El día de la demostración pública, la Arena Nacional no era la misma de siempre. La Federación había desplegado un cordón de seguridad que ni siquiera los patinadores de élite habían visto jamás. Mina, vestida con su traje de competencia —un azul pálido que ahora le parecía una burla—, se encontraba en el pasillo de acceso. El aire era pesado, cargado con el zumbido de los drones de grabación y el murmullo de los jueces en la tribuna superior.
A su lado, Liam permanecía en silencio, ajustándose los guantes negros. A diferencia de las otras veces, él no se veía derrotado; tenía una calma gélida que resultaba casi más aterradora que su habitual desdén.
—¿Estás lista? —preguntó él sin mirarla.
—No —admitió Mina, apretando sus manos hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. Si fallamos, no solo nos descalifican. Me han dicho que si la resonancia causa otro cortocircuito, nos enviarán a los Centros de Reeducación. Es un borrado de memoria, Liam.
Liam finalmente giró la cabeza hacia ella. Sus ojos grises, enmarcados por la luz artificial de los reflectores, no mostraban miedo.
—No vamos a fallar —dijo con una firmeza que hizo que Mina olvidara, por un segundo, la frialdad de su voz—. El sistema espera que patinemos para él. Espera que busquemos su aprobación con cada giro, con cada salto. Pero nosotros no vamos a patinar para la Federación. Vamos a patinar para nosotros mismos.
Cuando el altavoz anunció sus nombres, una oleada de frío recorrió la arena. El público, acostumbrado a la elegancia y la previsibilidad, enmudeció al ver a Liam salir a la pista. Su sola presencia parecía absorber la luz, creando un contraste visual que hizo que los jueces se inclinaran hacia adelante con desconfianza.
Mina entró en el hielo después de él. Sentía el peso de las miradas, el juicio silencioso de los técnicos que controlaban los sensores de resonancia. Se colocó en su posición inicial, cerró los ojos y, por un segundo, buscó el centro. Pero, en lugar de intentar forzar su magia para conectar con el sistema, hizo lo que Liam le había sugerido: se vació.
La música comenzó: una melodía discordante, una pieza experimental que ella misma había elegido desafiando los protocolos de la Federación.
Empezaron con un paso a dos. Al principio, fue cauteloso. Mina sintió el tirón magnético de la energía de Liam, una fuerza que tiraba de ella como una marea oscura. Pero esta vez, no luchó. Dejó que la energía de Liam fluyera a través de su propia magia azulada. El resultado fue una estela de chispas violetas que quedaron suspendidas en el aire, como si el hielo mismo hubiera decidido congelar el tiempo.
Los jueces comenzaron a murmurar. Los sensores de la pared empezaron a emitir un pitido rítmico, pero no era el tono de error de la primera vez; era algo diferente, una frecuencia nueva, estable y brutalmente potente.
Cada salto era una declaración de guerra. Cada giro, una prueba de que, aunque el sistema los consideraba incompatibles, juntos eran una fuerza que ningún algoritmo podría contener. Mina sentía que volaba, no gracias a la asistencia del sistema, sino a pesar de él.
Al finalizar la rutina, se quedaron en el centro de la pista, jadeando. La luz se apagó, pero durante unos segundos, el brillo violeta de su unión se mantuvo suspendido en el aire, una prueba física de que la anomalía había creado algo nuevo.
El silencio en la arena era total. Nadie se movía. Nadie aplaudía. Mina miró a Liam. Él tenía una sonrisa apenas visible, una que no llegaba a sus ojos, pero que mostraba una victoria secreta.
—Acabamos de declarar la guerra —susurró él, lo suficientemente bajo para que solo ella lo oyera.
Mina asintió, sintiendo cómo el hielo bajo ellos finalmente se calmaba. Habían superado la prueba, pero sabía que el verdadero castigo apenas estaba por comenzar.
¡Mis queridos lectores! ⛸️🌌
¡Lo han logrado! Mina y Liam han dejado a los jueces sin palabras. ¿Qué creen que hará la Federación ahora que ha visto de lo que son capaces? ¿Intentarán silenciarlos o querrán controlar su poder a toda costa?
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