El aire en la Arena Nacional de Hielo siempre olía a lo mismo: ozono, cera de vela y la electricidad estática propia de una magia que intentaba ser contenida en un espacio cerrado. Mina ajustó las correas de sus patines, con las manos ligeramente temblorosas. El Campeonato Nacional estaba a meses de distancia, pero la Ceremonia de Sincronía definía hoy si su carrera despegaría hacia el oro o se estancaría en la mediocridad.
A su lado, otros patinadores murmuraban con nerviosismo. Todos esperaban que la pantalla central emitiera el nombre de sus parejas ideales, aquellos con quienes el algoritmo les prometía una resonancia perfecta.
Mina cerró los ojos. Ella había trabajado toda su vida para esto. Su técnica era impecable, su magia, una llama azulada que siempre respondía a su voluntad. Solo necesitaba una pareja capaz de seguirle el ritmo.
Un pitido agudo, metálico y chirriante, cortó el murmullo de la sala. No era el tono musical habitual. Era un error.
Las luces de la arena parpadearon violentamente, dejando a todos en una penumbra parcial. En la pantalla principal, los nombres empezaron a mezclarse, saltando como si el sistema estuviera sufriendo un ataque de pánico. Mina levantó la vista. Las letras se estabilizaron, pero sintió que el suelo se abría bajo sus pies al leer:
Pareja asignada: Mina V. y Liam Kael.
Un silencio absoluto, denso y cargado de terror, inundó la pista. La gente empezó a retroceder, creando un círculo vacío a su alrededor. Liam Kael no era un patinador corriente. Era «la mancha», el chico que había sido expulsado de la liga junior después de que una rutina suya terminara con la explosión de tres cámaras de seguridad y el colapso de un sistema de ventilación.
Mina vio cómo él salía de las sombras de la grada. Llevaba una chaqueta negra que parecía absorber los pocos fotones de luz que quedaban en la sala. No caminaba con la gracia de un atleta, sino con la pesadez de alguien que arrastraba cadenas invisibles.
Se detuvo a pocos metros de ella. Sus ojos, de un gris tormentoso, no buscaban aprobación ni perdón. Estaban vacíos.
—Es un error —logró articular Mina, aunque su voz sonó pequeña frente a la magnitud del desastre—. El algoritmo debe haber tenido un fallo en la lógica de compatibilidad. Tú y yo somos... somos incompatibles.
Liam soltó una carcajada seca, sin una pizca de humor.
—El sistema no se equivoca, Mina —dijo él, su voz era un susurro rasposo que resonó en el hielo como el roce de dos metales—. El sistema solo ha confirmado lo que todos temían: que el orden perfecto tiene una grieta. Y esa grieta soy yo.
Mina dio un paso atrás, pero el hielo bajo sus patines, usualmente sólido y acogedor, respondió con un chasquido agudo. Una grieta oscura, fina como un cabello, se dibujó en la superficie justo donde Liam había posado su bota.
—Si vamos a hundirnos —añadió él, inclinando la cabeza con un desafío amargo—, al menos hagámoslo con estilo antes de que la Federación decida ejecutar el protocolo de borrado.
Mina se quedó helada. No solo por la temperatura de la pista, sino por la aterradora certeza de que, a partir de ese momento, su vida perfecta acababa de desaparecer. La anomalía había llegado, y tenía nombre, apellido y una mirada que prometía destrucción