenderán lo que significa estar en el campo de batalla —dijo Cormac, firme, con voz de trueno—. No se preocupen por lastimarse, se sanarán en un par de horas —puntualizó.

Medb habló:

—Todos tienen permiso de usar fuerza total. Lucharán contra sus entrenadores.

Hubo un murmullo general.

—¿Impacto a la cabeza? —preguntó un recluta.

—Si pueden tocarlos… háganlo.

Brónach y Bogdan estaban al borde de la arena, mirando sin intervenir. Lorcan cruzaba los brazos con una sonrisa torcida. Muirne estaba sentada sobre una banca, fumando con elegancia. Todos los miembros del consejo observaban como jueces, como bestias dormidas.

—Hoy no entrenan —continuó Cormac—. Hoy observan, aprenden. Y si son listos… temen.

Los reclutas fueron divididos en grupos. Algunos llevaban puestos los full bite suits, trajes de protección acolchados con placas flexibles, reforzados en cuello, pecho y piernas. Casco y visera opaca. Las palabras "Muere Serban" estaban colgando de un letrero en el pecho de cada uno, pintadas con letras rojas.

Todos, los con vestimenta especial y los que no, se situaron alrededor del área de práctica, dispuestos y esperando .

—Quiero diez en el circuito. Ya —ordenó Medb.

Diez muchachos corrieron al centro. Algunos intentaban parecer valientes, otros tragaban saliva con nerviosismo.

Todos portaban armas de goma: dagas de madera, rifles de paintball, espadas largas, cuchillos de espuma rígida. Era un juego. Un juego diseñado para demostrar sus habilidades.

Entonces apareció Darragh.

Sin fanfarria.

Sin palabras.

Caminó hacia el centro del campo, cubierto con pantalón de cuero negro, el torso desnudo bajo una armadura táctica de correas cruzadas. En su espalda, una espada larga de 1.8 metros; en la cadera derecha, dos dagas de hoja curva, y en la izquierda, un rifle de paintball modificado, con proyectiles rellenos de pintura azul metálica.

Medb alzó la mano.

—Darragh. Circuito estándar. Objetivo: eliminar a los diez reclutas en menos de tres minutos.

Darragh asintió. No habló.

El aire se volvió denso. Algunos reclutas tragaron saliva. Unos pocos soltaron risitas nerviosas. Ninguno estaba listo.

Cormac marcó el comienzo con una explosión seca de un silbato.

Darragh entró caminando.

Los primeros dos reclutas se escondieron tras los barriles.

Darragh no se agachó. No se desvió. Solo disparó dos veces.

Dos explosiones azules mancharon sus cascos. Impacto directo en la frente.

Restan ocho.

Se deslizó hacia la zona de sombra. Uno de los reclutas quiso emboscarlo desde dentro.

Error fatal.

Un destello: la daga salió de su cadera como un suspiro, se apoyó en la clavícula del chico, y con un giro de muñeca, simuló un corte limpio al cuello. Cayó. Tirado como muerto. Otro recibió una patada que lo lanzó fuera de la carpa. Darragh le apuntó en el pecho. Pintura azul. Eliminado.

Restan cinco.

Siguió hacia el túnel bajo. No se arrastró. Saltó sobre él, cruzándolo en dos zancadas largas.

Desde arriba, arrojó su segunda daga. Un recluta apenas levantó su escudo. Demasiado tarde. La hoja simulada golpeó directo en la base del cuello.

Restan cuatro.

Tomó la espada larga. La extrajo de su espalda con un gesto elegante.

Los tres últimos reclutas lo esperaban en el círculo final.

Darragh dejó caer el rifle.

Una sonrisa breve. Luego, carrera brutal.

El primero intentó embestirlo con escudo.

Darragh giró su cuerpo y quebró el equilibrio del chico con la empuñadura. El segundo vino por la espalda. Darragh se agachó, giró, y con el plano de la espada golpeó la parte interna de su rodilla, haciéndolo caer.

Quedaba uno.

El último retrocedió, jadeando. Su espada temblaba en la mano.

—Ríndete —susurró Darragh.

El chico dudó. Luego cargó.

Darragh dio un paso lateral, lo tomó por el cuello y simuló un corte ascendente desde la ingle hasta el mentón. Una ejecución ritual.

Silencio.

Darragh alzó la espada hacia el cielo. No sonrió.

Medb asintió.

Cormac miró su cronómetro.

—Dos minutos con catorce segundos.

Los 413 reclutas restantes no aplaudieron. Solo tragaron saliva, muchos con la visera empañada por el sudor. Darragh miró hacia la plataforma, donde Bogdan y Lorcan lo observaban.

—Quien no aprenda a moverse como un depredador, muere como una presa —les gritó Cormac.

El polvo del circuito aún flotaba en el aire cuando Medb levantó la mano por segunda vez.

Los reclutas esperaban.

El sol ya había cruzado el ecuador del cielo, marcando el segundo combate del día.

—Siguiente grupo: diez.

—Con armamento completo —anunció Cormac.

—¿Y el entrenador? —preguntó un joven con el corazón golpeándole el pecho.

— Solo una daga.

Un murmullo recorrió el terreno. Una daga. Y nada más.

Lorcan entró al campo caminando como si bajara por una cuerda invisible.

En su mano derecha, descansaba una hoja curva, opaca, de entrenamiento endurecido.

Nada en su cuerpo era agresivo. Nada, excepto su centro de gravedad.

El primer recluta se adelantó con un cuchillo recto de doble filo, intentó un tajo al abdomen.




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